Aprender arqueología e historia sobre el terreno

Frente a la memorización de datos históricos, existe la posibilidad de bajar a la tierra con pico y pincel, y entender así cómo vivieron nuestros antepasados.

Santiago Caballero lleva tres décadas aprendiendo y enseñando la historia y la arqueología empolvándose de tierra. Todo comenzó cuando siendo adolescente fue voluntario en las excavaciones de Tiermes y Numancia en la provincia de Soria antes de iniciar la carrera. Desde hace años dirige el Museo Provincial de Segovia y las excavaciones de la ciudad romana de confloenta en Sepúlveda (Segovia) de forma continua desde 2016. Junto al equipo del museo organiza programas anuales consensuados para explicar las bellas artes, la arqueología, la historia y la tecnología para los colegios, IES y universitarios de Segovia y su provincia.

Frente a los rancios y erróneos métodos de enseñar la historia a las nuevas generaciones acumulando datos en la cabeza para soltarlos en un papel el día del examen, Santiago Caballero y su joven compañero, el también historiador y arqueólogo Nicolás Ruiz, apuestan por bajar a la tierra, ponerse con pincel y pico, y entender cómo vivieron y convivieron nuestros antepasados para saber cómo hemos llegado hasta nuestro tiempo.

O visitar las salas de los museos acompañados por competentes y comprometidos historiadores que expliquen a menores y adultos cómo era el mundo en el que aquellas obras fueron hechas, y qué significado y simbolismo tienen.

La persona, las generaciones, las sociedades y los pueblos que no investigan ni estudian ni entienden su historia, están condenados a repetir los errores del pasado. Por eso me he sentado a conversar con Caballero y Ruiz, para que las nuevas generaciones conozcan la historia, y esta les permita saber qué vida quieren hacer y cómo hemos llegado hasta aquí. ¿Qué aporta trabajar en una excavación a becarios y jóvenes arqueólogos e historiadores en sus procesos de formación y como experiencia profesional?

“Poder ir al campo durante un tiempo es una experiencia enriquecedora personal, además es un trabajo muy necesario para complementar y completar la formación universitaria que reciben y entender la disciplina al completo”, explica Caballero.

Por su parte, Ruiz indica que es un golpe duro de realidad muy satisfactorio: “La primera excavación que hice todavía estaba en Bachillerato, y supuso un cambio radical sobre qué es la arqueología y cómo se trabaja. Un estudiante que comienza tiene una concepción muy teórica, y piensa que todo se puede conocer por los libros, y en cambio la arqueología es sobre todo práctica. Hay que trabajar. Mucha gente de repente se da cuenta de que exige un esfuerzo físico para poder tener datos, información y obtener respuestas. Hay que seguir una metodología que está muy bien en la teoría, pero que aplicarla en la práctica es muy complejo”.

En nuestro tiempo, se está volviendo a fomentar la creatividad, la imaginación y el trabajo en equipo en los procesos formativos. ¿Qué aportan la arqueología y los yacimientos a potenciar esas competencias y habilidades?

Desde la óptica que da la experiencia, Caballero señala: “Ejecutar estos trabajos educa la mente hacia otras labores, porque en un yacimiento no solo interviene el esfuerzo físico con el pincel o un pico, sino que además se les forma con recursos tecnológicos y sus habilidades. Se genera un análisis crítico e histórico del alumno sobre su ámbito cotidiano. Y la Educación tecnológica en fotometría, fotografía, dibujo arqueológico, análisis de materiales, y el uso de estas técnicas también les sirven para sus vidas diarias”.

Ahondando en la reflexión de Caballero, Ruiz comenta: “Trabajar en un yacimiento da una visión de campo y práctica de lo que se está estudiando. Se acerca al estudiante a un mundo que pensamos que queda muy atrás y que está muy lejos de nosotros, y con el que compartimos realmente muchas cosas. Cualquier persona que tenga un conocimiento de lo que es la arquitectura actual, o de la vida rural, se puede dar cuenta de que hay muchas similitudes y particularidades que compartimos con esa civilización a la que debemos tanto y de la que hemos evolucionado. Y fomenta la curiosidad del visitante”.

Entender el ayer para valorar lo que debemos a la herencia de nuestros antepasados, y resolver cuestiones cotidianas que se nos presentan a diario. Una de esas disyuntivas se les aparece cada año a cientos de miles de estudiantes que cursan 2º de Bachillerato y la EBAU sobre qué camino formativo y personal tomar. ¿Qué les recomiendan nuestros protagonistas desde las experiencias vividas?

Caballero les anima a “estudiar arqueología a través de las diferentes universidades de ámbito nacional. Y ya dentro de las clases y de los cursos, han de irse a los profesores de referencia que dirigen proyectos arqueológicos, y les abran el camino para que les digan cómo pueden participar en este tipo de excavaciones”.

