El pintor expone en el Torreón de Lozoya sus últimos trabajos, de temática segoviana y elaborados con su ya típico trazo impresionista.
Si una familia de pintores ha captado en sus obras de arte la evolución de Segovia y su provincia a lo largo del siglo XX ha sido la de los Tablada. Lope Tablada Maeso —autor de las pinturas murales de los teatros Juan Bravo y Cervantes—, inició una estirpe a la que dio continuidad Lope Tablada de Diego, considerado “el pintor de la luz de Castilla”, y del que tomó más tarde el relevo Lope Tablada Martín, que ahora expone sus últimos trabajos en el Torreón de Lozoya (del 13 de abril al 20 de mayo).
El nieto lleva la pintura en sus genes. Es innegable y, además, él así lo cree. “Un pintor nace, no se hace”, afirma tajantemente, antes de rememorar episodios en los que, siendo muy niño, a la salida de la escuela de Sepúlveda, se entretenía dibujando en las losas de las aceras. A falta de lapiceros de colores recurría a tejas o hierbas para conseguir el rojo o el verde. Su padre percibió aquel don y le organizó la que habría de ser su primera exposición, con ocho años cumplidos, en el Centro Segoviano de Madrid.
Casi sin darse cuenta, Lopito empezó a vivir de la pintura. Algunos compradores que acudían al taller de su padre se interesaban por pequeños cuadros, de temática taurina, firmados por él. “Son de mi hijo”, decía entonces, orgulloso, el progenitor. Y, en no pocas ocasiones, vendía una obra. El pequeño Lope pasaba las horas muertas viendo pintar a su padre. Admiraba su trabajo. Pero jamás le preguntó nada. El mozalbete quería seguir su propia línea. “Nunca pretendí imitarle ni copiarle un cuadro”, asegura ahora, aunque reconoce, eso sí, que su largo aprendizaje le llevó a “heredar” la misma paleta de colores de su padre, esa que refleja fielmente la luz segoviana.
Desde sus inicios, Lope se inclinó por la pintura figurativa. No se planteó dar un giro hacia lo abstracto. “Respeto esa pintura, pero yo no la siento, así que es mejor no entrar por esa senda”, declara. El se decantó pronto por el impresionismo. Y. en cuanto a técnica, opta por una mixta, la de óleos al agua con acrílicos. “En el óleo tradicional se acaba perdiendo un poco el color, mientras que con la técnica que yo uso no cambia con el paso del tiempo”, explica.
Lope tiene un estilo propio, definido y claramente identificable por el público. Su temática es inconfundible. Nadie como él ha popularizado las escenas costumbristas en las calles de Segovia durante la pasada centuria. En ese sentido, él es el pintor de la Segovia que se fue, de aquella que desapareció y únicamente pervive en el recuerdo de los más ancianos. Los viejos muros del Torreón de Lozoya dan estos días fe de ello. En esta exposición, el pintor invita al espectador a realizar un paseo a través del tiempo para poder disfrutar de la pintoresca posada Vizcaínos, las verdes huertas de la calle Gascos, la plaza del Azoguejo con la iglesia de Santa Columba, los pajareros el día de San Frutos o las yuntas de bueyes arando en Zamarramala…
“El arte es crear belleza”, sostiene. Esa sentencia le lleva a componer ambientes estéticamente atractivos. Aparecen así los paisajes lejanos de Segovia, entre los que sobresale el cuadro del rebaño de ovejas avanzando en un campo agostado y dejando tras de sí una nube polvorienta, con la Catedral al fondo. La escena demuestra que su padre le transmitió su secreto más preciado, el dominio de la luz de Segovia, y que él ha sabido mantener alto el listón.
Para la pintura de Lope no hay épocas de inestabilidad; él siempre vende las obras que cuelga. “Me siendo un privilegiado; la gente admira mis cuadros y está esperando mis exposiciones”, manifiesta. Después de su permanencia en el Torreón de Lozoya, irá a Santa María la Real de Nieva y después a Cuéllar. Lope, un nombre con resonancias antiguas. Lope, el pintor de la Segovia eterna.
Fuente de la noticia: El Adelantado de Segovia, 15 de Abril de 2012

