La ruta de los leones

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No hay un solo camino hacia el sueño de la Copa. Entre Bilbao y Valencia, los viajeros tienen a su disposición un buen número de rutas que les conducen hasta Mestalla sin que el espíritu rojiblanco decaiga en ningún momento. Es más, sucede justo lo contrario.

 Arturo Cristóbal juega con un balón ante la mirada atenta de Juan Estebaranz y su mujer, Mari Carmen.

A medida que avanzan hacia su destino, notarán que ese espíritu se va inflamando con la ayuda de aficionados y peñistas cuya pasión por el Athletic resulta conmovedora. Encontrarse con ellos es hacerlo con uno de los pocos vestigios de la grandeza del club que han quedado intactos con el paso de los años. Se trata de un descubrimiento emocionante. Y no importa que la existencia de estas gentes que, contra viento y marea, mantienen encendida la llama rojiblanca a cientos de kilómetros de Bilbao sea algo conocido. Una cosa es saber que existen y otra contemplar en los cementerios de pueblos como Belmonte (Cuenca) o Buñol (Valencia) lápidas con el escudo del Athletic, o ver llorar a un anciano de Minglanilla (Cuenca) cuando recuerda el día lejano en que su padre le llevó de la mano a ver un partido del Athletic por primera vez.

Los viajeros han optado por una ruta convencional. Llegarán a Valencia pasando por Madrid, aunque sólo sea para repetir, en sentido contrario, una parte del camino que tantas veces recorrió el Athletic campeón cuando volvía de la capital con un nuevo título de Copa. Hay dos alternativas para salir de Vizcaya como antaño entraban los leones: Orduña o Barazar. Los viajeros eligen ésta última y cruzan el valle de Arratia bajo la lluvia. Sólo las banderas del Athletic que cuelgan en los balcones colorean una mañana en blanco y negro.

La primera parada todavía está lejos. No puede ser de otra manera. El riesgo de que el viaje se haga interminable es demasiado grande. Para ello bastaría con detenerse en los muchos lugares del camino que tienen un significado especial en la historia del Athletic. Habría que parar, por ejemplo, en Miranda de Ebro y luego desviarse unos kilómetros hasta las Bodegas Bilbaínas de Haro, donde tantas veces fue homenajeado el Athletic, quizá el lugar del mundo donde más feliz fue mister Pentland. Es más, puestos a desviarnos, en un acto de estricta justicia histórica habría que cruzar La Rioja entera, llegar hasta Calahorra y rendir visita de cortesía a una de las peñas rojiblancas con más solera. Pero no puede ser. Hay que hacer kilómetros, incluso dejando atrás tentaciones como el cordero al horno de leña del restaurante Ojeda burgalés o el de los asadores de Aranda de Duero, otras antiguas paradas de los campeones.

Barbolla es un pueblo segoviano de 150 habitantes, rodeado de campos de cereal y girasoles, al que se llega tomando un desvío en la carretera de Sepúlveda. Los viajeros llegan a las tres de la tarde. Han dejado muy atrás la lluvia y los cielos de hormigón. El sol cae a plomo sobre la plaza. No hay un alma. Sólo se escucha el zureo de las palomas y el tableteo de las cigüeñas en la espadaña de la iglesia. Juan Estebaranz no tarda en aparecer con un sonrisa luminosa como el día. Recién llegado del congreso de Torrevieja, el presidente de la Peña Barbolla está exultante. Saluda a los visitantes con la alegría de un camarada de corazón y les conduce a su santuario rojiblanco. Está en una esquina del pueblo, en lo que fue una vaquería de su propiedad. Es una visita obligada.

Pasión volcánica

Juan y su mujer, Mari Carmen, que secunda a su marido en la salud y en el dolor de su pasión volcánica por el Athletic, han trabajado a conciencia durante los últimos cinco años, siempre acompañados de su perro Tiko. En una de las naves de la vieja vaquería han habilitado una especie de gran terraza cubierta, decorada con banderas y banderines del Athletic, fotos dedicadas de jugadores, un callejero de Bilbao con sus nombres y un gran arco de San Mamés pintado en la pared. Muchos peñistas la conocen. Lo mismo que el txoko, que está justo enfrente, en lo que era el antiguo cebadero de los toros padres, el gallinero y el palomar. Ahora es un salón con estanterías bien surtidas de bibliografía rojiblanca, fotografías, pósters y todo tipo de souvenirs del Athletic, además de unos sofás, una televisión de pantalla plana y una estufa de leña.

-«Este invierno estuvimos a más de veinte bajo cero», explica.

