Miguel de Unamuno, a un mes de su muerte en 1936, «entre los hunos y los hotros»

Al conocer la represión confiesa a su amigo Francisco de Cossío que «lo de Málaga, Granada, Sevilla... es indecible»

Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864- Salamanca, 1936) encontró siempre en Francisco de Cossío (Sepúlveda, Segovia, 1887-1975) un destinatario amigable de sus reflexiones, sentencias e inquietudes sobre la creación literaria, su propia obra o la situación española. Periodista y escritor afincado en Valladolid, Cossío fue subdirector de ABC y director de «El Norte de Castilla» desde 1931 hasta su destitución en 1943.

Durante más de dos décadas, Unamuno y Cossío cultivaron su amistad, reflejo de sus aspiraciones y convicciones en lo literario y lo político. De ella son fruto las cartas ya publicadas a comienzos de los años 90 por el profesor Laureano Robles, desde que en octubre de 1914 Unamuno escribiera por primera vez al joven Cossío, sin conocerle, para agradecerle sus palabras en el Ateneo de Valladolid sobre «El sentimiento trágico de la vida», hasta noviembre de 1936, en que el viejo rector busca desahogarse de su repulsión ante la violencia fratricida «entre los hunos y los hotros».

La familia Cossío conserva más cartas y tarjetas del autor de «Niebla», que ABC publica por vez primera para evidenciar la profunda conexión entre dos liberales convencidos, cuyos anhelos y decepciones por el curso de la vida de España irán casi de la mano. Así, ambos serán desterrados por su oposición a la dictadura de Primo de Rivera: Unamuno en Fuerteventura en 1924 y Cossío en las islas Chafarinas en 1926. Después llegará el destierro voluntario en París, donde Cossío se hace asiduo de la tertulia de Unamuno en el Café de la Rotonde, en Montparnasse, con Josep Pla, Corpus Barga o Eduardo Ortega Gasset.
«Confesiones»

Las memorias de Cossío, «Confesiones» (1959), reeditadas en 2008 por Akron con prólogo de su nieto el pintor y escultor José María Pérez de Cossío, son un extraordinario retablo de esos días de destierro y a la vez un íntimo retrato del autor de «La tía Tula». Inolvidable es la anécdota de Blasco Ibáñez cuando muestra a Unamuno la magnífica vista de la avenida de la Ópera parisiense preguntándole si echa algo de menos. «¿Qué es lo que echo de menos en este lugar? ¡Gredos!», responde Unamuno sin contemplaciones. Al día siguiente, el autor de «Cañas y barro» preguntará a Cossío, a propósito de la réplica de Unamuno, cómo se puede «comparar la cabra hispánica con una de estas mujeres que aquí, en París, nos sonríen sin conocernos».

Unamuno y Cossío conspiran y suspiran por el cambio de régimen. Con el advenimiento de la República, ambos son restituidos en sus cargos: Unamuno en su cátedra salmantina y Cossío en la dirección del Museo Provincial de Bellas Artes de Valladolid, cuya elevación a Museo Nacional de Escultura con nueva sede promoverá como jefe de gobierno su amigo Manuel Azaña.

Decepción por la República

La decepción por la República y el deslizamiento del régimen hacia la violencia y el caos les lleva en 1936 a una nueva comunión de pareceres en apoyo de la sublevación militar. Pero ante el asesinato de amigos, colegas y discípulos por los sublevados, Unamuno se acuerda de Cossío y le escribe a Valladolid a modo de reproche y advertencia que pudieran ser también para sí mismo. La carta, cuyo manuscrito revelamos hoy, lleva fecha del 27 de noviembre de 1936, poco más de un mes antes de su muerte. «Hace tiempo, mi querido amigo, que deseaba escribirle para desahogarme», le confía. Extraña misiva entre la reconvención y el consuelo, «viendo que no puede decir toda la verdad, su verdad toda, lo que es un modo de mentir». «Lo impone el terror blanco, tan feroz como el rojo», le disculpa.

