Nemesio Onrubia: El buen carcelero

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Nemesio Onrubia, última persona que se encargó de la cárcel de Sepúlveda, recuerda sus vivencias 

En las antípodas del estereotipo de viejo carcelero —personaje presumiblemente cruel—, si por algo se caracterizó Nemesio Onrubia Gastaudi mientras ejerció ese oficio en la cárcel de Sepúlveda fue por su bonhomía, cualidad de la que pueden dar fe incontables episodios, como el del día de su boda, en que sirvió a los presos el mismo menú que habían degustado los invitados, u otro en el que varios fugados dejaron una nota manuscrita donde lamentaban los perjuicios que pudieran ocasionarle con su huida.

Nemesio Onrubia Gastaudi   Bisnieto —según su relato— de un hombre que llegó a Sepúlveda “huyendo de las guerras carlistas”, se hizo cargo de la centenaria prisión de la villa (su construcción data de mediados del siglo XVI) el 12 de mayo de 1942. Además de atender a los presos de la cárcel del partido judicial de Sepúlveda debía realizar otras funciones, destacando entre ellas de la dar diariamente el “toque de la queda”, consistente en treinta y tres campanadas (“la edad de Cristo”, dice la tradición oral) a las diez de la noche, desde la Cruz de Mayo hasta la de Septiembre, y a las nueve, desde la Cruz de Septiembre a la de Mayo, para avisar del cierre de las puertas de la villa.

Onrubia hubo de acostumbrarse al trabajo en una prisión que arrastraba mala fama desde tiempos remotos (a inicios del siglo XIX era calificada como “lóbrega y húmeda, homicida de los infieles presos que entran en ella”) y que tras la Guerra Civil no presentaba ninguna comodidad. Contaba con siete pequeñas celdas para hombres y, en un departamento separado, una estancia para mujeres, con dos camas. Cada calabozo tenía su cama, de madera, y su colchón de paja, después sustituido por otro de borra. No había calefacción, así que durante los meses fríos las mantas cumplían su función. En cuanto a la comida, se encargaba de ella la mujer de Onrubia, Victorina, a la que empezaron dando quince céntimos por preso y día. Para estos últimos menesteres, siempre había vecinos de Sepúlveda dispuestos a colaborar, que cada vez que llegaba un detenido preguntaban “si era pobre” y, caso de serlo, daban de limmosna algún plato caliente.

A la cárcel de Sepúlveda iban a a parar los detenidos en la carretera Madrid - Burgos. Una de sus ‘visitantes’ más célebres fue la Chelo, mujer de Eleuterio Sánchez ‘El Lute’, tras su arresto en término de Carabias. Como prisión ‘de paso’ que era, desde la de Sepúlveda los detenidos iban a parar, habitualmente, a la de Segovia. El traslado, en tiempos de Onrubia, era llamativo, al menos a los ojos de hoy. Una pareja de la Guardia Civil se hacía cargo del preso, que viajaba escoltado en el coche de línea de ‘La Rápida’.

Como en todas las cárceles, sus obligados moradores anhelaban conseguir la libertad. Al parecer, la de Sepúlveda nunca fue excesivamente segura. De ello ya alertaba Madoz, a mediados del siglo XIX, y cien años después la situación no había variado. A Onrubia se le escapó un preso usando el sistema clásico, el de forzar las rejas para descolgarse después por unas mantas hechas tiras. Otra vez se le fueron tres, un cubano de nombre Atilano Pérez y sus dos compinches. “Siempre nos pedían ensaladas con mucho vinagre”, recuerda ahora Onrubia. ¿El motivo?. Echaban tal líquido en la junta de las baldosas, con la intención de que pudieran levantarse más fácilmente. Lo consiguieron. Y fueron precisamente ellos tres quienes redactaron un texto lamentado el daño que pudieran causar al carcelero y su familia.

Onrubia tiene a gala no haber utilizado nunca su pistola, fabricada en Éibar. Es más, su voluntad de no imponer órdenes hizo que se granjeara la amistad de algunos presos, como uno navarro, cuya familia llegó incluso a invitarle a las fiestas de San Fermín.

“Al año pasarían por la cárcel unos 30 presos de media”, dice, rememorando también que sus tres hijos vivieron su infancia en el histórico edificio (en la vivienda situada bajo el departamento de mujeres).

Tras su jubilación, la cárcel de Sepúlveda entró en un rápido declive, hasta quedar finalmente cerrada. Como curiosidad, los últimos presos fueron dos jóvenes detenidos tras robar en el instituto de Ayllón, a finales de 1984.

Fuente de la noticia: Artículo de Guillermo Herrero aparecido en El Adelantado de Segovia, 10 de Julio de 2008