Juan Estebaranz tiene 49 años y trabaja en la Cooperativa Entresierras, la del pueblo. La culpa inicial de sus desvelos rojiblancos la tuvo un señor de Barbolla, Joselín, que era un hincha acérrimo del Athletic y le contagió la afición. El resto fue cosa suya.

-«Según creces, el Athletic se te va metiendo dentro. Es una cosa tremenda», explica este asiduo de San Mamés. «Vamos un vez al mes, por lo menos. Nos dejamos mucha manteca, no creas», comenta.

-«Y tanto. Al no tener hijos lo gastamos en el Athletic», apunta Mari Carmen.

-«Ahora parece que me van a poder hacer socio. Sería lo máximo», informa Juan, con un aire soñador, quizá el mismo que se le quedó en la mirada cuando se sacó del alma el irrintzi apoteósico con el que celebró el pase del Athletic a la final de Copa.

Ya son 50 socios

La pasión rojiblanca de este matrimonio segoviano, que tiene como compañero inseparable de andanzas a un joven del pueblo, Arturo Cristóbal, le llevó hace seis años a fundar la peña y a hacer proselitismo. El éxito fue inmediato. Ya son 50 socios y tienen un local propio, cedido por José Pablo Fernández, el presidente de la cooperativa, que también es rojiblanco, como lo es el alcalde, Basilio del Olmo. El caso es que Barbolla se ha hecho un nombre entre la legión entusiasta de los peñistas del Athletic. Sus hermanamientos son una cita inexcusable para muchos de ellos, encantados de compartir una jornada de fiesta que comienza con un aurresku en la plaza y un pasacalles amenizado por los txistularis de Sestao, prosigue con una comida de leones y termina con Juan Estebaranz cantando, feliz, la jota 'Las piedras las truje yo'. No hace falta decir que ahora su ilusión es cantarla en Valencia, durante la celebración del título.

-«Estamos al 50%. Tenemos mucha más ilusión que ellos y eso se va a notar en el campo», asegura.

El camino prosigue hasta Madrid, parada y fonda en esta primera etapa del camino. Una vez en la capital, resulta obligado acercarse a la Euskal Etxea. Situada en un soberbio edificio de la calle Jovellanos, frente al teatro de la Zarzuela, justo detrás del Congreso de los Diputados, la casa vasca es un magnífico punto de encuentro. No sólo dispone de un euskaltegi oficial con 160 alumnos matriculados, orfeón, grupo de montaña y de danzas, cine-club, restaurante y un magnífico txoko del que disfrutan sus 1.700 socios sino también de una peña del Athletic fundada en 1998. Su local está en la quinta planta. Allí, rodeados de banderas, pósters y algunas fotografías antiguas de gran valor, como una del Athletic campeón de 1924 y otra de un derbi Athletic-Real de los años treinta, esperan a los viajeros Luis Ángel Vidal, el presidente de la peña, Maribel Múgica y Esteban Castaños.

Antimadridistas confesos

Maribel es hija de un economista de Altos Hornos que llevaba a sus hijos a nacer a Bilbao y era un rojiblanco medular. Esteban nació en Barakaldo y lleva 40 años viviendo en Madrid, los mismos que Luis Ángel Vidal, hijo de un mecánico de aviación bilbaíno. Los tres han disfrutado en primera línea de algunos de los grandes desembarcos de la afición bilbaína en la capital de España y coinciden en que el Athletic tira más cuanto más alejado está uno de Bilbao. Y también coinciden en su condición de antimadridistas confesos, un sentimiento que comparten con la inmensa mayoría de los peñistas rojiblancos, especialmente con los de fuera de Vizcaya, es decir, con todos aquellos que tienen que combatir a diario en las trincheras, inferiores en número, con los hinchas del club blanco.

-«Es que te machacan desde pequeña», se queja Maribel.

-«Es una pena. Ahora ya no podemos ni ir al campo cuando viene el Athletic. Se ha hecho peligroso ir al Bernabéu o al Calderón. Les he visto en Getafe», comenta Esteban.

Las entradas para la final han sido una tortura para todos los peñistas, pero más si cabe para los de la Euskal Etxea, por aquello de que están en el centro neurálgico, cerca del poder, aunque ello no signifique nada en este caso.

-«No te puedes figurar la que hemos tenido. La gente te llama y te dice, oye, como está ahí la Federación a ver si consigues algo. Y les dices que sí, que también están el Gobierno y los Ministerios y no hemos conseguido nada. Sólo tenemos las dos entradas del Athletic, que hemos sorteado. Ha sido una pena lo que ha pasado. ¡Después de tantos años esperando...», se lamenta Luis Ángel.

Fuente de la noticia: El Correo Digital, 10 de Mayo de 2009