Los ladrillos del futuro

El arquitecto Ricardo Higueras Cárdenas, que reside en El Espinar, defiende el empleo de materiales naturales, con denominación de origen, tanto minerales como orgánicos, como el algodón, la lana o el cáñamo industrial – nombre que reciben las variedades de la planta Cannabis – para desarrollar un tipo de viviendas bioclimáticas, sostenibles y saludables, que no participen del efecto invernadero y que protejan la salud de sus moradores, mientras ahorran consumo de energía.

Autor del proyecto de la ‘casa impluvium’, en Vellosillo (Segovia), con bloques crudos de cal armados con fibra de cáñamo industrial, utiliza aislamiento de algodón procedente del reciclado de las fábricas de pantalones vaqueros, que se llegarían a tirar, evitando emisiones de dióxido de carbono al emplear poca energía en su manufactura primaria. Todo con la filosofía de ejercer el oficio de la arquitectura de la mejor forma posible entendiendo que el sujeto de la cuestión es quien hace el encargo del proyecto, pero siempre y cuando no perjudique a los demás y al entorno por donde va a construir.

Higueras Cárdenas, nieto e hijo de arquitectos que han desarrollado proyectos en la villa espinariega, aboga por la arquitectura bioclimática, basada en los condicionantes climáticos del entorno, como la temperatura, el sol, la orientación y los recursos particulares de cada lugar; la sostenible, la que en su ciclo de vida deja una huella de carbono positiva, que no contamina; y la saludable, para evitar enfermedades a los inquilinos.

Sobre este aspecto, afirma que los llamados edificios enfermos tienen una carga muy alta de electricidad estática en el aire o en los materiales de la que se cargan las personas, lo que provoca que estén crispadas, mientras hay edificios que no liberan el gas radón del suelo, en zonas de Extremadura o Galicia, lo que puede generar unas enfermedades que pueden llegar a ser fatales para las personas que viven ahí. Destaca también la transpirabilidad de los muros que, cuando se construyen con materiales muy sintéticos, son las personas y sus huesos quienes absorben la humedad relativa del ambiente.

Para este profesional, «la arquitectura tiene que se consciente de todo esto para poder hacer edificios que protejan la salud y prevengan que no haya enfermedades, eso tanto en edificios de oficinas como en hospitales o viviendas, que es donde dormimos, porque las radiaciones afectan mucho al descanso».

Pero no solo esto, sino que deben de ser también compatibles con el entorno y el medio ambiente. De ahí que, por ejemplo, abogue por reducir el uso del acero y dejarlo solo para estructuras que lo requieran por sus dimensiones.

Basa su teoría en que las emisiones que se producen al fabricar acero son millones de toneladas de dióxido de carbono, frente a las de materiales que no requieren tanta industrialización. Por eso aconseja el empleo de materiales como cáñamo, sisal, pita, lino, lana, algodón, esparto, mimbre, ratán, bambú, enea o madera, que han acompañado a la sociedad en su historia, «quedando ampliamente demostradas sus virtudes», matiza.

Por un lado, todo el proceso de fabricación previa, correspondiente a la energía primaria de la materia prima es gratuita y ecológica y, paralelamente, es compatible con otros materiales naturales como el barro o la cal, siendo garantía de salubridad.

NATURALEZA.

Higueras emplea un ejemplo que ofrece la naturaleza: los panales de las abejas donde se desarrollan las larvas, realizados con propóleos, un material bactericida, como antibiótico, ejemplo de arquitectura saludable desarrollada por animales sin ningún razonamiento técnico. Trasladada a la teoría, el arquitecto sostiene que «si construyes con materiales que tienen mucho carbono, de alguna manera estás emulando cómo se hacen las cosas en la naturaleza, los bosques son fijadores de dióxido de carbono, si las construcciones tienen mucho carbono éste no se libera a la atmósfera y no va a emitir dióxido de carbono». Y como reflexión se pregunta ¿por qué se va a poner un pilar que resiste 100 toneladas para una estructura que soporta un techo de diez y desaprovechar el 90% del material?. Por eso, en su opinión, el acero es bueno para utilizarlo cuando va a agotar su resistencia, «de lo contrario, es un material que no es adecuado a su función porque se van a liberar a la atmósfera gratuitamente millones de toneladas de dióxido de carbono».

