Los mejores pregoneros de Segovia

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Los Zuloaga. Ignacio y Daniel. También ellos llegaron a Segovia y se enamoraron perdidamente de sus piedras, sus calles, sus paisajes y sus gentes. El primero, el gran pintor Zuloaga, la exportó al mundo a través de sus lienzos, y el segundo, el ceramista, la plasmó en cientos de ‘cacharros’ (él se refería así a sus piezas). Ambos artistas fueron pregoneros de Segovia, sus mejores publicistas en un mundo que empezaba a saborear los placeres del turismo, y el taller de San Juan de los Caballeros, una antigua iglesia románica que Daniel salvó de la ruina, se transformó en todo un referente de la cultura y la identidad castellanas.

Pero empecemos mejor por Daniel, tío de Ignacio. Dejó escrito Mariano Quintanilla que Daniel Zuloaga Boneta (1852-1921) fue el principal «propagador y vocero» de la riqueza patrimonial segoviana, pues «sus pinturas y cerámicas y aun más su palabra encendida y elocuente, con el fondo tan adecuado de su estudio de San Juan, crearon una especie de peregrinos del arte, que con sus escritos y lienzos dieron a conocer a nuestro pueblo en Europa y en América». Llegó don Daniel a Segovia en 1893. Le habían encargado la decoración de la fachada del Ministerio de Fomento y decidió instalarse en la fábrica de los hermanos Vargas, con quienes formó una empresa para acometer el trabajo. Con el tiempo surgirían discrepancias que lo llevaron a Guipúzcoa, donde permaneció algo más de un año. En 1907, de nuevo en Segovia, montó el taller en la iglesia de San Juan de los Caballeros, que había adquirido tres años antes. Y puede decirse que ahí empezó todo, porque las piezas de cerámica que salían de los hornos de San Juan, los ‘cacharros’ que él decía, fueron inundando poco a poco las naves del viejo templo. Recluido en su iglesia y rodeado de su mujer, sus hijos y algunos discípulos de extraordinaria valía, Daniel Zuloaga amplió procedimientos «usando materias diferentes y soñando metalizaciones», porque «en este arte siempre hay que estar estudiando los procesos del fuego y sus fórmulas de alquimia, tan complicadas y tan sorprendentes», recordaba su hijo Juan.

Daniel Zuloaga utilizó el soporte de sus cerámicas para plasmar las costumbres, los monumentos desaparecidos y los paisanos que veía en el Azoguejo o en la Plaza Mayor los bulliciosos días de mercado, motivos locales que elaboró con exquisita técnica y afán de perfección. El día 27 de diciembre de 1921, a las ocho de la mañana, Zuloaga expiraba en su vivienda de San Juan. Tenía 69 años y no llegó a ver la República que tanto soñó. La ciudad entera se vistió de luto y acompañó su cadáver hasta el cementerio del Ángel, donde fue inhumado. Segovia sigue estando en deuda con él.

Ignacio Zuloaga Zamora, nacido en Éibar (Guipúzcoa) en 1870, era hijo de Plácido, un hermano de Daniel. Descubrió Segovia en 1898, después de haber pasado por Roma, París y Sevilla, y, cautivado por su decadente belleza, en ella decidió trabajar aprovechando las temporadas otoñales. Así lo hizo hasta 1914, cuando abrió su casa de Zumaya. Según Lafuente Ferrari, en Segovia nació la primera pintura de Ignacio capaz de proporcionarle un éxito internacional: «En Segovia encontró el equilibrio [...], un reposo propicio para la creación» alejado del ruido del París de modernistas y bohemios.

Uno de los principales apoyos que el joven Zuloaga tuvo en la ciudad castellana fue José Rodao, poeta y periodista que lo defendió a capa y espada, incluso frente a aquellos que durante años alimentaron la llamada cuestión Zuloaga, a raíz de las pasiones encontradas que la obra del pintor suscitaba, pues mientras Ignacio triunfaba en los salones de París y sus cuadros cruzaban con éxito el Atlántico, en España se le acusaba de divulgar una fea imagen del país. Pero su arte no era sino el espejo de una realidad lacerante, la de un pueblo –el español– muy castigado por el atraso.

De sus estudios segovianos salieron los mejores lienzos de la obra zuloaguesca: ‘Antes de la corrida’, ‘Las brujas de San Millán’, ‘Gregorio el botero’, ‘Gregorio en Sepúlveda’, ‘La familia de mi tío Daniel’, ‘El Cristo de la sangre’, ‘El cardenal’... A Rodao le confesó Zuloaga sus impresiones segovianas más íntimas: «Yo creo, amigo Rodao, que Segovia debiera pintarse con una paleta de granito, con pinceles de hierro forjado, en lienzo de refajo y con negro y amarillo. Ese es mi sueño. ¿Lo realizaré? No lo sé, pero lo que sí sé es que dedicaré toda mi vida y mis trabajos pictóricos a procurar que mis cuadros den esa sensación; pues quiero a Segovia como si fuera segoviano». Ignacio murió en 1945. Veinte años atrás había comprado el castillo de Pedraza

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