Jueves, 13 Agosto 2026

logoarcodelavilla

Cuando la Cuaresma imponía silencio en Segovia

Inicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivado

De la austeridad colectiva al patrimonio cultural, el tiempo litúrgico refleja el tránsito de una sociedad en la que el calendario religioso marcaba el pulso común de la sociedad.

«Miércoles de Ceniza, qué triste vienes con 40 días de viernes». La frase, recogida en Sepúlveda, condensa una forma de entender el calendario que durante generaciones marcó la vida cotidiana en la provincia de Segovia. No es solo un refrán: es la expresión popular de un tiempo asociado a la contención, al silencio y a la suspensión de la fiesta.

Guillermo Herrero, investigador y recopilador de tradición oral, explica que el dicho alude a una realidad concreta: cuarenta jornadas sin celebraciones. La Cuaresma -señala- era una etapa en la que prácticamente quedaban interrumpidas las manifestaciones festivas. En muchos pueblos, desde el Miércoles de Ceniza no volvía a sonar la música hasta que pasaba la Semana Santa. La tristeza que menciona la copla tiene, por tanto, una traducción práctica: se acababan los bailes, las rondas y cualquier expresión pública de jolgorio.

Hasta bien avanzado el siglo XX, la Cuaresma no era una vivencia individual sino un marco social compartido. En una provincia mayoritariamente rural, con una práctica religiosa extendida, la abstinencia de carne los viernes, el ayuno en jornadas señaladas y la renuncia a fiestas formaban parte de la normalidad. La disciplina no se percibía como excepcional, sino como parte del ciclo anual.

En ese contexto, la Cuaresma se convertía probablemente -como apunta Herrero- en el periodo con menor concentración de manifestaciones festivas en toda la provincia. La vida comunitaria se replegaba y el calendario parecía entrar en pausa. La religiosidad no solo estructuraba las celebraciones, sino también las ausencias.

El contraste con la actualidad es evidente. La práctica religiosa ha descendido y la vivencia cuaresmal ha pasado de ser norma colectiva a opción personal. La abstinencia de carne se mantiene entre quienes siguen la disciplina eclesial, pero ha dejado de ser una convención social ampliamente compartida. Sin embargo, la huella cultural de ese tiempo persiste.

En ese paisaje de austeridad existía una excepción significativa: la celebración de la «Sierra Vieja». Documentada desde el siglo XVII, esta celebración tenía lugar a mitad de la Cuaresma y estaba protagonizada principalmente por niños. El rito consistía en recorrer el pueblo cantando coplas a las puertas de las casas para obtener alimentos con los que organizar después una merienda colectiva. En algunos lugares los niños portaban una cruz durante el recorrido. Las canciones variaban según el municipio. Algunas simulaban la llegada de un ejército derrotado que pedía ayuda; otras tenían un tono más ingenuo y petitorio, como la conocida «Angelitos somos, del cielo venimos, a pedir por Dios…».

Herrero ha recogido versiones en distintas localidades de la provincia y recuerda haber presenciado la práctica en Muñoveros hace menos de una década, con una participación notable de niños que realizaban el recorrido sin dirección adulta directa, recogiendo los donativos en una carretilla. Ese dato revela hasta qué punto la tradición, cuando se mantiene viva, puede sostenerse por transmisión espontánea.

La emigración rural de los años cincuenta y sesenta supuso un punto de inflexión. Al quedar muchos pueblos sin niños, la continuidad de la Sierra Vieja se quebró. Como tantas otras costumbres del mundo rural segoviano, entró en declive. No obstante, las canciones se conservaron en la memoria de las personas mayores y, en algunos municipios donde aún existen escuelas, maestros y comunidades educativas han promovido su recuperación como actividad cultural.

Desde el punto de vista sociológico, la Sierra Vieja resulta significativa porque introduce una dimensión lúdica en pleno periodo penitencial. No contradice la austeridad cuaresmal, pero la matiza. Es un espacio intermedio entre la norma religiosa y la sociabilidad infantil.

La Cuaresma también tuvo manifestaciones protagonizadas por mujeres adultas. En Aldeanueva de la Serrezuela existieron las llamadas «cristeras», documentadas al menos desde mediados del siglo XX. Se trataba de mujeres que recorrían el pueblo cantando los domingos de Cuaresma para recaudar donativos con fines religiosos, como el alumbrado del Santísimo. En otros municipios, como Olombrada, se registraron prácticas similares: grupos de mujeres que cantaban coplas específicas para cada domingo del periodo cuaresmal. No eran fiestas, sino expresiones de devoción comunitaria con una dimensión económica concreta.

Herrero señala que el marqués de Lozoya recogió parte de este patrimonio en su Cancionero de Cuaresma sobre Torrecaballeros, donde dejó constancia de letras vinculadas a este tiempo litúrgico. La Cuaresma, por tanto, no fue únicamente silencio: también fue canto, aunque en clave religiosa y sobria. Estas prácticas evidencian un tejido comunitario en el que infancia, mujeres y parroquia desempeñaban papeles diferenciados dentro del mismo marco temporal.

Si la Cuaresma representaba la contención, el Sábado Santo marcaba la ruptura. Herrero describe ese momento como una auténtica explosión de alegría. Regresaban la música y la celebración, y el Domingo de Resurrección alteraba de nuevo el pulso colectivo.

En numerosos pueblos reaparecían dulces y elaboraciones propias de la Pascua, como rosquillas y otros productos vinculados al final del periodo penitencial. El huevo, símbolo tradicional de vida nueva, adquiría protagonismo en algunas celebraciones. Tras cuarenta días de restricción, la comunidad recuperaba el sonido y la fiesta.

De este modo, el tránsito que dibuja la Cuaresma en la provincia es también el reflejo de un cambio social más amplio. Se ha pasado de un modelo en el que el calendario litúrgico estructuraba la vida colectiva a otro en el que conviven distintas formas de entender la tradición.

La Cuaresma ya no impone el silencio al conjunto de la sociedad, pero mantiene presencia en la memoria y en determinadas prácticas. La frase de Sepúlveda sigue funcionando como síntesis histórica, y aunque no describe la realidad social actual, sí evoca una provincia en la que el tiempo litúrgico marcaba el ritmo común.

M.Galindo