«Dudo mucho de que el mundo esté mejor que cuando nací»

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El escritor sepulvedano asegura que desconocer la Historia es como vivir «amputado o empobrecido» 

Hoy se vive muy de espaldas a la opinión de los intelectuales, pero éstos tienen mucho que decir, sobre todo cuando se les pregunta. Escritor, historiador, notario, intelectual, Antonio Linage Conde (Sepúlveda, 1931) niega en esta entrevista que la Historia sea maestra de la vida, como alguna vez se dice, «porque es demagógico pensar así cuando se ha vivido en el siglo XX, con dos guerras mundiales y una guerra civil en España». La conversación fluye espontánea, sin que medie cuestionario alguno. Charlar con Linage es un auténtico placer.

-¿Cree que el mundo está ahora mejor que en el año 1931, cuando nació?
-Es una pregunta que me he hecho muchas veces, la última hace unos días. Yo vine al mundo cuando los fascismos se hacían fuertes en Europa, en plena depresión económica y a pocos años del inicio de una guerra civil en España. Quizá ahora el panorama sea menos atroz, pero dudo mucho de que el mundo esté mejor que cuando nací, aunque sea duro decirlo. Eso sí, hay un bienestar material que lo edulcora todo.
 
-El caso es que no aprendemos, que la Historia es repetitiva.
-Dicen que la Historia es maestra de la vida, pero no estoy de acuerdo. Se trata de una frase demagógica porque el hombre tropieza dos veces. En el siglo XX hubo dos guerras mundiales entre los mismos países, así que, ¿cómo voy a pensar yo que la Historia es maestra de la vida? Ahora bien, no puedo negar lo importante que es la Historia porque el pasado no está muerto. Ocurre lo mismo con las personas que hemos conocido y ya no están aquí, que en realidad no han desaparecido del todo porque siguen influyendo en nosotros. No conocer la Historia es vivir amputado o empobrecido.
 
-¿De dónde le viene ese interés por el pasado?
-De una curiosidad casi patológica. Alguna vez me he definido como 'curioso universal' porque lo soy. Siento verdadero entusiasmo por la tierra de Sepúlveda, por nuestra tierra, pero al mismo tiempo una tremenda curiosidad universal.
 
-No puedo dejar de preguntarle por la tan traída y llevada memoria histórica.
-Podría contestar aplicando a un caso particular lo que acabo de decir: si la Historia es importante, la última historia de un país tiene que ser importante también. Pretender borrar cualquier etapa histórica es algo aberrante, una amputación. Pero no hay que confundir la memoria histórica con una actuación en el presente. Una cosa es que se recuerde lo que pasó y otra que se pretenda pedir responsabilidades por ello.
 
-Esa pasión por nuestra tierra me recuerda a la que siempre sintió Manuel González Herrero.
-Segovia ha dado más historiadores que literatos. Escritores sobre Segovia sí ha habido, pero de Segovia no tantos. De Manolo fui muy amigo, sobre todo en aquellos años tenebrosos del franquismo. Él era mayor que yo, pero nos unía la rebeldía contra el régimen. Un día me propuso hacer algo por los presos políticos y organizó con otros una suscripción en la que al final no participé porque adelanté mis exámenes en Madrid. Esta casualidad me libró de la cárcel porque es posible que, de haber figurado, me hubieran encarcelado como lo encarcelaron a él.
 
-¿Cómo recuerda aquellos años?
-Lo más traumático de todo fue la sensación que tuvimos cuando terminó la segunda guerra mundial, al comprobar que Franco seguía ahí. Yo tenía el convencimiento firme de que Franco correría la misma suerte que sus aliados, pero no fue así. Pasados los años, todavía me siento humillado al pensar cómo España, uno de los pueblos más ilustres de occidente, estuvo durante mucho tiempo pendiente de la salud física de un señor.
 
-Usted fue niño en el Madrid de la guerra, mientras su padre, republicano irredento, se fajaba en el frente. ¿Cómo vive un niño una experiencia de este calibre?
-Nunca tuve miedo de los bombardeos, pero sí lo sentí el día que entraron los nacionales. Creía que nos iban a hacer daño. La gente se asomaba al balcón para verlos pasar, pero yo me metí dentro llorando. Fueron años muy duros. La subsistencia cotidiana en aquella ciudad sitiada era un problema.
 
-Volvamos al presente. El 2008 fue un año bueno para usted. Sepúlveda se volcó en su homenaje.
-La verdad es que no me esperaba tanto, ni la densidad de la acogida ni la serie de actos que se organizaron. Además, lo mantuvieron en secreto. Lo agradezco enormemente.
 
-Como cronista oficial de Sepúlveda, ¿todavía hay mucho que contar de esta villa?
-Sí, claro. Y no hay que pensar sólo en la Sepúlveda medieval, sino en la de los siglos posteriores. Esta Sepúlveda más cercana es interesante porque la historia de las gentes, del día a día, es algo muy profundo. En Sepúlveda se ha seguido viviendo durante el siglo XX, se ha sufrido, se ha amado, se ha creado...
 
-Historiador, escritor, notario, intelectual... ¿Qué faceta prefiere?
-La de escritor, sin duda, porque todo es escribir. De joven me decanté por el Derecho porque entendía que mi vocación literaria era algo tan excelso que no se podía mezclar con el escalafón, con lo administrativo, con tener un título universitario y una profesión. Pero siempre he cultivado una clara vocación literaria, y creo que debía haberme dedicado a escribir cuentos, que es algo que ahora, en la última etapa, me divierte mucho. Tampoco renuncio a escribir una novela larga.
 
Fuente de la noticia: El Norte de Castilla, 11 de Enero de 2009