Esta noche, un año menos para el final

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Esta noche, a las doce en punto, se asistirá en Segovia al "Paso de la hoja". La imagen del patrón de la ciudad, San Frutos, se halla en una hornacina sobre la puerta de la Catedral y sostiene un libro: el de la vida. Cada año por esta fecha pasa una hoja y atención, porque el asunto pinta mal. El fin del libro será también el del mundo y luego la resurrección y el Juicio, creo. Es decir: no es que crea en el sentido de ser súbitamente iluminado por la fe, sino que me parece que esa es la secuencia según los entendidos.

Credos aparte y en cuanto al título, no hay cuestión, pase o no la hoja San Frutos Pajarero. Lo apodaron así porque mañana día 25, los segovianos aprovechaban la festividad para cazar pájaros que luego vendían en bares y restaurantes. Nada que ver con el dicho de zurrar la badana a culo pajarero, es decir, a nalgas desnudas, porque la efigie de San Frutos lleva sayal como imagino que lo haría en vida y también fue, según la tradición, muy milagrero. Siguiendo con los pájaros, no hacía como sus paisanos; lo suyo era amansar buitres y también toros bravos, a los que hacía acarrear piedras, como si fueran bueyes, para la construcción de la ermita. En cuanto a los moros, una pesadilla el santo. Allá por el siglo VII y tras haberse retirado con sus hermanos Engracia y Valentín para hacer vida eremítica, vio a los infieles tras un grupo de cristianos y con malas intenciones. Trazó con su báculo una raya sobre la roca y les instó a no traspasarla o pechar con las consecuencias; no le hicieron caso, la roca se abrió en profunda sima, hoy conocida como "La cuchillada de San Frutos", y se los tragó.

Aquello eran milagros y no los de ahora, cuando el creyente podrá todo lo más conservar su salud, si acaso la tiene en aprecio, pasando sobre la piedra rectangular situada bajo el altar de la Catedral. Es el rito de "Pasar por la piedra de San Frutos", que no a San Frutos, dicho sea con perdón. Y de aquejarnos un dolor de muelas, dar una vuelta alrededor de la ermita del Santo es mano de ídem, aparte de que su emplazamiento es lugar privilegiado para contemplar las hoces del Duratón. Desde Sepúlveda son unos 15 ó 20 kilómetros y, tras dejar el coche, un ancho camino de tierra cruza sobre La Cuchillada y conduce al Monasterio, construido sobre una ermita románica que a su vez lo fue sobre otra visigótica. Y no es tanto el edificio (en el siglo XIX fue destruido por un incendio) como el paraje, lo que hace de la excursión un auténtico placer.


Las Hoces, Parque Natural desde 1991, son profundos desfiladeros (algunos de 100 m.) excavados por el río que serpentea verdoso en lo hondo. En las paredes calizas anida una de las mayores colonias de buitres leonados que hay en España y, para mejor gozar del espectáculo, les recomiendo tomar asiento en el espolón rocoso donde se alza el Monasterio que en cierta medida recuerda otra ermita: la de San Bartolomé en el soriano cañón del río Lobos, aunque aquella se halle junto al río y no sobre los riscos.
Mañana tendrá lugar la anual romería hasta el lugar que los tres hermanos eligieron para su vida ascética. Frutos, nacido el año 642, murió a los 73 años (longevidad casi milagrosa para la época); fue enterrado en ese lugar por Engracia y Valentín y allí permanecieron sus restos hasta el siglo XI, en que fueron trasladados a Segovia. Los dos hermanos serían decapitados por los llamados infieles unos años después aunque, y por tratarse de santos sin milagros conocidos en vida, algo debía esperarse siquiera de sus cabezas. Guardadas en un municipio cercano, son sumergidas en agua, cuando la lluvia escasea, para atraerla en la maniobra conocida como "de las mojadas", sin que pueda en estas líneas certificar el resultado y menos el estado de conservación de tales restos.

Para quienes no conozcan la zona, convendrá advertir que el interés no se reduce a las Hoces, los santos o sus portentos. Si acaso deciden ir (y no convendrá demorarse porque queda un año menos para la consumación de los tiempos), vuelvan después al coche y diríjanse a la Cueva de los siete altares. Desde allí y por la Senda de la Molinilla, a la vera del río, podrían regresar a Sepúlveda, aunque no sea necesario caminar un par de horas para gozar de la paz que respira el lugar. Bastará con que pisen la alfombra de mantillo bajo los alisos, chopos y sauces, en un paseo. Sólo oirán la brisa y el caer de las hojas cuando se posan, tras volar como mariposas de otoño. Sin nadie alrededor. Y el agua transparente. Un rato que tal vez no se repita nunca, nos dijimos. Pero no importa. Aquí y ahora, recuerdo que acordamos. Sobre todo porque San Frutos seguirá pasando páginas y cualquiera sabe las que le quedan.

Fuente de la noticia: Diario de Mallorca, 24 de Octubre de 2008