Miércoles, 12 Agosto 2026

logoarcodelavilla

Como cada día, 9 de julio

Inicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivado

Diez años del adiós del torero segoviano Víctor Barrio

Hay días en el que el recuerdo cobra un sentido especial por enmarcar una efeméride, pero hay efemérides que son todos los días. Lo son por el peso y el calado que tuvo el motivo y lo son por permanecer presente en el día a día. En cada rincón. En cada conversación familiar. Es ahí donde cada día es 9 de julio.

Hoy se cumplen diez años de la imprevista marcha del diestro Victor Barrio (Grajera, 1987-Teruel, 2016). Un adiós que no entraba en una agenda que proyectaba el circuito de las grandes ferias; una hoja de ruta que sostenía un “va a llegar seguro”. Y es que a nadie de su entorno le torcían las dudas, pues el torero segoviano, además de tener el valor y la pureza de los elegidos, era un ejemplo de trabajo, tesón y convicción. De seguridad y aplomo. De no dejarse ganar la partida y de no guardarse nada en el tintero. Era su fórmula para vestir al miedo. Infranqueable. Con un gentil carisma de abrazo cálido y una afable honradez. Con esos mimbres, solo un tifón podía detener la pregunta de ¿dónde hubiera llegado? Pues llegar iba a llegar seguro en un mundo tan exigente como el taurino. Por méritos propios.

¿Cuántos festejos llevaría ahora? ¿Qué posición en el escalafón estaría defendiendo en estos momentos? Son cuestiones que al aficionado taurino le inundan y todas conducen a una sonrisa. Aquella que Barrio perfilaba cuando sabía que todo iba a salir bien. La misma que dibujaba un semblante certero. Todo un aura de confianza en sí mismo. Lo demostró de novillero con picadores en las principales ferias y en plazas de primera y segunda categoría, llegando a ser el número uno en 2011; y, tras tomar la alternativa al año siguiente en Las Ventas de Madrid, ya estaba empezando a ocupar un sitio de diestro joven con proyección para tener en cuenta en los principales seriales nacionales después de pasar por la feria de San Blas de Valdemorillo de forma arrolladora en 2015. Ese es el recuerdo como torero.

Sin embargo, en el seno de la familia las preguntas -que muchas veces no encuentran respuestas- son otras, más allá del artista, y van en forma de una continua reminiscencia. El hijo. El hermano. El marido. El nieto. El sobrino. El primo. La familia es la que sobrelleva ese calendario que se congeló un 9 de julio y que desde entonces no tacha días. Ellos son los que realmente tocan con las manos una ausencia que está en todas las partes.

También el amigo. ‘El Tirolés’. En Sepúlveda. En Grajera. Su figura sigue muy presente y el homenaje es permanente. Entre la calle Alfonso VI y el inicio de la pintoresca Barbacana, que tantas veces recorrió en los encierros de los Santos Toros, ahora luce una estatua de dos metros de alzada de su espigada estampa bañada en bronce. Cada paseo por este emblemático rincón de la villa sepulvedana rebobina los años de aquel niño que soñaba con el toro, también el que jugaba al fútbol y el que compartía ratos con sus amigos de peña.

Un ser de luz especial, que pervive más allá de que ahora se cumplan diez años de su adiós y los medios refloten el hecho, pues enseñó a los más cercanos otra manera de estar en la vida. A valorar que el tiempo es efímero y a convivir con la añoranza y el anhelo de lo que sería ahora mismo. Con la de alegrías que dio a los suyos. Y es que el recuerdo de Barrio continúa perenne e imperecedero: hoy, como cada día, 9 de julio.

Alejandro Martín