El sepulvedano que murió en Dachau

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Fermín Cristóbal fue una persona muy conocida en la Segovia del primer tercio del siglo XX. Militante socialista, abandonó la ciudad la mañana del 19 de julio de 1936 y ya no volvió. Su correspondencia y la ayuda de su nieta permiten ahora reconstruir su historia.

El pasado mayo, el Comité Internacional de Dachau conmemoró el 74º aniversario de la liberación del campo de concentración nazi, que tuvo lugar el 29 de abril de 1945. Sus miembros colocaron coronas de flores en la Appelplatz del Memorial, en Leitenberg y Waldriedhof, y ante el monumento que recuerda a las víctimas. En el crematorio, hubo asimismo una ceremonia que protagonizaron los supervivientes del horror. Dachau albergó en su día a 200.000 prisioneros de más de treinta nacionalidades diferentes, entre ellos 650 españoles, de los cuales 130 fallecieron. Allí fueron asesinadas alrededor de 30.000 personas, a las que deben añadirse otras miles que murieron por las pésimas condiciones de vida. Muchos de los deportados llegaron en los llamados trenes de Marsella, de la Muerte y Fantasma.

Este año, el Comité Internacional de Dachau ha contado por primera vez con un miembro español. Se trata de Cristina Cristóbal Mechó, nieta del sepulvedano Fermín Cristóbal, que arribó a Dachau en el Tren Fantasma, en agosto de 1944, después de un largo periodo en diversos campos franceses. Fermín no sobrevivió a Dachau, donde falleció el 8 de febrero de 1945. La abnegada labor de Cristina ha permitido empezar a rescatar la memoria de su abuelo. Para ello, está contando con la inestimable ayuda de Diego Conte, académico de San Quirce. La abundante correspondencia les está facilitando las cosas. Ya tienen datos suficientes como para reconstruir buena parte de la biografía de Fermín Cristóbal, que dejó Segovia la mañana del 19 de julio de 1936 y acabó sus días, enfermo, en los barracones del campo de concentración alemán casi nueve años después. «La correspondencia de Fermín cuenta con más de trescientos folios y es de extraordinario interés, no solo para Segovia», observa Conte. «Para mí, las cartas que mi abuelo envía a su familia desde los campos de concentración franceses tienen tres focos de interés: la vertiente humana del hombre que teme por la situación en la que han quedado su esposa e hijos, la preocupación por los amigos de Segovia, con los que tantas inquietudes intelectuales ha compartido, y la descripción de las terribles condiciones en que se encuentra cuando escribe. Las correspondencia se interrumpió cuando llegó a Dachau, y la familia no supo de su terrible suerte hasta el año 1952. Todo lo que hemos sabido después, investigando y tirando del hilo, es muy reciente», añade Cristina.

La investigación ha permitido conocer, por ejemplo, que Fermín fue uno de los 654 deportados que viajaron en el denominado Tren Fantasma, entre Toulouse y Dachau, 592 hombres y 62 mujeres, de los que 221 era españoles que huían de la represión franquista. Era un convoy de ganado que tardó en llegar a su destino cincuenta y dos días porque los bombardeos de la aviación aliada y los intentos de la resistencia por detenerlo lo obligaron a pararse en numerosas ocasiones. Fue aquel un viaje a la muerte que Fermín debió de vivir hacinado en uno de los vagones, sin agua y apenas comida. En Dachau sobrevivió unos meses. «Creemos que pudo morir de tifus. Los alemanes habían experimentado con este mal y trasladaron a aquel campo a numerosos enfermos. Aunque no tengo documento alguno que lo constate, sé que mi abuelo, que tenía casi 51 años y debía de estar muy debilitado, fue víctima de aquella exposición a la enfermedad», cuenta su nieta, que el año pasado tuvo el honor de descubrir una placa conmemorativa, en homenaje a Fermín, en el propio Dachau.
Olvido

¿Quién fue Fermín Cristóbal? ¿Por qué terminó sus días preso en la Alemania nazi? La memoria de este hombre miope, de figura menuda y mente brillante empieza a abrirse paso entre las brumas del recuerdo. Segovia lo ha olvidado, pero sus descendientes no. Buenaventura Cristóbal, su hijo, fallecido en 2013, dejó un librito de memorias, 'Castillo de galeras', donde refiere su historia. Lo escribió espoleado por la propia Cristina, su hija. Pero la reconstrucción de la biografía de Fermín está en manos de Diego Conte. Fermín forma parte, de pleno derecho, de aquella Edad de Plata segoviana de las letras y las artes junto a Emiliano Barral, su paisano, Agapito Marazuela, Mariano Quintanilla, Ignacio Carral, Juan de Cáceres, Julián María Otero, Mariano Grau, Carlos Martín o Pedro Natalías. «Con el escultor Barral mantuvo una profunda amistad. De hecho, quien consigue que la Diputación conceda una ayuda a Barral para formarse en Italia es Fermín, que era funcionario de la institución», revela Diego Conte.

