Domingo, 16 Agosto 2026

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El pueblo a una hora de Segovia que fue la gran musa del pintor Ignacio de Zuloaga y donde Lope Tablada tiene su propio museo

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A orillas del Duratón, esta villa segoviana despliega su patrimonio románico y su cultura viva en cada piedra, cada campanada y cada lienzo que la ha inmortalizado.

A poco más de una hora de Segovia, Sepúlveda se levanta sobre un paisaje de hoces, cerros y murallas donde el tiempo parece haberse detenido. Sus callejuelas, de piedra y luz dorada, han inspirado a pintores, escritores y soñadores durante siglos. Según el texto histórico sobre la villa, “Sepúlveda aúna historia, arte, gastronomía, naturaleza, cultura inmaterial y cultura viva”, lo que la convierte en una de las joyas patrimoniales más completas de Castilla y León.

Recorrer su entramado urbano es como entrar en una galería de arte al aire libre: rincones inmortalizados por Ignacio de Zuloaga y Lope Tablada, miradores que se abren hacia el Duratón y un conjunto monumental que hace justicia a su larga trayectoria. No es casual que se la haya descrito como una de las salas más bellas del “Museo vivo más grande del mundo”, en referencia al patrimonio castellanoleonés.

Plaza Mayor y tradición viva

El corazón de la villa late en su Plaza Mayor, un espacio rectangular y parcialmente porticado que, a diferencia de la mayoría, se sitúa extramuros. Desde el edificio del reloj se alza una de las vistas más emblemáticas: el antiguo castillo, formado por torreones árabes del siglo X, añadidos renacentistas y una fachada barroca coronada por una espadaña.

La historia local se escucha todavía en el “Toque de Queda”, un ritual diario de 33 campanadas que marcaba el cierre de las puertas amuralladas. Este sonido, heredado del pasado, forma parte de la cultura inmaterial de la villa. En palabras del texto histórico, “este edificio, conocido como El Registro, era el lugar donde se registraban las materias primas que venían a venderse en Sepúlveda y donde se pagaban los impuestos”. Hoy, la plaza sigue siendo escenario de mercados, ferias y fiestas populares que mantienen vivo el pulso del pueblo.

El legado románico y espiritual

Entre los tesoros arquitectónicos de Sepúlveda destaca la Iglesia de El Salvador, visible desde casi cualquier punto del municipio. Construida en 1093, es “uno de los edificios más antiguos del románico segoviano”, según la fuente original, y se alza sobre una sola nave rematada por una torre exenta, hoy unida por un pasillo abovedado. Cada tercer domingo de mes, el templo acoge la misa de Minerva, una tradición que combina fe, incienso y el sonido de tamboriles bajo el palio del Santísimo Sacramento.

No muy lejos se encuentra la Iglesia de Nuestra Señora de la Peña, del siglo XII, cuya portada esculpida representa el Juicio Final con un Pantocrátor rodeado por los evangelistas. En su interior, un retablo barroco del XVIII guarda la imagen de la Virgen de la Peña, patrona de la localidad y de la antigua Comunidad de Villa y Tierra.

Museo de los Fueros: historia entre ábsides

Una de las visitas más singulares es la del Museo de los Fueros, instalado en la iglesia de los Santos Justo y Pastor, declarada Monumento Nacional en 1931. El espacio, abierto en 2007, permite al visitante “comprender qué eran los fueros y su utilidad durante la Repoblación”, a través de piezas que van del siglo XIII al XVIII: esculturas, documentos, textiles y orfebrería.

Entre los objetos más valiosos se encuentran las llaves originales de las siete puertas de la muralla, emblema de la villa. Su arquitectura basilical de tres naves, el artesonado mudéjar y la cripta excavada bajo los ábsides hacen de este museo una joya románica poco común en el ámbito rural castellano.

Tradición, fuego y sabor

El calendario sepulvedano se ilumina cada 23 de agosto con la celebración del Diablillo, una fiesta nocturna en la que, según el relato local, “las luces de la plaza se apagan y los diablillos bajan la escalinata dando escobazos a los asistentes”. Una escena entre mística y festiva que habla del carácter simbólico y alegre de la villa.

Su identidad se completa en la mesa. Sepúlveda es conocida como “la catedral del lechazo asado”, donde el cordero churro se cocina en horno de leña con manteca y sal, sin artificios, dejando que el aroma a barro y fuego inunde las calles. A su repostería tampoco le falta tradición: soplillos, rosquillas o capuchinas son herencia dulce de siglos.

Martina Sabato