Filomena Manrique Ortiz: Una tienda, una familia y mucho agradecimiento

Hoy os presentamos otro artículo de Estrella Martín Francisco, que se ha publicado en septiembre de 2012 en el periódico comarcal "El Nordeste de Segovia" y que como tantos otros, estamos recuperando para la sección de esta Web: "Personajes de Sepúlveda". En esta ocasión os presentamos a Filomena Manrique Ortiz.

Junto a su marido Domingo regentó una de las tiendas  más prestigiosas de Sepúlveda que empezó siendo una pescadería y se amplió con fruta, ultramarinos, morcillas y productos gourmet. Por ella han pasado distintas generaciones y  actualmente su hijo la ha convertido en una administración de lotería. Filo, a sus 92 años, lee el periódico,  hace muestras y habla con admiración  y alegría de sus 8 hijos, 13 nietos  y 11 biznietos. Cuando te acercas, te presenta  una vida dura e intensa contada de forma apacible y cariñosa, sin ninguna queja y sí con agradecimiento. Su conversación  es absorbente y su memoria nítida en detalles. Impecablemente peinada, vestida y pintada, se adivina detrás la mano de su hija Nines, su compañera de vida,  su apoyo constante.

Aunque su madre era de Sepúlveda, nació en Pedraza, el pueblo de su padre. Sus primeros meses los pasó en  Rades  con un ama de cría por culpa de una pulmonía que se llevó  a su madre cuando era un bebé. Su padre se casó con una viuda con hijos y ella regresó a Pedraza. No tuvo mucho tiempo para ir al colegio, tenía que ayudar a su padre  que, además de carnicero, era  cartero y juez de paz. Así y todo nos enseña una reseña de periódico de un acto en el que recitó una poesía. “El maestro nos escribía una poesía a cada uno y seleccionaba al que mejor se la supiera”.

¿Qué recuerdas de la etapa antes de casarte?

“Tenía que ir a segar,  hacer gavillas y marchar con el burro lleno de haces, ordeñar a las vacas… Mi padre me decía: ‘Anda, hija, que luego te echas la siesta’. Y se la echaba él porque yo a fregar y a por una carga de agua. Los martes matábamos para carne y los vientres los lavaba en el río y los vendía para comprarme ropa para casarme”.

Te casaste con 20 años, ¿Cómo conociste a tu marido?

 “Él era el pescadero y  venía dos veces en semana  a vender, yo bajaba con el plato y él me las iba tirando. Yo no le decía nada y me escribió una carta diciendo que venía en serio y no a pasar el tiempo. Me daba vergüenza porque era la primera de las amigas en tener novio y la gente me preguntaba: “Filo, ¿hay pescado hoy?”

¿Cómo fueron tus comienzos en la tienda?

“Mi marido tenía mucho genio y yo venía de vender carne y  el pescado no lo conocía. Cuando pedían una pescadilla  y la partía mal, me regañaba pero él siempre ha sido muy bueno conmigo “.

Una tienda que poco tenía que ver con las actuales pues abría a las ocho de  la mañana, hora en la que ya tenía que estar todo colocado y listo para vender, y  cerraba con el toque de queda, a las nueve en invierno y a las diez en verano. La manera de pagar  o las cantidades que se compraban también eran diferentes. Conchi, la hija mayor,  lo recuerda:” Muchas veces a cambio de pescado se daban huevos que se encañaban, en unos cajones se ponía una capa de huevos y otra de paja y así sucesivamente y se contaban por manos, tres huevos en cada una”. Los hijos de Filo deseaban que se rompiera alguno de los que traía su padre de los pueblos para que su madre, estupenda cocinera, les preparara flanes y natillas.  También se cambiaban cargas de manzanas por fanegas de trigo. Esta fruta era la más codiciada pues se podía vender todo el año. “Teníamos que pelar gallos y hacer tortillas  para los 3 o 4 que iban con mi padre  a por manzanas a  Estebanvela y la parte de Ayllón con  camiones.  Había de varios tipos: reineta, peruchos, verde doncella... Esta era la que más aguantaba, igual se vendía en mayo cuando se recogían en septiembre y octubre. Se guardaban en el sótano y las cuevas y había que darles la vuelta así que mi padre daba trabajo a mucha gente”. Conchi, la mayor de los hermanos,  lo recuerda.

