Letargo nostálgico de Morante

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Hay resacas no etílicas peores que las alcohólicas. La guayaba de Morante pesó en todas las cabezas pensantes durante la madrugada, la mañana, la tarde y la anochecida. En todos los foros no se hablaba de otra cosa que del hito a la verónica del genio de La Puebla del Río. En el homenaje a Curro, que cincuenta años de confirmación no son nada, en el almuerzo de Carlos Fernández Lerga en el Nuevo Club, en el previo del patio de arrastre con Julián Ávila, el sabio y discreto periodista conocedor como nadie de las entrañas del Real Madrid. Un letargo nostálgico volaba sobre la Monumental de las Ventas.
Nunca había experimentado una sensación tan mayoritaria de haber asistido a un suceso histórico. Hitos con el capote se cuentan con los dedos de una mano. El Pasmo de Triana en 1913 le hace escribir a Don Modesto en El Liberal: «Ayer, Belmonte, que es con el capote en la mano el mayor fenómeno que ha pisado la arena del redondel, dio al cuarto toro cinco verónicas sin enmendarse, archimonumentales las cinco, pero tres de ellas, por el lado derecho, indescriptibles, inverosímiles». Manuel Martínez le escribe a Curro Puya: «Puro y clásico portento/en la Grecia de un verano..../Desmayo antiguo en la mano./Fidias del capote lento.» Pepe Ortiz concentra la tarde del 8 de mayo de 1932 de Victoriano de la Serna en Madrid: «Hay hitos en el toreo por verónicas, lances que perduran con fuerza de mito, contados literalmente: las cuatro que en Madrid consagraron a Victoriano de la Serna; cuatro que en cuanto al asombro que causaron tienen por parangón único, en la misma plaza, las cinco sin enmendarse de Belmonte en 1913». Salto a salto, con permiso de Manolo Escudero, Antonio Ordóñez, Romero, Paula, y de Rafael ha absorbido José Antonio mucho de su capote, lo de Morante de la Puebla el 21 de mayo de 2009 marca por extensión, desgarro y hondura, una fecha para la memoria de los siglos.
 
Si a Pepe Dominguín se lo llevaron a hombros por la calle de Alcalá por un tercio de banderillas, si al tío abuelo del Boni le levantaron una estatua en la Monumental de México por una tarde en que se le durmieron los brazos en lances perezosos, yo le elevo a Morante sobre mi nuca un monumento a hombros de mis recuerdos.
 
La corrida de Valdefresno, muy desigual, con un tercero y un quinto escuetos de cuerpo, astifina, mansona, no valió en general. Por encima de ella, y de un viejo, bajo y descarado sobrero de José Luis Marca, estuvo Perera. Y también con su segundo, al que le dio distancia para que al menos le durase dos series y media por su generoso trato. En ambas obras se pasó un tanto de metraje.
 
Encastado fue el primero, que saltó al callejón. Pero en su problemática estaba la confusión del pronto y vivo arranque con el no viajar lejos en la muleta, frenado de manos en cada último tramo. De todas formas, Bautista no está para alistarse en la Legión extranjera. Y Talavante ni para la llamada de Millán Astray. Salen de mayo listos de papeles, eso sí. Con la blanca.
 
Fuente de la noticia: Diario ABC, 23 de Mayo de 2009