Victoria Montero Manzanares: "El trabajo y sacrificio de una mujer trabajadora"

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No aparenta los 85 años con ese porte ágil, esa mirada serena y ese cariño sencillo que reparte. El ejercicio físico es parte de su rutina diaria y, aunque su actual vida es más tranquila, ha tenido responsabilidades desde muy joven con padres mayores que no podían hacerse cargo del campo y los animales. Una vez casada, trabajó en una granja aislada del pueblo y luego abrió una droguería en Sepúlveda sin saber nada del negocio. Ser mujer emprendedora, no debía ser fácil pero, su profunda creencia en Dios, le permitió superar pérdidas dolorosas y baches profundos y sacrificarse para que sus dos hijos tuvieran una carrera.

Aunque era muy pequeña, los aviones de la Guerra Civil forman parte de sus recuerdos cuando iba a la escuela de Sotillo andando y cómo sus padres se los llevaron a Tanarro cuando dijeron que iban a poner una bomba en lo alto de la dehesa de Sotillo para destruir todo. Su niñez y juventud transcurre en La Alduela, un barrio de Sotillo que solo tenía 4 casas y que se quemó cuando ella estaba recién casada.

Su padre era labrador y tenía ganado así que ella hacía toda la labor del campo: “Mis padres eran mayores y tenían un pastor y un chico para ayudarnos con la labor pero yo me tenía que entender con ellos”.

¿Cómo os divertíais siendo tan poca gente?

“Entonces las casas estaban llenas y la juventud no lo pasábamos mal. Con los chicos que teníamos para ayudar me lo pasaba bien charla que te charla, éramos los tres muy jóvenes y cada uno contaba una historia. No había otra cosa, en mi casa no había radio ni tele ni nada de nada; te distraías saliendo a la calle o charlando. En el ayuntamiento teníamos un cuartito y allí íbamos a bailar y lo pasábamos bien porque iban muchas chicas y chicos forasteros”.

¿Allí conociste a tu marido?

“Sí, él tenía conocimientos míos. Tenía ganas de conocer a una chica que había oído hablar de ella. Él era de Vellosillo y, en la fiesta de San Roque, fue a Sotillo y nos conocimos. Yo tenía 22 años y él, conocerme a mí y casarse, era todo uno. Y de eso nada. Yo de principio le dije que no me casaba tan pronto, además tenía que cuidar a mis padres que eran mayores”.

Pero te casas y te vas a vivir a una granja perdida en el campo, solitaria…

“¡El miedo que yo pasé allí! Estábamos recién casados y de momento bien. Se pasaba el día atendiendo a las gallinas, cogiendo huevos, ir a Sepúlveda, ir con el burro a lavar la ropa al río…Teníamos criaderos de pollos con incubadoras y una gloria y mi marido llevaba todos los huevos a vender a Madrid. Pero he sido una calamidad, muy miedosa, muy miedosa. Cuando se subía Vicente al pueblo y me quedaba sola, lo pasaba fatal y no era capaz de bajar a la planta baja. Había mucha electricidad, muchas líneas mal puestas y las tormentas eran tremendas. Siempre he sido muy miedosa. Me decía mi padre: “Hija, no sé por qué tienes tanto miedo, lo único que te puede pasar es que te maten”. La señora Romana, que vivía cerca, me mandaba a su hijo para que no estuviera sola. Creo que, si sigo allí, me hubiera muerto porque había veces que no podía ni respirar”.

Por aquel entonces, la fábrica de la Luz no estaba despoblada como ahora, y los que vivían en las 4 o 5 casas se reunían a jugar a las cartas los domingos. No estaba tan abandonado como ahora y recuerda huertas preciosas de flores y árboles frutales o la playa donde se bañaban. Luego, compraron la casita donde vive ahora Vitoria.

¿Y tú con lo miedosa que eres y vives aquí sola?

“Se me ha escapado el miedo. Cuando teníamos la droguería vivía la maestra Margarita Burgaleta sola y yo pensaba que cómo podría vivir así y se lo comentaba y me decía que estaba muy a gusto y ahora lo veo porque yo estoy muy a gusto”

¿Cómo decidiste abrir una droguería?

“Tenía un tío que veía que lo de la granja no era mucha vida y me sugirió poner una pero yo no lo conocía, no lo había visto nunca. No lo eché en el olvido, me entusiasmé y se lo conté a Vicente. Yo fui la tendera y la que lo organizó. Y lo cogí con calor porque un primo, que sí entendía, me dio una carta para hacer mezclas y yo hice mucha pintura con polvos de colores, aceite de linaza y salía divina. Fui muy poco a la escuela y lo poco que había aprendido, lo olvidé pero aprendí rápido los descuentos, los tantos por ciento…y llevaba toda la contabilidad. Era una tienda pequeñita y vendí muchísimo y me enseñó mucho también”.

Las cosas se torcieron y no pudo disfrutar mucho de la nueva tienda que cogieron. La muerte repentina de uno de sus hijos, la tuvo un año medio muerta, sin ganas de nada. “Lo pasé muy mal hasta que ya me di cuenta y me dije: ¿Qué pasa que solo eres madre de un hijo? ¿Los demás no te interesan?”. Al año su marido sufrió una trombosis: la tienda, tres niños, un marido enfermo que falleció a los cuatro años…Pero ella estaba decidida y se dijo: “Tú tienes que salir adelante sola y que sea lo que Dios quiera”. Su hijo mayor, José Manuel, se vino de Madrid para ocuparse de lo que se ocupaba el padre: los piensos Biona. Habían comprado una casa vieja y alquiló la suya a los veraneantes.

Lo cuenta todo con sencilla naturalidad, con aceptación; sin dar importancia a todas esas hazañas diarias que tuvo que vivir de cara al público. “Te podría contar muchas anécdotas. Cuando te pasa algo, tienes que estar para la gente, poner buena cara y bromear porque tenía mucha clientela. Y me dije: “Lo que tengo yo, no me lo va a quitar nadie y, si estoy con el público, tendré que poner buena cara porque si no dirán que para qué van a venir a ver a esa señora y sus historias raras”.

Toda una vida de sacrificios y trabajo para dar carrera a sus dos hijos mientras pensaba: “Si mis hijos sacan carrera con mi esfuerzo, soy la madre más feliz del mundo”. Y sonríe satisfecha. “Estoy muy orgullosa de ellos porque son unos hijos maravillosos, muy buenas personas y muy trabajadores”. Como lo estaba de los dos que se la fueron y que seguramente recuerda a diario.

Su mirada se posa en la vajilla primorosa que nos ha sacado y vuelve a esta casa que acoge con cariño y se presta a las confidencias. Ha sido testigo del nacimiento de sus hijos y se ha ido transformando con la evolución de la vida. Una casa que la sacó de la granja y a la que ha vuelto para disfrutarla, decorándola con sus cuadros de punto de cruz. La luz, sin avisarnos, nos juega una mala pasada y tenemos que terminar esta charla propia de mesa camilla.

Escuchándola, me pregunto qué habría sido de las mujeres que vinimos después si Victoria y otras como ella no nos hubieran abierto el camino haciéndonos las cosas más fáciles. Si alguien merece un reconocimiento en el día de la mujer trabajadora, es ella y otras de su edad que, a pesar de las dificultades, trabajaron muy duro por los suyos (nietos incluídos), se atrevieron a emprender en un mundo que desconocían y tuvieron que hacerlo en solitario.

 

 

Artículo escrito por Estrella Martín Francisco para El Nordeste de Segovia, Marzo de 2018

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