Autor del pabellón ‘El faro’ de la Exposición Internacional de Zaragoza, en 2008, Higueras aprecia un choque de culturas: «Por un lado reclamamos todos una mejora de la calidad, no solo donde vivimos sino en lo que comemos y en las relaciones de todo tipo, pero la inercia de la industria y la economía es muy fuerte, es muy complicado cambiarlo, no es una decisión automática». Y lamenta que, desde 1972, cuando se escribió el informe ‘Los límites del crecimiento’, encargado por el Club de Roma, ya se estaba hablando del ‘pic-oil’ pero, después de cincuenta años, no se ha reaccionado: el Amazonas sigue deforestándose.
El arquitecto no acierta a comprender por qué si todo el mundo sabe lo que está pasando, no cambia. Higueras subraya que antes investigaba en torno a la arquitectura pero se ha dado cuenta de que el problema es el comportamiento humano, por eso ahora centra su interés en tratar de conocer «por qué nos comportamos de esta forma, a veces es contradictorio, sabemos una cosa pero hacemos la contraria, o por qué hay unas relaciones entre las personas son armoniosas y otras que no se entienden, sin conocerse…».

EN FUNCIÓN DE LOS RECURSOS NATURALES.

Ricardo Higueras Cárdenas es nieto de Ignacio Cárdenas, autor del proyecto del edificio de Telefónica en Gran Vía, en Madrid, que llegó a El Espinar en los años cuarenta aquejado de una tuberculosis, para recuperarse respirando el aire de la sierra, terminando allí como arquitecto municipal. Junto a su yerno, Fernando Higueras, padre de Ricardo, proyectó barriadas como la de viviendas de piedra, de protección oficial, en ‘La Soledad’.

En Sepúlveda, este arquitecto que también ha elegido El Espinar para residir, ha desarrollado la ‘casa impluvium’, basada en arquitectura con una vuelta en el diseño en función de los recursos naturales energéticos, como el sol o el viento, y alimenticios, como el agua y los cultivos. Esta casa se realizó con bloques crudos de cal armados con fibra de cáñamo industrial, muy adecuados por ser aislantes y, al mismo tiempo, tener inercia térmica, siendo resistentes para la estructura y transpirables de cara a regular la humedad relativa, por tanto saludables, según el autor del proyecto cuyo comienzo en la arquitectura y el urbanismo como práctica regeneradora se basa en estos edificios recolectores de agua o cultivadores. Ahora prepara un proyecto de casa en San Pedro de Gaillos (Segovia).

La casa de Vellosillo tiene 150 metros cuadrados y su cubierta capta 75.000 litros de agua de lluvia al año, que sirve para el riego de 50 metros cuadrados de huerto productivo en el interior de la casa. La energía eléctrica se genera completamente con paneles fotovoltaicos y un pequeño aerogenerador. La máxima eficiencia para la calefacción se consigue aislandola bien, en este caso con los muros con bloques de cal y cáñamo semienterrados y con una caldera de pellets, y parte de la tierra utilizada para cultivar se genera en el ciclo de saneamiento del inmueble.

Este diseño incluye a las personas en todo su ciclo de uso y de vida. Higueras cree «que es un paso más de la arquitectura orgánica, pues en última instancia lo que se genera, lejos de ser obras inanimadas y de consumo o especulativas, se entienden como organismos vivos en simbiosis con las personas, hasta alcanzar el concepto de regeneración de las propias ciudades y los territorios como seres y tejidos siempre en simbiosis recíproca y saludable con las personas y demás organismos que las habitan».

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