Julián Barrio "El Cojo": Un Gaitero del Siglo XIX

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Bailar al son de la gaita y el tamboril ha sido durante siglos la diversión más habitual en los pueblos castellanos. Sepúlveda no podía ser una excepción siendo, como ha sido y es, un lugar donde la gente ha tratado de divertirse lo más posible  en cuantas ocasiones las circunstancias lo permiten: bodas, bautizos, fiestas religiosas, y por su supuesto “los santos Toros”.

En Sepúlveda los gaiteros han significado la alegría, la diversión y la música.  En torno a ellos se agrupaban,  los jóvenes dispuestos a hacer de esos ratos de baile y alegría el eje central de las fiestas.

Sería injusto no dedicar un recuerdo a uno de esos hombres que tanta felicidad  han proporcionado con su música.

                                               Las notas de su dulzaina
                                               hasta el cielo hace llegar
                                               y dicen “!Chitón!” los ángeles
                                               que está tocando Julián.


Julián Barrio “El cojo” fue  un dulzainero que amenizó la vida a los sepulvedanos  a finales del siglo XIX y principios del XX.  Vivía en una cueva horadada en la roca, en lo alto del pueblo, entre  El Salvador y La Casa del Señor. Cuando nevaba en serio, me decía uno de sus vecinos, tenían que salir por la chimenea porque la puerta se tapaba.

La humildad de su casa y  de su vida no era impedimento para que su música fuera conocida en toda la provincia y reconocida por los grandes maestros como Agapito Marazuela que en su  Cancionero de Castilla  recoge tres de los más famosos temas del gaitero sepulvedano. Inconmensurable, el mejor de Segovia, le califica Gonzalo España   en una crónica sobre Sepúlveda; él mismo construía sus instrumentos y nunca se pudo saber si había aprendido a tocar gastando mucho tiempo o  poseía una intuición maravillosa y la música y la dulzaina formaban parte de su A.D.N..

 

 



Como podemos ver en las imágenes que de él tenemos era delgado y enjuto con un aire altivo que nos hace pensar en lo seguro que estaba de su arte de tañedor de dulzaina y de la admiración que despertaba en cuantos le oían. Fue el padrino de bautizo de Julián Blanco ya que eran vecinos y por él lleva ese nombre.
Aunque había temporadas que pasaba verdadera hambre Julián no se doblegaba ante nadie, no pedía limosna, tenía un concepto de la dignidad personal que se lo impedía. Cuando escaseaban las actuaciones de dulzaina ponía un puesto en la plaza, frecuentemente en la feria de San Pedro, donde vendía panderetas, dulzainas  y tambores que él fabricaba.  Incluso para ganarse la vida, arreglaba paraguas.

Un cronista de la vida de Sepúlveda durante el primer tercio del siglo XX, cuya obra permanece inédita, fue D. Antonio Linaje Revilla,  padre del actual cronista sepulvedano Antonio Linaje Conde. Fue una persona entusiasta y comprometida con su pueblo y por ello realizó dos homenajes a personas  muy diferentes entre sí: Sor Monserrat, la monja franciscana que tan honda huella dejó en la chiquillería sepulvedana  y Julián “el cojo”, el gaitero que animaba la fiestas y la vida de los jóvenes; de ambos dejó unas semblanzas que reflejan tanto el carácter del escritor como la de los personajes que describía.

Consciente de que al desaparecer Julián lo haría un símbolo del pueblo escribió un artículo en la prensa segoviana titulado “Tipos que se van” proponiendo el homenaje que se le tributó. Se preguntaba: ¿Era Julián un artista, o no? ¿Conocía el manejo de la dulzaina o lo ignoraba totalmente? Y el mismo se responde Julián era un valor espiritual. Su dulzaina sonaba como ninguna. Su clásica entradilla, las seguidillas y El ki ki ri ki eran algo único y personal .Tenían un ritmo extraño unas tonalidades y matices atrayentes y desconcertantes. Tenía a veces la ingenuidad, el vigor y la energía de un sabor primitivo y bárbaro. Es muy difícil que hubiera en los pueblos del contorno de aquella villa algún vecino que no le conociera. Su fama como  genial tañedor de la vieja y clásica dulzaina-que el mismo construía-se había extendido por todas aquellas aldeas. Ningún segoviano, ningún artista que hubiera ido o  visitado una sola vez aquella villa, dejaba de admirarlo. Era la humilde casa de Julián la Meca del arte.