Fermín nació en Sepúlveda el 7 de julio de 1894. A las cuarenta y ocho horas lo abandonaron en el torno de la casa cuna de Sepúlveda. Del bebé se hizo cargo Teodora Cristóbal, que atendía el establecimiento. Lo bautizaron y lo inscribieron en el Registro Civil de Sepúlveda como Fermín (el nombre del santo del día en que nació) Cristóbal Expósito. «Lo mandaron con una familia de acogida y, cuando tuvo edad, ingresó en el Hospicio de Segovia, en Santa Cruz la Real –prosigue Conte–. Allí se formó como escribiente y mecanógrafo y a los trece años empezó a trabajar en la Diputación. «Sabemos que hizo unas oposiciones a Correos y aprobó los exámenes, pero se quedó en la Diputación, donde trabajó, ininterrumpidamente, hasta 1936. Cuando ascendió a oficial, le nombraron responsable de la junta que distribuyó las ayudas entre los afectados por un incendio que en 1919 casi destruye el pueblo de Aldeanueva del Codonal. Fermín era una persona de inteligencia brillante que acabaría haciendo carrera en la Diputación. En mayo de 1936 era secretario de la institución y había sido secretario particular de Segundo Gila, presidente de la Diputación en los años veinte».

Cristóbal siempre fue una persona preocupada por el desarrollo y el bienestar de Segovia y de los pueblos de la provincia, como se advierte en las decenas de artículos que publicó en numerosos periódicos, con los que colaboró asiduamente (El Adelantado, Segovia Republicana, Heraldo Segoviano...). También ejerció de corresponsal de medios como Heraldo de Madrid, donde coincidió con Ignacio Carral y Manuel Chaves Nogales. La revista Estampa publicó varios reportajes de Fermín Cristóbal, uno de ellos, de 1928, dedicado al Hospicio de Segovia. Según Conte, estos escritos permiten ver la humanidad de un hombre que tenía Segovia en la cabeza, como dice un apunte publicado en el Heraldo Segoviano, en diciembre de 1935, junto a una caricatura de Fermín: «En el cerebro lleva este funcionario un fichero de hechos y personas que más de uno quisiera comprarle».

Política y guerra

Políticamente, Fermín Cristóbal militó en el socialismo. Afiliado al PSOE, fue secretario de la Casa del Pueblo. «Era una persona de la izquierda moderada; su mujer, nacida en Tarragona, era católica. Por los documentos de la muerte de su hijo Fermín, que tenía dos años cuando falleció, sabemos que era una familia católica y practicante, perfectamente integrada en la Segovia de la época», advierte el académico. En las elecciones de febrero de 1936, Fermín se involucró con pasión y participó, al menos, en un par de mítines verificados en Cuéllar y Carbonero el Mayor. Era un hombre cercano al entonces gobernador civil, Adolfo Chacón de la Mata, con quien pasó las horas que siguieron al alzamiento del 18 de julio de 1936. El 19 por la mañana, enterado de que los militares estaban saliendo de los cuarteles, huyó a Madrid en un coche junto a Enrique Pérez Bonín, abogado, y Virgilio Colchero. Ni su mujer ni sus hijos lo volvieron a ver.

«Fermín pasó la guerra en Madrid, pero el trienio 1936-1939 es parco en datos. No hay nada documentado, si bien suponemos que se trasladó a Valencia, donde estaba, por ejemplo, Mariano Quintanilla, buen amigo suyo. Después pasó a Barcelona y de ahí a Francia, con el exilio, en febrero de 1939. Fermín era carne de fusil. Si lo hubieran cogido, lo hubieran fusilado, seguro. No podía permanecer en el país ni un minuto más», relata Conte. Al otro lado de los Pirineos, el sepulvedano siguió el itinerario de la deportación y recaló en los campos de concentración de Argelès-sur-Mer, Bram, Noé y Vernet d'Ariège antes de subirse al Tren Fantasma camino de Dachau, adonde llegó en agosto del 44. «La situación de los campos franceses que Fermín describe en sus cartas es dramática. Argelès es una playa donde los españoles hacinados caen como chinches. Sin embargo, estos campos, a pesar de su dureza, no eran los campos de exterminio nazis. Les daban la posibilidad de trabajar y tener unos recursos mínimos con los que podían satisfacer su obsesión: comprar papel y sellos para seguir escribiendo. Fermín estaba muy preocupado por la situación de desamparo en la que habían quedado su esposa y sus hijos».

No tardará todo ese papel en ver la luz. Y con él resucitará la memoria de un hombre cuya vida quedó marcada por su origen (la casa cuna de Sepúlveda) y su final (el campo de concentración de Dachau).

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