Viernes, 11 Septiembre 2026

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Unamuno la retrató como "una joya medieval brotada del suelo que parece caída del cielo": una villa con 7 puertas que se considera el museo vivo más grande del mundo

Unamuno viajó por muchas partes de España, pero hubo algunas que quedaron grabadas en su memoria como Salamanca y este pueblo segoviano.

El escritor y filósofo Miguel de Unamuno fue uno de los primeros españoles en viajar y apreciar su propia tierra. Nació en Bilbao, en 1864, pero se enamoró de tantos rincones que la vida se le hizo corta para disfrutar de todos ellos como hubiera querido. En Por tierras de Portugal y España escribió: "Estas excursiones no son solo un consuelo, un descanso y una enseñanza; son, además, y acaso, sobre todo, uno de los mejores medios de cobrar amor y apego a la patria".

Era un gran enamorado de España -y Portugal- y, en general, de los viajes para empaparse de la esencia de cada lugar. "Yo no sé si será que en mí, como en casi todos los hombres, duerme el nómada, el peregrino andariego y errante", dijo una vez. En el Romancero del destierro incluye sus lugares queridos y, entre ellos, hoy destacamos Sepúlveda, en Segovia, "una joya medieval brotada del suelo que parece caída del cielo".

El filósofo encontró en Sepúlveda un hogar gracias a su amigo Francisco de Cossío, que fue subdirector de ABC y director de El Norte de Castilla desde la década de 1930 hasta su destitución en 1943. Con él intercambiaba cartas y pensamientos y alguna que otra visita recíproca. Se sabe que visitó varias veces aquella zona y describió el pueblo con gran admiración debido a su aspecto "más pintoresco que gráfico", en sus propias palabras.

Sobrenombres para una villa pintoresca

Esta villa medieval recoge a la perfección toda la esencia de Castilla, una de las comarcas españolas preferidas por el escritor. Aunque él ya apreció su belleza mucho antes, en 1951 se declaró Conjunto Histórico-Artístico para proteger la preciosidad que compone su casco antiguo. Son menos de mil almas las que habitan este pueblo, pero cada fin de semana se llena de curiosos procedentes de los alrededores para admirarlo igual que hizo Unamuno.

Es, sin duda, uno de los pueblos más bonitos de España, enclavado además en un entorno natural sin parangón, las Hoces del Duratón. Aúna historia, arte, gastronomía, naturaleza y cultura en un pequeño espacio y, por eso, se le ha llamado en numerosas ocasiones el "museo vivo más grande del mundo". Aunque el sobrenombre más curioso es el de "villa de las siete puertas y las siete llaves", algo que hoy es solo anécdota pero en su momento fue muy real.

En el siglo X se levantó una muralla medieval que contaba con siete accesos principales. Cada puerta tenía una cerradura distinta y, por tanto, una llave con la que abrirla. Según la tradición, se guardaban en el Ayuntamiento y se repartían entre personas de mucha confianza para que pudieran abrirlas todas a la vez en momentos muy concretos. Ahora, las siete llaves forman parte del escudo del municipio, recordando esa historia que todos los vecinos conocen.

El pueblo retratado por artistas

Todo amante del arte podrá reconocer sus calles incluso antes de pisarlas, puesto que artistas como Ignacio de Zuloaga o Lope Tablada las inmortalizaron en sus obras. Comenzando por la plaza Mayor, parcialmente porticada y sorprendente por su ubicación extramuros. Las puertas que se mantienen en pie son la Puerta del Azogue, la Puerta del Río -la mejor conservada y entrada al barrio de San Esteban- y la Puerta de la Fuerza, que abre paso al Duratón.

En lo alto de Sepúlveda, la iglesia de San Esteban, que se considera una de las referencias esenciales del arte románico del pueblo. Además de la iglesia de Nuestra Señora de la Peña, del siglo XII; la de San Bartolomé, actual parroquia; la de San Salvador o la de Santiago, con un ábside mozárabe de ladrillo y una cripta subterránea con tumbas antropomórficas excavadas en la roca que la diferencia de otras. Una historia eterna que se extiende hasta el Museo de los Fueros.

Sepúlveda se ha mostrado a través de los ojos de Unamuno, de Tablada, de Zuloaga y de una infinidad de nombres que quedaron prendados de su belleza. Y no es para menos, porque además, no termina en el propio pueblo, sino que se extiende hasta su entorno. Las calles y edificios de piedra parecen nacer de esas Hoces del Duratón aprovechando cada recoveco y cada despiste de la naturaleza para hacerle la competencia en lo que a belleza se refiere.

Lidia Lozano