Una obra olvidada de Emiliano Barral

Sor Montserrat es un caso singular de amor a un lugar y a una tarea y, a la vez, es extraordinario el reconocimiento que recibió por parte de sus alumnos. En 1930 se le rindió un homenaje, en 1956 se le concedió la medalla del Trabajo y, a la hora de su muerte, su cuerpo fue velado por el pueblo en el Ayuntamiento y se cerraron las tiendas el día de su entierro en señal de duelo. Por suscripción popular se erigió un monumento en su tumba.

Emiliano Barral fue uno de sus primeros alumnos y, seguramente, el buen recuerdo de esta afectuosa mujer y la convocatoria de su amigo Antonio Linaje Revilla, le llevó a participar en el homenaje que se le rindió en 1930. Realizó una placa de mármol para que su presencia en el muro de la clase de párvulos, donde ella daba clase, recordara siempre esas letras que enseñaba y el amor de Sepúlveda hacia su persona.

En la convocatoria del homenaje que publica A. Linage Revilla en “La Voz de Segovia”, (1-12-1930) con el artículo, “La muy noble villa de Sepúlveda tributa un cálido homenaje a Sor Montserrat” ya exponía esta intención.

AL NOBLE PUEBLO SEPULVEDANO

Algo avergonzados, porque hubimos de hacerlo mucho tiempo ha, recogiendo el sentir unánime de esta Villa prócer, nos proponemos tributar un homenaje a Sor Montserrat.

De ella hablando, no queremos necesario vaya envuelto su nombre y su labor entre adjetivos rimbombantes y sonoros.

Para sus alumnos fue y sigue siendo la segunda madre; en lo más íntimo de nuestro corazón permanecerá grabado, junto a ese otro nombre, el de Sor Montserrat.

La labor por ella realizada estimamos ocioso aquí describirla; es por todos conocida. Una labor sobrehumana, sólo conseguida por su vida de renunciación y sacrificio.
El homenaje que proyectamos es sencillo, modesto, popular, el que corresponde a las grandes obras, el único que pueden aceptar los que están seguros de la labor realizada.

Para llevarlo a cabo propone:

Adquirir un artístico álbum, que se expondrá al público durante todo el mes de Febrero en la Cantina Escolar de esta Villa, donde acudirán a firmarle todos aquéllos que simpaticen con el acto. Durante ese tiempo, queda abierta una suscripción a la que contribuirán todos los firmantes, con la cantidad que cada uno estime, en el acto de estampar su firma, para adquirir una lápida, obra del ilustre escultor Emiliano Barral, alumno preclaro, que se colocará el día que se le haga entrega del álbum en la Cantina Escolar, lugar de sus desvelos y trabajos, donde tantas ternuras y bondades sembró en nuestro espíritu naciente, al iniciarnos en el áspero camino del saber; y si hubiera, como esperamos, crecido sobrante, entregárselo a ella.

Los ausentes pueden adherirse en la forma que crean más conveniente y eficaz.

Los que fuimos discípulos y todos los sepulvedanos, debemos coadyuvar porque este homenaje sea digno de nuestro pueblo, y salvando el olvido, dulcificar la vejez noble de Sor Montserrat, pues en lo más íntimo, en el fondo de su renunciación y sacrificio, debe sentir el acíbar de la ingratitud, la acritud del olvido.

Nosotros, que organizamos el homenaje a Barral, como luchador y como artista, y alguno de nosotros que organizó el fracasado a la memoria de Pablo Iglesias, organizamos hoy éste, porque ninguno como él estimamos tan justo y merecido.

Sepúlveda, 10 de enero de 1930.

Lo firman Juan Sanz Y Sáinz Pardo, Pedro Abad Conde, Antonio Linage Revilla.

Así cuenta Antonio Linage Revilla, con palabras siempre apasionadas y emotivas como las que usa en todos sus escritos, la forma en se desarrolló el homenaje que proponían:

Sor Montserrat, nunca te pagarán las madres de Sepúlveda cuanto hiciste. Eras la verdadera madre de todos sin haber sentido en las entrañas el calor de la maternidad. Nosotros, los hombres de izquierda, tampoco te olvidaremos nunca (…).

En aquel homenaje, el pueblo entero firmaba un álbum dedicado.

Artistas locales erigían un pequeño monumento, y en la puerta del convento se colocaba una magnifica placa de mármol tallada por Barral. (Memorias inéditas de Antonio Linaje Revilla).