Por su parte, Ruiz aconseja a los profesores que “lleven a sus alumnos a un yacimiento, indagar en la investigación que se está realizando y mostrársela. Y si no es con personas de la universidad, con profesionales de museos y de Patrimonio, de la Diputación y de la Junta. Y que haya encuentros entre esas personas y los jóvenes, y que les expliquen cuál es su función y cometido. Así se creará un nexo de unión entre ambos mundos”.

Los yacimientos como espacios para trabajar las materias

Cada vez que se descubre un yacimiento o se profundiza en él, se genera un impacto en la comunidad científica, en la disciplina, en los estudiantes y en la sociedad. ¿Cuáles son esas repercusiones?

Así lo describe Caballero: “Al desarrollarse durante varios años, permite que la investigación se haga de forma específica, y que los alumnos de un mismo contexto universitario puedan ir a adquirir su formación y conocimientos. Pero además permite al yacimiento tener una gran visibilidad universitaria. Estos yacimientos se convierten en referencias de trabajo para la disciplina”.

La sabiduría que este arqueólogo y director de museo ha desarrollado en su ya brillante carrera, se refleja por ejemplo en la huella que está empezando a dejar la excavación de la ciudad y de las termas de confloenta, en Sepúlveda, dentro de la comunidad científica nacional e internacional, y también en el propio municipio segoviano que ve como, por un lado, cada verano llega el equipo de arqueólogos para seguir excavando.

Y, por otro, la mirada curiosa de los visitantes del yacimiento. Ambas circunstancias generan un notable impacto socioeconómico en Sepúlveda y sus vecinos.

Así vive Caballero la sensación que confloenta está causando en unos y en otros: “Es un yacimiento joven. Apenas fue estudiado en el siglo XX como una necrópolis visigoda, y ha sido desde 2016 cuando se ha puesto en marcha una investigación más amplia. La arqueología es una disciplina muy lenta frente a otras disciplinas porque así lo marcan los protocolos y los tiempos, y las investigaciones llevan su tiempo, y el intervalo necesario para luego gestionar toda esa documentación e información, y someterlas a diversos análisis. Así se generan posteriormente conocimientos, es una labor ingente y laboriosa”.

El equipo de Caballero está presentando en congresos y revistas científicas y de difusión los resultados que obtienen en el yacimiento, para que la ciudad de confloenta tenga su lugar. “Estamos estudiando su arquitectura, las diferentes características urbanísticas, los elementos culturales, que son datos muy nuevos que no se conocían, y que están poniendo a confloenta dentro del mapa de ciudades romanas de España. Las termas de confloenta tienen mucho interés para entender el Valle del Duratón”, explica.

Muchos menores hoy desconocen más allá de la ciudad en la que viven, a pesar de ser hasta la fecha la época en que más se viaja. Eso es consecuencia del desinterés por recorrer los pueblos y las provincias de los alrededores, de otras regiones. ¿Qué se puede hacer para superar esa rémora?

El también arqueólogo Nicolás Ruiz, que en cambio recibió la inspiración y el ejemplo de sus mayores desde su niñez, visitando la provincia de Soria al detalle, hoy agradece cuando de niño viajaba con sus abuelos y su tía María a recorrer aquellos municipios buscando relojes de sol, la piedra fundacional de una iglesia, los vértices geodésicos o la trashumancia. Ahora entiende la importancia de haber dibujado con su mirada de niño aquellos hallazgos y tesoros que su abuelo iba descubriendo en sus excursiones marginales.

El abuelo, Emilio Ruiz, era un discípulo de Giner de los Ríos, Ortega y Julián Marías, la mejor escuela de vida de Iberoamérica. Así nos lo recuerda: “Al ser Soria una provincia que cuenta con mucho patrimonio, y que forma parte de lo que ahora se llama la España vaciada, la historia tiene un gran peso, porque quizás otros temas quedan más disimulados. En cambio la historia está ahí en los castillos, en los palacios, en las iglesias y monasterios, en los yacimientos arqueológicos. Eso cualquier persona que viva en la provincia y tenga curiosidad por salir al campo, y ver lo que le rodea, va a tener un gran peso sobre ella. Y a nivel familiar tengo varios familiares que me han inculcado el amor por la historia y la arqueología, y eso ha sido un gran patrón a seguir”.

Va llegando la hora de despedirse de nuestros protagonistas, y les cedo la palabra para que nos den una última pincelada que se nos haya podido escapar al hilo de la conversación. Para Caballero es clave “seguir fomentando y consolidando las visitas y los talleres de los colegios e IES de Segovia y su provincia, así como por toda Castilla y León, y los museos de España”.

Y para Ruiz, “quizás el problema que tienen que resolver las grandes ciudades es la desvinculación con la naturaleza y con el patrimonio de ciertas etapas de la historia. Por ejemplo, alguien de Madrid tiene el Madrid de los Austrias que es muy importante, o Complutum muy cerca. Pero al no tener cerca yacimientos tan visibilizados, quizás tenga olvidada esa parte de la historia”.


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