Artículo de Antonio Linage Conde para el libreto de Fiestas 2025.
El autor de los "Amantes de Teruel" y Sepúlveda
Don Diego González Peña y Guijarro, muerto a los setenta y un años, en 1877, fue uno de los sepulvedanos terratenientes con algunas ambiciones políticas en sus tiempos nuevos. Se había casado en 1848 con una francesa de origen belga, Elisa Vercruysse, natural de Bayona, que murió a los veintinueve años, en la epidemia de cólera de 1855. Su vivienda estaba “en la Subida al Salvador, sitio de Trascastillo, de tres pisos, con graneros, atarazanas, corral y todas las dependencias de una casa en población como ésta. Lindando al norte y al sur con los caminos a la iglesia, al Oeste con la cuesta erial frente a la misma, y al Este con Trascastillo o calle de Fernán González”.
Don Diego fue tesorero de la provincia y tenía una casa en Segovia, en la Plaza de San Esteban, frente a esta iglesia y el palacio episcopal. Yo conocí todavía bastantes piedras en las ruinas de las que se seguían llamando “Tenadas de don Diego”, a la izquierda de la carretera de Sepúlveda a Vellosillo
Del inventario de sus bienes nos hemos fijado en algunas piezas del mobiliario, para conocer la cotidianidad del poseedor, y su visión geográfica, cuando los viajes no eran corrientes. Así un abanico de Fontainebleau, otro de París con dos piedrecitas de color granate y adornos dorados, un aderezo con piedras francesas, una sortija de ceremonias, un brazo cincelado con un guardapelo y alrededor medias perlas, cuatro floreros de China, un piano Erard y una banqueta para él, un rosario de Jerusalén, un reloj de pared con su cuadro de música.
En su testamento poco antes de morir, nombró albaceas a su suegro, el escritor Juan-Eugenio Hartzembusch Martínez, y a su hijo Eugenio Hartzembusch Hiriart. El primero era hijo de un ebanista alemán, avecindado en Madrid aunque por mor de las turbulencias políticas muy intranquilamente al principio. Eugenio escribió una bibliografía exhaustiva de su padre, y su vida profesional se desarrolló como la de éste en la Biblioteca Nacional. La segunda mujer de don Juan-Eugenio, Salvadora Hiriart Manzanares, era una viuda de Madrid, que le llevaba ocho años y aportó al matrimonio cinco hijos. Una hija era la esposa de don Diego.
Su literatura se desarrolló en dos campos, la erudición y la creación, en su obra ambos muy relacionados entre sí, y en dos géneros, el teatro y la fábula. Dio a conocer a varios clásicos en la incipiente “Biblioteca de Autores Españoles”, tomándose con ellos algunas libertades, no en pos de actualizaciones burdas, sino por su sentimiento de estar trabajando una materia viva y abierta; “correcciones a lo Hartzembusch” escribió Menéndez y Pelayo. También los refundió, y se refundió a sí mismo, y tradujo piezas del francés y el italiano. Fue uno de los fundadores de la “Sociedad de Bibliófilos Españoles”.
En su producción original hay dramas históricos- Alfonso el Casto, La jura de Santa Gadea, Doña Mencía o la boda en la Inquisición-, uno bíblico- El mal apóstol y el buen ladrón-, y otros de magia, que también se pensaron para niños, como alguna pieza de Benavente- Las Batuecas, La redoma encantada, Los polvos de la madre Celestina. La obra que le dio fama y la mejor fue Los amantes de Teruel.
Sus fábulas son unas versiones del alemán, francés e inglés- modelo la de La campana, de Schiller-, y otras originales, a veces con algún atisbo de Campoamor.
La obra que le dio fama y la mejor fue Los amantes de Teruel. En su discurso de ingreso en la Real Academia Española el año 1881, ocupando el sillón vacante por la muerte de don Juan-Eugenio, bastó para que el recipiendario que era don Marcelino Menéndez y Pelayo, le catalogara entre los románticos de pasión y de sentimiento, o sea de todos los tiempos, no de algún período concreto de ninguna historia literaria-“resuena en nuestros oídos, tan poderoso y vibrante como le sintieron en su alma los espectadores de 1836, aquel grito, entre sacrílego y sublime, del amador de Isabel de Segura: =En presencia de Dios formado ha sido. -Con mi presencia queda destruido”.
En el Teatro del Príncipe, el 6 de mayo de 1843, estrenó un drama en cinco actos, Honoria, que había escrito en casa de su futuro yerno.
Es una imitación de los melodramas transpirenaicos según el padre Blanco García, el escurialense historiador de la literatura, una trama de intriga, basada en una anagnórisis, con las consiguientes turbulencias sentimentales que acaban felizmente.
El primer acto se desarrolla en el cañón del Duratón, bajo la ermita de San Julián. Allí sitúa el autor el que llama Pozo Sin Fondo. Reina Enrique IV. Honoria y Desideria son dos muchachas de origen desconocido, criadas en Sangarcía por Olalla Ruiz y recogidas por doña Inés en Sepúlveda. Aprovechando un saqueo bélico de la Villa, son robados dos medallones cerrados que guardaban el secreto de la identidad de ambas. El noble Jimén corteja a Desideria durante sus estancias en la Villa. Citados en aquel paraje, él la dice que un tío suyo le ha confesado antes de morir tener en Sangarcía una hija, dándole el encargo de buscarla para entregarla su herencia. El pescador Bonifaz, que la pretendía sin éxito, encuentra los dos medallones en el río y se los da a las dos muchachas. Desideria los abre y se entera de que ella es morisca y Honoria condesa. Honoria y Jimén se creen consanguíneos y renuncian a sus amores. Pero eso sólo es el comienzo. La realidad que acaba descubriéndose es que los padres de la protagonista son un señor cristiano y una esclava mora hija del médico Almoravid. Se termina por lo tanto en feliz boda.