El homenaje se llevó a efecto y aunque ignoramos su fecha, tenemos una imagen del mismo con los farolillos adornando su humilde casa y Julián sentado ocupando el lugar principal entre los sepulvedanos  y forasteros que asistieron al acto. En el entorno de su humilde cueva se  cantó y bailó al son de dulzainas y tamboriles hasta la madrugada.

Antonio Linaje Revilla nos cuenta algunas anécdotas que reflejan el carácter de este singular personaje, prácticamente desconocido en la Sepúlveda actual.

Un día el azar  le hacía escuchar  en un gramófono un disco impresionado por Agapito Marazuela que le hizo exclamar: ¡Que bien ha tocado, que bien!!Lástima que un hombre no pueda tocar así la dulzaina!. En su ignorancia achacaba a la máquina la perfección de un genio, pero era perfectamente capaz de reconocer una música genial.

Otra anécdota nos sitúa en la duda que antes planteábamos, ¿era un dulzainero único  formado con un maestro de Valladolid, o tenía una intuición sorprendente y esas maravillas que asombraron a todos, incluido Agapito Marazuela,  eran fruto de un momento de feliz exaltación?. Él lo tenía claro, pues decía dando una prueba de su orgullo   infantil cuando hablaba con gran cariño y admiración de Velasco el gran dulzainero vallisoletano, que había sido su maestro:! Qué bien tocaba el maestro! !Qué bien! Si tocaría bien que estoy por decirte que casi tocaba como yo.

Según nos cuenta  Antonio Linaje Revilla, aquella tarde del homenaje, algunos  visitantes insistieron en que Julián repitiera en la dulzaina unas extrañas notas que la casualidad había dado forma ante su asombro. Había sido algo tan bueno que recordaba reminiscencias celticas, primitivas danzas africanas. Julián intentaba repetirlas, pero no lo conseguía. Por fin dijo en su tono autoritario y zumbón: “Pero, Vds creen que yo toco como sé cuando me escuchan unos cuantos, aunque sean de mucha categoría? Yo toco como se, en los días de San Pedro, de los toros o de San Miguel, donde me escuchan cuarenta ó cincuenta mil
almas...”

-Pero Julián, cuarenta o cincuenta mil almas, aquí en un pueblo tan pequeño. . .  ,
-Sí señores-respondía plenamente convencido-Es que yo cuando toco la dulzaina cada uno me parecen treinta ó cuarenta.

Las  palabras del poeta sepulvedano Sainz-Pardo describiendo a este peregrino personaje nos llevan a esa atmosfera mágica que creaba en torno a su persona cuando actuaba:"El baile es la juventud; esas danzas locas donde brinca el amor entre miradas de fuego las preside Cupido, satisfecho de su obra que es la renovación de la vida. Yo veo el de mi pueblo que es el que quiero describir. El gaitero es un hombre cojo; llega a la plaza como si fuera a celebrar un rito sagrado; saca su gaita de una funda de gamuza; es una gaita sin llaves, con siete agujeros como el caracol del Dios Pan.  Los ojos del Cojo brillan al mirarla; en ella tiene su alma; ella siembra amores en las de los mozos del pueblo, y con la satisfacci6n que el arte produce la los verdaderos artistas, empieza a tocar.

La vida de aquella generación, su pequeña historia, iba unida al arte de Julián, a la dulzaina de “El Cojo”. La juventud había formado  su historia bajo sus notas descompasadas y chillonas sin orden ni concierto, cuando Julián estaba de mal humor o le abandonaba su hada inspiradora, o de las más grandes maravillas musicales que creaba cuando estaba inspirado.

Sin embargo, llegó un día en que el hambre le venció, viejo, abandonado, llegaba a casa de Antonio Linaje Revilla  a pedirle catorce pesetas aunque
le parecía aquello una traición a su dignidad. Se las dio y al despedirle con un abrazo, Julián quería entregarle como garantía de que las devolvería  las alhajas que tanto  significaban para él: unos  pobres anillos de metal.

Cuando pasaba  por la puerta de aquella choza, decía el visionario Linaje que veía  en su imaginación esta leyenda en  la roca viva que le daba entrada: Caminante, recuerda que aquí vivió Julián" El cojo".

María Antonia Antoranz