Tenía el don de interesarse por todo lo que existía a su alrededor, desde el arte a la literatura, desde la música hasta la artesanía y con su vasta cultura, adquirida por el mundo entero, podía hablar de todo y de todo con autoridad. Lectora infatigable, amaba la buena mesa y como curiosa empedernida que era gozaba tanto descubriendo libros que le aportaran los más variados conocimientos como platos nuevos, siempre acompañados de un buen vino. Vivió la vida con los cinco sentidos abiertos al universo pues era, y se sentía, ciudadana del ancho mundo que recorría sin tregua por gusto y por trabajo.
Su amor por Sepúlveda la llevó a adquirir los restos de la iglesia de San Millán para construir en ella su casa y como a todo lo que hacía le dedicó esfuerzo e interés; en este proyecto pensaba en sus últimos días y su realización hubiera sido para Sepúlveda un hito arquitectónico pues, según me decía, deseaba algo novedoso y vanguardista respetando la imagen del templo. Sus hijos Germán y Laura, que han heredado las virtudes de sus padres, continuarán su obra.
El recuerdo más fuerte que tengo de ella, y seguro que muchos amigos lo comparten, es la claridad de mente que reflejaban sus ojos y el sonido de su voz y su risa cuando nos reuníamos a charlar, a comer o a merendar en esas reuniones inigualables que por cualquier causa se montan en Sepúlveda.
Como dicen las coplas de Jorge Manrique y de ninguna manera sabría expresarlo mejor: aunque la vida perdió, dexónos harto consuelo su memoria.
Mª Antonia Antoranz Onrubia

