Sepúlveda lee a su 'hombre universal'

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‘Emiliano Barral y sus hermanos. Entre las promesas y las realidades’, es el título del último libro escrito por el cronista oficial de Sepúlveda, Antonio Linage Conde (Sepúlveda, 1936). A través de 430 páginas el autor hace un repaso por la vida de un escultor que ha llevado el nombre de Sepúlveda y la piedra rosa unidos a lo largo de la historia. Barral se definía a sí mismo como ‘hombre de Sepúlveda’, pero como señala el autor los demás lo calificaban además de «un hombre universal, como hombre y como escultor». A lo largo de las páginas no sólo se conoce la historia de Emiliano Barral López (Sepúlveda, 8 de agosto de 1896-Madrid, 21 de noviembre de 1936), sino también la de sus padres, Isidoro e Isabel, y la de sus hermanos: Martín, Pedro y Alberto, anécdotas de su vida y recuerdos de su archivo.

El libro se estructura en varios capítulos (‘La aventura de la piedra’, ‘Por las formas al fondo’ y ‘Los tres hermanos escultores’), además de un catálogo de documentos que Linage ha podido recuperar a lo largo de los años. El texto nace de una necesidad del escritor y surge de una serie de instintos ya que, según explica, Emiliano Barral estaba no sólo muy ligado a Sepúlveda sino también a su padre y a su familia. «Para mí era como estar en familia por un lado y por otro en lo más universal, dentro de esa definición que realizaban del escultor», describe el cronista. «He escrito este libro porque era una deuda que tenía con mi padre y Sepúlveda».
La obra quiere dar a conocer la vida y la trayectoria artística de Barral y de sus hermanos ligados a la localidad sepulvedana. Antonio Linage relaciona ese aspecto universal del escultor con lo local: «Lo universal está donde está lo local, lo auténtico y ante todo hay que tener en cuenta que la escultura es universal como cualquier arte». A juicio del cronista oficial de la villa, para el escultor, Sepúlveda era el taller de cantería de su padre donde trabajó la piedra rosa desde niño y donde junto a sus hermanos lograron fructificar a lo largo del tiempo este taller que procedía de su abuelo.

A lo largo de las páginas también se recoge una recopilación de la crítica de arte que en aquella época los entendidos realizaban sobre el trabajo del artista. «Emiliano era una persona muy fijada en su arte, con vocación e impulso creativo que lo plasmó en la escultura. No era de una escuela o de otra, sino de todos los tiempos», reflexiona Linage. «En su trabajo –continúa explicando– se mezclan varias características, como el afán por la aventura, la belleza, la creatividad de lo difuso, y su problema fue sujetar esos instintos a la doma de la piedra. Por eso llegó a ser el gran escultor que fue».

Los cuatro hermanos Barral tienen similitudes y diferencias. Todos fueron autodidactas, no se formaron en escuelas. Pero cada uno desarrolló una trayectoria propia. Según cuenta el autor del libro, Pedro se diferenciaba en el estilo de escultura respecto a los otros tres hermanos, que tenían un mismo estilo. «Fue el más clásico, realista y tradicional, mientras que sus hermanos, aunque no se apartaban de la realidad, la veían de otra manera». En el relato de la obra, Linage cuenta que Martín vivió en el extranjero mucho tiempo, antes de que estallara la Guerra Civil ya estaba fuera, y era el que más necesitaba y echaba de menos Sepúlveda. Alberto, por su parte se exilió en Córdoba (Argentina) donde llevó a cabo una labor docente que dejó huella. «Me quedé impresionado cuando conocí sobre el terreno a los discípulos que había dejado. Fue impresionante y en España no lo podría haber realizado porque no tenía las titulaciones que se requerían», apunta. Pedro fue el que más tiempo vivió y se quedó en España. «Fue el hombre de la piedra en todos los sentidos, con escultura y trabajos de cantería. El caso de los cuatro hermanos fue sorprendente», afirma.

Antonio Linage ha escrito la obra desde un punto de vista biográfico pero también personal, recordando algunas vivencias conjuntas que les han contado familiares. El cronista describe que cuando aún no había cumplido los cinco años, Barral le regaló un toro de cartón que durante la Guerra Civil se quedó guardado en Sepúlveda. La pena de Linage es que cuando él y su familia regresaron ese simpático regalo había desaparecido y con el paso de los años también lo hizo la foto que tenía con él. «He tenido la suerte de encontrar un archivo personal muy rico y que se ha conservado muy bien», apunta. Entre los documentos encontrados señala dos. Por un lado, el carnet sindical francés, ya que tal y como relata el autor, Emiliano Barral se escapó de su casa y se fue a París con 14 años, donde empezó como aprendiz de marmolista. «Era emocionante ver ese carnet». El otro documento es un recuerdo de la parte más triste de la vida del escultor, como fue la caída a las vías del metro de su esposa con su hijo. En una hoja de calendario coincidiendo con aquel suceso, Barral escribió con lápiz: «El día más triste de mi vida».

Emiliano Barral murió a los 40 años en la Guerra Civil. Para Antonio Linage fue un hombre ‘desventurado’, no por morir joven y en la guerra, sino por los hechos terribles que marcaron su vida. Son 430 páginas construidas por sepulvedanos en todas sus vertientes, porque el libro también cuenta con el trabajo de Diego Conte en la parte gráfica. Será presentado el próximo 4 de mayo a los vecinos.

 

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