Treinta y tres notas, blancas o negras, de entender la música

Miles de personas acudieron a Sepúlveda desde primera hora de la tarde para disfrutar de la música de diez pianistas profesionales, una veintena de alumnos del Conservatorio y las escuelas de música de la provincia, y algún espontáneo que no quiso perder la oportunidad de participar en la hora de piano libre del programa.

Con las iniciativas pasa como con las primeras veces, como con las canciones; que uno no sabe muy bien el éxito que van a tener hasta que las expectativas se superan y lo previsto se desborda. Algo parecido sucedió ayer en Sepúlveda; habría quien imaginaba que los coches tendrían que aparcar en la primera curva del ascenso al centro del pueblo, y quien, posiblemente -y posiblemente alguien de la organización- temía que una fantástica noche de cuatro pianos de cola, once músicos profesionales y una veintena de jóvenes alumnos apenas congregase a familiares y amigos de los músicos. Sin embargo, sucedió lo primero. Que la villa se vio recorrida durante casi seis horas por miles de personas que, como suele suceder en estos casos, entendieron el evento como bien indicaba su nombre; unos en blanco y otros en negro.

Y es que, entre miles de personas, de diferentes características, de diferentes procedencias, de diferentes gustos, es difícil comprender la música de la misma manera. Amarla con el mismo cuidado. Quererla con mimo y como se merece. Observarla con el respeto que merecen unas velas delimitando el momento entre músico e instrumento, y el instante entre intérprete y espectador. Mientras suenan bulerías, melodías de Albéniz, fandangos, farrucas, obras maestras de Paco de Lucía...

Con los arcos de la iglesia del Salvador, la fachada del Museo de los Fueros, la entrada del Santuario de Nuestra Señora de la Peña o el reloj de la Plaza de España de fondo, dando sus 33 campanadas correspondientes, ejerciendo de metrónomo improvisado y -de golpe en golpe- desacertado, al compás de las notas románticas del piano. Dando pie a escribir las notas blancas o negras que existen de entender la música.

Desde un balcón con las amigas. En familia. Con los ojos de un niño. Como algo que ocurre mientras miras la redes sociales en el móvil. Como algo que sucede mientras diriges tu mirada al cielo. Con la pasión de Granados. Asintiendo con la cabeza al golpe de las notas más graves. Como un sonido de fondo mientras cenas en el bar. Con la ternura de las manos juntas a un lado de la cara. Con la mirada fija y los ojos sin pestañear, mientras los dedos juegan a perseguirse por las teclas. Con el oído insensible y la lengua kilométrica. Con el desinterés de quien, mientras todo sucede a su alrededor, decide quedarse fuera del círculo. Con la inquietud del forastero que se pierde en un mapa y busca la ayuda hasta en el rincón más oscuro. Con el enfado de un "si la gente no va a escuchar, que no venga". Con la manera de hablarle al piano, como cantándole la melodía, de Lorenzo Moyá.

Con el susurro necesario que pide la belleza de un compás. Con el vaivén que mueve al cuerpo espontáneamente. Con la pasión sudada de una camisa blanca. Como la madre insoportable que busca, hasta hacer llorar a su hija de rabia, la foto perfecta. Con la emoción de quien la comparte hasta con quien no conoce de nada. Con la delicadeza de una vela que parece apagarse, igual que una melodía parece quedarse en silencio y remonta. Con el centro fruncido de concentración, como María Domínguez. Con un "¡Bravo!" que sale de más abajo de la garganta. Con los chillidos que, sin pudor, corretean por una plaza superando incluso el volumen de una voz como la de Haydée Arizala, capaz de invadirlo todo. Con la boca abierta y la rodilla abrazada. Con el respeto que unos ADN's tienen y otros parecen no tener. Con el móvil, incluida la cámara, con el sonido activado. Con el apuro del fotógrafo que busca la nota más valiente para dispararla y hacer el menor ruido posible. Con la simpatía y el amor por su trabajo de las explicaciones de Puerto González. Con el entusiasmo de Pablo Rodríguez al contar el éxito y la participación de la gente en su idea. Como quien es capaz de romper la música con su paso, incapaz de esperar a que se acabe la pieza para emprender el camino.

Como a quien le corre un aplauso espontáneo, del corazón a las manos, antes de tiempo. Como la periodista que llega al punto 33, a la campanada 33, después de observarlo todo, y guarda sus anotaciones, dispuesta a disfrutar de la 'Noche en Blanco y Negro' desde todos sus blancos posibles.


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