Gabino Holguín, destinado en Navacerrada y rescatador en Totalán: «El compañero salió con el niño Julen en brazos y se hizo el silencio»

El agente del Sereim de Navacerrada tomó parte en las microvoladuras del pozo de Totalán

Gabino Holguín fue uno de los guardias civiles que, junto a los Tedax, intervinieron en el rescate del niño Julen, en Totalán (Málaga), hace quince días. Especialista en microvoladuras y espeleosocorro, forma parte del equipo del Servicio de Rescate e Intervención de Montaña (Sereim) de la Guardia Civil en el puerto de Navacerrada. Es extremeño, tiene cincuenta y dos años y está casado con una sepulvedana. Riaza fue su primer destino.

–Han pasado quince días de aquel rescate. ¿Ha pensado mucho en ello desde entonces?

–Sí, es inevitable. Llegué a Totalán el día 19 y el desenlace no se produjo hasta el 26. Fueron muchos días de trabajo muy intenso y..., sí, te llega, te llega muy dentro. Todos los días me acuerdo.

–Dice que fue un trabajo muy intenso.

–Intenso, duro y complejo, especialmente por las circunstancias que lo rodeaban. Nosotros solemos orientar las microvoladuras a los rescates en cuevas, donde hacemos desobstrucciones muy concretas, pero esto era un pozo y la ventilación se hacía desde fuera. Estaba el problema de la electricidad estática, porque había muchos equipos de ventilación, el tubo por el que descendíamos era metálico, al igual que el ascensor... La electricidad estática complicaba las cargas que teníamos que hacer con los detonadores. En fin, había riesgos a tener en cuenta. Fue un trabajo muy delicado.

–Al final, para poder llegar hasta el lugar donde estaba el cuerpo del niño hicieron falta cuatro microvoladuras.

–Efectivamente. Y desde el mismo momento en que empezaron a trabajar los mineros. Se esperaba que la zona de trabajo fuera relativamente cómoda, pero nada más lejos de la realidad. La roca era muy dura. Era cuarcita. Por eso recurrieron a las microvoladuras desde el principio. Bajaron los mineros, picaron durante hora y media y nos llamaron. Preparamos la primera microvoladura con un pie en el ascensor y el otro en el poco espacio que habían podido horadar.

–¿Qué dinámica de trabajo siguieron?

–Los mineros nos dejaban hechos los barrenos en los que debíamos colocar el explosivo; luego bajábamos, instalábamos las cargas, subíamos y se daba fuego. Cuando el lugar estaba ventilado, volvían a bajar los mineros y se encontraban con un montón de roca fracturada para poder ir avanzando con sus martillos neumáticos. Hacían uno o dos relevos y volvían a llamarnos. Ellos perforaban, nosotros desobstruíamos. Así, hasta cuatro veces. Yo bajé las cuatro.

–¿Cómo era bajar allí?

–Relativamente sencillo. Era un ascensor. La gente lo ve desde fuera y se impresiona, pero, para nosotros, acostumbrados como estamos a bajar por sitios mucho más complicados, a reptar por determinadas gateras, era muy sencillo, muy cómodo. El olor a aceite, eso sí, era intenso, muy fuerte.

–La última microvoladura permitió el rescate del pequeño.

–Teníamos el pozo donde estaba el niño a sesenta centímetros, aproximadamente. Pero la roca que nos separaba de él era igual de dura que la anterior, y los mineros nos dijeron que no quedaba más remedio que meter explosivo. Extremamos las precauciones, claro, para no dañar al niño. Esta microvoladura nos permitió avanzar treinta y cinco o cuarenta centímetros y les dejamos a los mineros diez o quince centímetros de trabajo, con la roca muy fracturada. Con sus picos neumáticos hicieron el trabajo y llegaron al pequeño. En esa ocasión ya solo bajó un minero acompañado de un guardia civil de montaña con la función de policía judicial. Fue el encargado de fotografiar, reseñar y hacer la inspección ocular del lugar donde estaba el niño, su posición. Este compañero fue quien lo sacó.

–El momento más triste...

–Sin duda. Según íbamos acabando nuestro trabajo, pasábamos a un plano secundario, pero todos permanecíamos en la zona. Vimos al compañero salir del pozo con el niño en brazos y se hizo el silencio. Hubo una mezcla de sentimientos. Por una parte, el trabajo estaba hecho y había salido bien; por otra, el niño estaba muerto y la pena era inmensa. Todos sabíamos que iba a ser muy difícil, que habían pasado muchos días, que cada día que pasaba la esperanza era menor, pero siempre pensabas: «Por nuestra parte, que no quede». Nos empleamos a tope. Todo el mundo se volcó.

–¿Fue buena la colaboración?

–Extraordinaria. La gente, espectacular. Tuvimos la suerte de estar en el mismo hotel que los mineros e hicimos muy buenas migas. Son unas bellísimas personas, gente muy humilde, muy sencilla. Trabajamos mucho con ellos los días previos, planificando, estudiando posibles complicaciones, las condiciones de trabajo que íbamos a encontrarnos, el tipo de carga que debíamos poner en caso de tener que hacer microvoladuras... Todo tenía que estar muy controlado. Aun así, la primera voladura nos sirvió para saber cómo iba a desarrollarse todo después, porque comprobamos la dureza de la roca, la cantidad de explosivos que íbamos a necesitar... Las tres siguientes fueron más cómodas y efectivas.

–Junto a las inundaciones de Mallorca, este es el caso más mediático en el que ha intervenido, pero tiene una experiencia de treinta años y habrá vivido todo tipo de situaciones.

–Lo de Mallorca fue muy duro también y está muy reciente. Hacemos muchos tipos de rescate, rescates en la sierra, en invierno, en la nieve, en barrancos inaccesibles, en cuevas... Es nuestro trabajo.

–¿Es el Guadarrama una zona complicada?

–Muy complicada. Es una sierra relativamente baja y está muy cerca de Madrid. La gente se confía y... Hace unos años falleció una persona, en Dos Hermanas, que se estaba preparando para ir al Himalaya. Tenía un grado de experiencia y un nivel muy contrastados, pero se complicó el tiempo y se desorientó. Es una sierra muy dura, aunque no lo parezca. Aquí no te protege nada. El viento sopla del norte, de Castilla, y no tienes nada que lo corte. Es una sierra peligrosa.

–El Sereim de Navacerrada, ¿abarca todo el Guadarrama?

–Sí, en colaboración con los compañeros de Riaza. En Gredos están los del Barco de Ávila y Arenas de San Pedro. Nosotros también atendemos la zona de Castilla-La Mancha, las provincias de Guadalajara, Cuenca... Hay muchas cuevas y se requieren conocimientos de escalada y espeleosocorro.

–¿Qué cualidades o virtudes debe tener un profesional del rescate de montaña?

–Te tiene que gustar la naturaleza y la montaña. La montaña es muy divertida cuando hace buen tiempo, pero muy dura cuando las circunstancias son malas. Por supuesto, has de saber adaptarte a las circunstancias de cada momento y físicamente debes estar en plenas condiciones. El curso de montaña es muy exigente. Hay muchas facetas que controlar: escalada, esquí, espeleología... El compañerismo y el trabajo en equipo también son claves. Aquí los egos deben quedar a un lado. Pero ese trabajo en equipo, a veces en situaciones límite, une mucho. En Totalán, nos despedimos de los mineros como si fuéramos amigos de toda la vida. Solo nos faltó llorar.


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