A Víctor Barrio a través de su familia

Un poco inaudito esto de premiar la muerte, aunque en realidad la intención es perpetuar su recuerdo también a través de su ejemplo

No cesan los homenajes y reconocimientos a Víctor Barrio. Y todos con el mismo trasfondo de agradecimiento a lo que fue y dio: torero que se dejó la vida en el ruedo. Un poco inaudito esto de premiar la muerte, aunque en realidad la intención es perpetuar su recuerdo también a través de su ejemplo. Porque la vida de Víctor Barrio, como persona y como torero, fue un dechado de esas virtudes que suelen magnificarse en los obituarios, pero que en su caso son fiel reflejo de una admirable conducta.

Le conocí. Le traté mucho. Estuvimos muy cerca uno del otro Tanto que quizás por eso he querido dejar pasar el tiempo para no caer en el dislate que en ocasiones supone escribir o hablar con el corazón en caliente. Pero me parece que va a ser igual: al cabo ya de nueve meses de "lo" de Teruel, su recuerdo se ha hecho inmortal.

Y cada vez son más los homenajes, o no sé cómo llamar a estas convocatorias que se hacen con el epígrafe de su nombre. El caso es que Víctor Barrio, su memoria, sigue estando en todas partes. Y en estas circunstancias, su familia, modelo de amor en todos los órdenes; y de afición, generosidad y respeto por lo que más luchó el hijo, el esposo y el hermano.

Sin duda la familia de Víctor Barrio cumple al pié de la letra los dogmas de su filosofía, cuyo modelo está perfectamente definido y resumido en una frase suya que ya es indeleble: "el toreo no hay que defenderlo, sencillamente enseñarlo".

Y así, están yendo a todos los encuentros. Los padres, la viuda, una tía, la hermana... entre todos se reparten todas las citas para no faltar a ninguna.

Y en esas llamadas -quiero significar- sobresale el gesto, el pundonor de una familia rota por el dolor pero con una compostura ejemplar en la manera de reivindicar y proyectar el toreo como disciplina ejemplar. Porque, todavía y pese a todo, manejan en sus discursos palabras de agradecimiento y orgullo al referirse a la tristísima circunstancia de la inmortalidad que alcanzó Víctor con su muerte en el ruedo.

Parece raro, pues no es fácil asimilarlo, por ejemplo, que Ruth, la hermana, dijera aquello de que "los valores más grandes y más sinceros de la vida, en su casa se han aprendido con el toreo"..... O cuando Raquel, la viuda, felicita, agradece y consuela a los aficionados y profesionales porque la sangre de su joven marido está siendo una gran causa de sentimiento taurino. ¿Y la madre? Qué mensaje el de la mujer que a Víctor Barrio le dio la vida; esa persona tan amorosa e imprescindible para el ser humano, que con su inevitable tristeza a cuestas nos habla aún del sueño y la lucha de su hijo por lograr siempre lo mejor para "la Fiesta".

A mi torero, Víctor Barrio, le debía un laudatorio desde su muerte. Pero como le conocía bien, es mejor que los reconocimientos y alabanzas se los haga a través de los suyos, a los que tanto amaba.

Ahora no nos queda más que reconocer que hemos perdido un torero, un pedazo de torero; sin embargo, aunque parezca contradictorio, hemos ganado una familia que es inquebrantable baluarte en la defensa de los más hermoso valores de "la Fiesta".


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