El Cronista Oficial de la Villa de Sepúlveda, Don Antonio Linage Conde, publica el siguiente artículo para El Pregonero de Sepúlveda.
François Mauriac fue un premio nobel de literatura francés después de la II Guerra Mundial. Antes de nuestra guerra, dio una conferencia notable en Madrid. Después se manifestó rígidamente anti franquista sin que ello repercutiera en su fe religiosa. Escribía en El Fígaro unos artículos de denuncia, diríamos. El Fígaro se ha definido como un periódico de burgueses satisfechos, pero a Mauriac no se le podía censurar.
Sobre los años 50 publicó un artículo comentando una sentencia del tribunal de Burdeos que absolvió al comisario y dos inspectores de la policía de la ciudad a los que se fue de las manos lo que en Francia se llama “pasar al tabaco” o “la misa del demonio”, dando lugar a la muerte del interrogado. “Decir a mi mujer que la quería, estos me han aplastado”. Para Mauriac una condena para andar por casa, habría sido más degradante. Y entonces Mauriac hace una contraposición entre el uso de las manos que hicieron aquellos policías y otros usos muy diferentes. Habla de esas manos que sirven para acariciar, para estrechar otras manos, para juntarse, para vendar las heridas o para empuñar las herramientas, qué duras y qué perversas se vuelven cuando se abaten y caen sobre un hombre atado.
En este momento, me perturba la tentación de pasar el Atlántico y darme una vuelta por el estado de Minessota. Pero voy a dejarlo por hoy.
El motivo de haber citado el caso de aquella misa del demonio en Burdeos, es para poner de relieve la necesidad de profundizar en las cosas si se quiere conocerlas de veras porque episodios como aquel no eran ya corrientes en la Francia establemente democrática. ¿Y en la Sepúlveda de entonces? No es mi tema hoy. Solo quiero llamaros la atención de que en ese sentido la Sepúlveda de 1950 era bastante distinta de la actual, pero una Sepúlveda que no era una excepción en el resto de España.
Al escribir estas líneas, estoy quebrantando mi promesa de no hacerlo con otro destino que no sea el papel. No voy a dar explicaciones de esto remitiéndome en todo caso a mis 94 años cumplidos y a los placeres profundos que me han deparado los libros en papel.
Cuando Felipe V vino a reinar a España, se trajo unos cuantos libros preciosos de su abuelo Luis XIV de Francia. Me ha resultado emotivo tener a la vista unas cartas en latín que nuestro futuro monarca parece escribió como ejercicio de escolares.
En fin, quiero aprovechar esta ocasión para aseguraros que mi corazón está con vosotros, aunque no salga de este otro lado de la sierra.
Recuerdo una ocasión en que fui a la sede de la empresa de Juan Antonio, el hijo de Ulpiano, a llevar unos escritos míos. Entonces ya se me habían pasado algunas fantasías estúpidas como las de haber llegado a las altas esferas, pero sentí lo que era algo evidente: “Si hubieras sido presidente de la República, no habrías podido venir a Copese con esta naturalidad”.
Adiós mis queridos paisanos jóvenes o rejuvenecidos, que mantenéis la antorcha de esta publicación. ¿Y no sería importante para la Historia de Sepúlveda hacer una edición completa en papel de El Pregonero? En fin, cuando vayáis a Burdeos, podéis investigar si allí todavía se dice alguna “misa del demonio”, pero sería mejor tomar un buen vaso de vino y de paso recordar a nuestro Gonzalo de Berceo. (Me está escribiendo el artículo una secretaria de lujo, nuestra Estrella y me dice que la edición completa de El Pregonero ocuparía una buena cantidad de estantes en la Biblioteca Nacional)
José Antonio Linage Conde

