Las zarzas casi la habían ocultado y su caudal se abría paso desesperado inundando el camino. Difícil era imaginar por dónde se podía acceder a ese chorro limpio y fresco: la maleza cubría esa entrada que ya casi nadie usaba.
Atrás quedaban esos hortelanos que la aprovechaban, atrás quedaban esas meriendas allí, esos caminos que se hacían al andar y que ahora estaban desiertos, esas huertas frondosas…
Pero alguien se compadeció y, con gran esfuerzo y sin herramientas, devolvió el cauce a su sitio: “Hasta que venga un coche y lo rompa otra vez”. Con mimo reverencial, quitó toda la maleza de la subida, dejó que se viera, por fin, ese chorro que desbordaba frescura y colocó la teja en el sitio adecuado para que pudiera correr, por donde siempre, con alegre sonido.
Es un pequeño tesoro recuperado, pero cuántos manantiales nos están pidiendo ayuda para seguir siendo visibles y disfrutarlos antes de que esa naturaleza, en este caso despiadada, les lleve a otra vida oculta y los engulla para siempre.
Estrella Martín Francisco