La carta la motiva la lectura de un artículo de Cossío en «El Norte», titulado «La salvación del arte», al tiempo que conoce que ha sido fusilado por los franquistas en Granada, después de su detención en Salamanca, «nuestro Salvador Vila, su compañero de destierro en Chafarinas», discípulo de Unamuno y a la sazón rector de la Universidad de Granada, además de eminente arabista. Cossío hará años después en «Confesiones» un retrato de Vila lleno de afecto, como también de su otro compañero de confinamiento por oposición a la dictadura, el abogado y escritor Arturo Casanueva, antiguo legionario y aventurero, admirador de Millán-Astray como fundador del Tercio, asesinado a su vez por los frentepopulistas en Santander pese a sus convicciones republicanas.
«Indecible»

En su carta a Cossío, Unamuno añade a la de Vila la noticia del asesinato del ilustre físico Arturo Pérez Martín, decano de la Facultad de Ciencias de Valladolid. Descarga también su repulsión ante lo que está sucediendo en Andalucía de «parte de los hunos -de los rojos- y de los hotros -de los blancos-». «Lo de Málaga, Almería, Granada, Sevilla... es indecible», subraya.

«Lo del pobre Vila, un ingenuo, le debe hacer reflexionar», advierte Unamuno a su amigo Cossío. «Saben los antecedentes de usted y hasta recuerdo que una vez se revolvió usted contra la nueva Inquisición, la checa de esta Nueva España. Usted es sospechoso. No creo que vayan a fusilarle a usted, pero acaso a encarcelarle o retenerle confinado en su casa como me retienen a mí. Y me retienen por haber dicho toda la verdad», escribe.

El dos veces destituido rector de Salamanca vuelve a trazar sin distinciones, en las últimas líneas de su misiva, la cartografía sangrienta de España, «un manicomio de locos feroces y envenenados», achacando a ambos bandos el «odio a la inteligencia» que habría imputado solo al franquista en el acto del Paraninfo un mes atrás. «In interiore Hispaniae habitat hoy la envidia, el resentimiento, el odio a la inteligencia, la ferocidad sanguinaria. Y así entre los hunos y los hotros están ensangrentando, desangrando, arruinando, envenenando y -lo que acaso es peor- estupidizando a la patria», sentencia.

Petición y consejo

La carta finaliza con una petición y un consejo, además de un gesto de compasión hacia el amigo que es también hacia él mismo: «Dedique un recuerdo, y si es cristiano una oración, a nuestro Vila, y siga diciendo lo que le dejen decir. Le compadezco. Un abrazo de su amigo». Será la antepenúltima carta personal de Unamuno en vida, solo seguida de las dos que escribe a su amigo y paisano el escultor Quintín de Torre el 1 y el 13 de diciembre.

A los dos días de la muerte de Unamuno en la festividad de San Silvestre, Cossío rendirá en «El Norte» un último homenaje de admiración a su amigo. Aunque sin firma, el editorial de aquel 2 de enero de 1937 no puede sino estar escrito por Cossío en tributo a quien había hecho de «la contradicción, incluso consigo mismo, el resorte más eficaz de su dialéctica».

Un mes después, el 30 de enero de 1937, uno de los hijos de Unamuno, José, salía de la Escuela Popular de Guerra republicana con el grado de «teniente en campaña» de artillería (equivalente a los «alféreces provisionales» franquistas) y era destinado al frente de Madrid. El azar quiso que, unos meses después, en el mismo frente, en Quijorna, muera con 19 años el hijo menor del director de «El Norte», Manuel de Cossío y Corral, encuadrado en una bandera de Falange.

Cossío dedicará a su hijo el libro «Manolo», que Umbral calificará como el «más hermoso y más puro publicado en la zona nacional» y en el que justifica la sublevación al modo unamuniano como lucha por la civilización cristiana. Seis años después llegaría el desencuentro entre sus convicciones liberales y el régimen franquista y su destitución al frente del diario decano de Valladolid.

«Unamuno, el bueno»

El padre que vio morir a su hijo en la guerra y el hijo que vio morir a su padre se reunieron un cuarto de siglo después, en diciembre de 1964, en la Casa de Cervantes de Valladolid, para participar en un acto de celebración del centenario del nacimiento del autor de «Niebla». Ante la presencia de José de Unamuno Lizárraga, Francisco de Cossío rindió homenaje literario y humano a su amigo el viejo rector de Salamanca y terminó sus palabras cincelando el epitafio que, a su juicio, debía de aparecer sobre su tumba: «Aquí yace Miguel de Unamuno, el bueno».

Algo más de diez años después, en su casa de Sepúlveda, sin haber hecho caso nunca a quien le animaba a continuar sus memorias, interrumpidas al comienzo de la guerra que no quería recordar, Francisco de Cossío, deshecho también del duro bregar, pedía ser acogido en el «misterioso hogar» que cantó su buen amigo.


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