La íntima amistad entre Emiliano Barral y Antonio Linaje Revilla, organizador del homenaje, ambos alumnos de Sor Montserrat, queda de manifiesto en el hecho de que el escultor hiciera varios bustos de su amigo o que ambos fueran miembros durante la Guerra Civil, junto a Agapito Marazuela, de las Milicias Segovianas.

Esa placa, que ahora presentamos , nunca se ha movido del lugar donde fue colocada en 1930, sin embargo fue olvidada y no figura en el catálogo de obras de Emiliano Barral. Las circunstancias políticas del momento, el advenimiento de La República, la inmediata Guerra Civil y las prematuras muertes de Emiliano Barral (1937) y de Antonio Linaje Revilla (1939),ambos republicanos, sumió en el olvido esta obra que ha permanecido en su lugar durante 88 años, sin que se la haya relacionado con el escultor, siguiendo los avatares del convento de las Madres Franciscanas. Desde 1973, año en que desapareció el colegio, está en el interior de una propiedad privada, sin que haya sido cambiada de lugar.

Corroborando la autoría, además del estilo de la placa y el testimonio de su íntimo amigo Antonio Linage Revilla, hemos encontrado una tarjeta postal que usa como motivo fotográfico la obra de Barral, muestra del valor que a la placa enviada al homenaje se le daba, indudablemente por el gran artista que la había realizado.

En opinión del profesor José Antonio Hernández de la Universidad de Zaragoza, se trata de una “postal fotográfica” al estilo de los años 30.Es decir, una fotografía incorporada a un formato de tarjeta postal. La imagen aparece inserta en una postal de tipo “marco”. El rótulo de Tarjeta Postal / Unión Universal de Correos / etc. es simplemente el rótulo protocolario habitual para indicar que se trataba de una tarjeta postal a los efectos de poder ser enviada a través de correos, una vez cumplimentada la dirección de envío. Era muy habitual en esta época que los fotógrafos aficionados mandaran a “revelar” sus fotografías en formato tarjeta postal, para poder enviarlas por correo a amigos y familiares.

No sabemos quién fue el autor de esta postal, ni si circuló, ni siquiera qué número de ejemplares se realizaron, pero, desde luego, es una prueba del valor que se dio a la obra con la que Emiliano Barral había contribuido al homenaje de Sor Montserrat.

LA PLACA

Se trata de una placa de mármol blanco de 100 por 60 centímetros con un bajorrelieve y la inscripción en letras de bronce SEPÚLVEDA A SOR MONSERRAT (sic). No lleva firma.

La zona izquierda de la placa está ocupada por un bajorrelieve, apenas una línea sobre el mármol, que representa un niño, un párvulo, sentado sobre unos libros, que sostiene entre sus manos un libro, una cartilla donde aparecen las letras A,B,C,D,E,F. En la parte superior las vocales: a,e,i,o,u, talladas bellamente y de forma original hacen referencia a la tarea de sor Montserrat, que era parvulista .

La figura del niño, una simple línea subrayada en la parte externa por unos trazos que resaltan el perfil, recoge toda la naturalidad y la fuerza de su obra. Un niño descalzo , con pantalón corto, quizá pobre, con un libro en la mano y rodeado de libros. Una representación perfecta de su deseo de cultura para la infancia de 1930.

El estilo del bajorrelieve, suelto, conciso y expresivo, sin ninguna concesión al detalle, comunican sin embargo el espíritu de curiosidad y el deseo por aprender a leer del niño que inclina la cabeza sobre “el catón”, y que sor Montserrat les inculcaba. Sigue el modelo de los niños que aparecen en sus dibujos y esculturas de cabecita redonda y cuerpo torneado.

No se ve, al menos en una inspección rápida, ninguna firma. Es posible que en un primer momento tuviera un marco de madera, como el que se aprecia en la tarjeta postal, con alguna indicación de fecha o autoría. Una obra menor, pero de una gran belleza y con una importante carga simbólica.

RECUERDO DEL HOMENAJE EN LA CONGREGACIÓN FRANCISCANA DE LA DIVINA PASTORA

En la revista de la Congregación de las Franciscanas de la Divina Pastora “Espigando” año 4, numero 15, 1945, aparecen dos fotografías de las alumnas del convento de Sepúlveda.