Cinco años después, el 24 de agosto de 1849, Hartzembusch escribía a su esposa, desde Madrid: “Y acaso fuera mejor/ que al Condado no pasaras/ sino un día que supieses/ que él en Sepúlveda estaba”. Utilizar el verso para esas cartas conyugales ordinarias era una costumbre suya.
Don Juan-Eugenio y Salvadora fueron padrinos de dos de los cuatro hermanos González Vercruysse nacidos de 1848 a 1854 y bautizados en El Salvador, a saber Elena-Salvadora que murió párvula, y Rosa-Ramona, fallecida a los veintitrés años de viruela confluente poco antes que su padre. A Eugenio-Salvador le sacó de pila su tío Eugenio, y a Jacoba-Marceliana, don Atanasio Oñate. El escritor sólo estuvo presente en el segundo bautizo, siendo representados en el primero él y su mujer por los cónyuges Mariano Montalbán y Agustina Rico, padres del farmacéutico y alcalde Casimiro, y él por su propia esposa en el tercero. Siendo don Atanasio Inspector General de los Reales Palacios, Eugenio-Salvador fue oficial tercero de la Inspección desde el 17 de mayo de 1875 hasta su renuncia el 3 de junio de 1878, con sueldo de 12.000 pesetas desde el principio, a diferencia del oficial segundo, que entró con 5.000 y pasó por 8000 antes de alcanzar ese redondeo.
En la sección de manuscritos de la Biblioteca Nacional, hay una doble cuartilla en verso, firmada por Fermín Sacristán, y dirigida a su "querido amigo don Diego". Sacristán dice escribirla cumpliendo un encargo paterno: “Querido amigo don Diego,/ de mi señor padre al ruego/ estos renglones le escribo,/ con el único motivo/ y causa que diré luego”. Se trata de agradecerle un envío gastronómico, tanto dulce como salado: “Ya en casa están conservados/ los presentes delicados/ que causan nuestros hechizos,/ y a la par que los chorizos/ morirán los mantecados”. Luego entra en consideraciones políticas y fiscales.
Latía en la Villa la vena literaria. Entre el 11 de junio y el 3 de octubre de 1891 se publicaron en la imprenta del arandino Pedro Díaz Bayo, casi recién estrenada en Sepúlveda, seis números de El Sepulvedano, un ensayo de periódico local, del que yo no he visto ningún ejemplar. Posteriormente salió otro número en Madrid. Hartzenbusch agració a El Sepulvedano con la publicación de su leyenda Isabel y Gonzalo, tragedia de los dos protagonistas por la interposición de la lascivia de Enrique II, que lleva consigo el desenlace de la profesión claustral de Isabel.
El 13 de septiembre de 1889 el ayuntamiento había nombrado dos cronistas, Fermín [Martín] Sacristán Suárez y el oficial de telégrafos José-Eugenio Gil Uranga. Ambos trabajaron en las revistas de los toros. Uranga parece que no escribió más, y en la Villa aparte de su profesión oficial fue uno de los que se llamaban “administrador de particulares”. de los que Francisco de Cossío recordó la gran época. Sacristán, hijo de un médico de Madrid, con ascendencia en Aldeonsancho y Fresno de Cantespino, fue un autor dramático y polígrafo en la capital durante el último cuarto del siglo XIX y primero del XX. A la muerte del canónigo don Eulogio Horcajo se le nombró cronista a título póstumo. El siguiente cronista oficial fue mi predecesor Atilano González Ruiz Zorrilla.
Eran los días de aquella carta que se hizo muy popular transmitiendo la inquietud de unos sepulvedanos exiliados en Madrid ante los rumores de la cancelación de los toros del año, “Ilustre Ayuntamiento de la Villa, cuyos cimientos bañan lisonjeros Duratón y Caslilla”. Un ambiente festivo que no podía estar más lejos del de Eugenio-Salvador, el cual pasó por la vida dejando la huella de un hombre desventurado hasta el final.
Otro yerno de Hartzembusch fue el médico Tirso de Córdoba, nacido en Cantalejo, hijo del escribano de Sepúlveda, José de Córdoba y Verde. Fue médico de Aldeonsancho y El Condado, y escribió sendas memorias de dos balnearios de que estuvo encargado, Soláns de Cabras y Baños de Montemayor.
El último acto de Eugenio-Salvador nos hace dudar entre la referencia de Cervantes al lugar de la Mancha-“de cuyo nombre no quiero acordarme”- y la de su traductor portugués Aquilino Ribeiro- “de él no me acordaré”-. Nuestro paisano. tras fracasar en la madre patria, en lo profesional privado, había obtenido el cargo de promotor fiscal en un juzgado rural de nuestras Filipinas Allí proyectó una novela con personajes de la Sepúlveda contemporánea. Se suicidó en Manila el 9 de agosto de 1893. Estaba casado con Plácida Gismeno, de El Olmo, con la que tuvo un hijo fallecido párvulo y una hija, Isabel. Vivió pues poco más de cuarenta años. Las tres fotografías que de él nos han llegado encarnan la melancolía sorprendida ante la vida en torno que para él fue una desventura casi continua.
José Antonio Linage Conde