El azúcar y otros productos, como la mantequilla (que venía en cajas de 5 kilos y se guardaba en la bodega porque no había nevera), se compraban  por 100 gramos. El café era un artículo de lujo y se compraba malta o achicoria.

Filo dice que después de casarse es cuando más ha trabajado con la tienda porque, al principio, se quedaba ella sola“. Nos dio mi suegro una yegüa y mi marido iba a vender pescado. Luego  trabajamos las carnes y las matanzas, hacíamos  morcillas  que nos las quitaban de las manos. Por la noche las preparaba en las gamellas. Me levantaba a las 4 de la mañana y hacía 4 o 5 vientres para hacer unas cuantas tripas que había que coser para rellenar. Era lo que más trabajo me daba. Matábamos 7 gorrinos para vender las cabezas y los solomillitos y los lomos los adobaba. También vendíamos jamones, chorizo y butagueña”.

¿Lo que más se vendía?

“Antes de tener  los  ultramarinos   sardinas, chicharro, besugo y jureles,  el congrio los jueves y sábados que había mercado y, en invierno, sal para el ganado y cebollas para la matanza”.
Embarazada de siete meses era fácil ver a Filo  cogiendo los pesados ramos de plátanos y en la tienda poco después de dar a luz. Las hortelanas que vendían sus productos en la puerta echaban un ojo a los niños que tenía en la puerta en el cochecito.

¿Cómo  viviste el ser madre de tantos?

“Cuando vi a la primera correr por el pasillo de la tienda, qué alegría; disfruté mucho con ella. Y a los dos meses otra vez preñada. Yo lloraba porque creía que no la iba a poder querer. ¡Y fíjate a los que he querido! Mi marido tenía el ansia del chico y decía: ‘Como venga una chica la tiro por el balcón’ Y luego las quería mucho a todas y salía de paseo con nosotras”.

Niñas a las que hacía enaguas de batista con sus nombres bordados: Conchi, Tita, Carmen, Marisa, Nines y…el niño. “Mi marido tenía una ilusión tremenda  después de cinco  y era un niño muy especial“. Me enseña fotos y me cuenta momentos llenos de tiernas sonrisas de sus tres años y medio de vida por causa de un tumor en la médula.  Conchi comenta que fue la  única vez que  vio triste a su madre, un agosto  en el que Sepúlveda olía  a fiesta. Ellos aguantaron el tipo delante de los clientes y Domingo tomó una decisión con palabras que Conchi recuerda: ‘Filo, te quiero muchísimo y a ese hijo también pero tenemos otros cinco   que no tienen por qué pagar la desgracia que nos ha pasado así que va a haber Navidades y Reyes y no quiero lágrimas en la tienda; la gente viene de fiesta y no tienen la culpa de lo que nos ha pasado”. Más adelante llegaría Domingo, un niño  muy travieso, y finalmente Mayte.

¿Con qué disfrutas más de la vida?

“Con mucha alegría he ido recibiendo a los  nietos y biznietos. ¡Cómo los quiero a todos! ¡Son una monada de críos!¡Y que todos hayan salido de mi sangre!.... Ahora se casa una nieta y les he dicho a los dos que la mayor alegría es que tengan un niño lo primero. He trabajado mucho porque he hecho de todo, he disfrutado en la tienda porque era cariñosa con todos y procuraba ayudar porque había mucha necesidad pero con los amigos he viajado a todas partes y he tenido mucha suerte”.

Ahora su familia la mima y, según dice, no la dejan tocar ni un  plato. Para ellos es ejemplar como lo es su memoria de casi un siglo de vida y su actitud. “Todos los días miro al cielo, doy gracias  a Dios por todo lo que me ha conservado y pido que tengamos salud”. Lo dice con ese rostro sereno que conserva rasgos de gran belleza que hicieron a alguno ir a la tienda a comprar 100 gramos de caramelos solo para verla.

 

Artículo escrito por Estrella Martín Francisco para El Nordeste de Segovia, Septiembre de 2012

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Comentarios

0 # Menu 28-02-2018 23:19
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