Una de ellas, tomada bajo la lápida de Emiliano Barral, tiene el siguiente pie de página:

“Esta lápida perpetúa la labor silenciosa de la que educó e instruyó a la juventud sepulvedana”. En la otra imagen, el pie de foto dice: “El pueblo de Sepúlveda deseoso de erigir un monumento a sor Montserrat Rodríguez accede a los deseos de ésta levantando una estatua a nuestro seráfico Padre S. Francisco”.

El paso de los años hizo que estas dos obras se confundieran y en unas crónicas de 1973 que resumen la vida de ese convento en el momento de su cierre, se indica que junto a la tumba de Sor Montserrat, en el cementerio de Sepúlveda, está la tumba de Emiliano Barral que “en épocas pasadas hizo el honor a la madre Montserrat de una estatua de San Francisco”. Equivoca la madre que escribió estas memorias, tanto la persona enterrada a su lado, ya que es su hermano, Alberto Barral, como la obra, pues el San Francisco que cita, es una obra de piedra artificial, de serie, comprada por deseo de Sor Montserrat como ellas mismas dicen con anterioridad.

Esta confusión, que se originó con el paso del tiempo, ha sido, quizá, el motivo por el que no se ha reconocido la lápida como obra de Barral.

EMILIANO BARRAL LÓPEZ

Emiliano Barral López, uno de los mejores escultores del primer tercio del siglo XX, nació en Sepúlveda el 8 de agosto de 1896, en el seno de una familia de canteros.

Su padre, Isidro Barral, era un apasionado anarquista que influyó en la formación ideológica de este muchacho aventurero que no tenía entre sus propósitos de adolescente ser escultor. Como dice Antonio Linage Revilla, también sepulvedano y su amigo desde la infancia: “Barral profesaba a los catorce años el ideal anarquista verdadera religión de los hombres”.

A los 12 años abandonó la escuela para trabajar en las canteras y a los 15 se marchó de casa siguiendo un ideal que le parecía irrenunciable.

Su vuelta, arrestado por la guardia civil, forma parte de esa leyenda social que, más o menos cierta, le acompañó toda la vida. Cuenta Juan Manuel Santamaría, en su biografía que el escultor decía: “Mi padre es un buen hombre. Estaba con un amigo esperando que llegara la diligencia en que yo iba y el amigo le indicó:

Si Emiliano fuera hijo mío, en cuanto bajara del coche le mataba de la paliza que le daba. Si fuera hijo de usted —le contestó mi padre— yo tampoco tendría inconveniente en darle la paliza esa”.

Su afán de aventura le llevó a abandonar de nuevo Sepúlveda y esta vez, tras muchas peripecias, llegó hasta Paris donde comenzó la carrera de escultor que le llevó a ocupar un puesto de primer orden en el arte español de la época.

Su estilo, interesado en recuperar el realismo en la figura humana, fue heredero de una tradición escultórica sobria y muy alejada de los gustos modernistas.
Regresó a Sepúlveda y allí trabajó algún tiempo, alcanzando un cierto renombre que le llevó a trasladarse a Segovia. De su obra en Sepúlveda solo queda un pequeño panteón, sin firmar, en el que podemos reconocer su estilo, y la lápida que presentamos.

Tuvo estudio en Segovia, y allí formó parte activa de las tertulias del grupo de intelectuales que se reunía en torno a Antonio Machado. En este mismo grupo se encontraba su amigo Antonio Linage Revilla, con quien seguía teniendo una buena amistad. De los dos realizó excelentes retratos.

Se fue a Madrid aunque nunca se desvinculó de Segovia y Sepúlveda.

Su fama aumentó muy rápidamente y se convirtió en uno de los escultores de moda, hasta el punto que su obra ZOE fue la primera escultura de una autor contemporáneo que, adquirida por el Duque de Alba, entró en el palacio de Liria. Varias de sus esculturas estuvieron expuestas en el Pabellón de España en la Exposición Internacional de Paris de 1937, compartiendo espacio con el Guernica de Picasso.

La guerra le sorprendió en Madrid, participando activamente en el Patronato de Recuperación de Bienes Artísticos, junto con el profesor José María Lacarra, Rafael Alberti y otros intelectuales.

Murió en el frente de Usera el 21 de noviembre de 1936.

Las jugosas anécdotas que se cuentan de su vida, junto con el amplísimo catálogo de sus obras, pueden encontrarse en la excelente biografía que de él escribió Juan Manuel Santamaría.

 

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