La novena de la Virgen de la Peña estuvo marcada el año 2013 por la desaparición de Toño Calleja. El pueblo entero se volcó en su búsqueda y pudimos ver una excepcional muestra del cariño que se le tenía y de la consideración y afecto a su familia.

Durante aquellos días, que pasé fuera de Sepúlveda y pendiente de la búsqueda, pensé mucho en lo extraña que es la vida repartiendo felicidad. Unos seres que parece que nacen con todo a su favor pasan por la vida con más pena que gloria y otros, con muchos menos dones “a priori” son felices y queridos por toda la gente.
Toño tuvo la gran suerte de nacer en una familia que pese a sus problemas, o quizá por ellos, le ha querido inmensamente. Su madre vivió pendiente de él hasta su muerte, dándole un amor infinito y rodeándole de cuantos cuidados materiales se pueden dar a un hijo. Me decía mi hermano Paco que su padre le llevaba con él cuando se iba en el camión y que todos los chicos del pueblo le tenían envidia , tanto por ir en camión, como por el caso que le hacia su padre y el tiempo que le dedicaba, cosa infrecuente en los padres de entonces. Él los quería de igual manera.
La muerte de su madre podía haber significado el desarraigo de Sepúlveda o la falta de afecto, muchas veces sucede, pero su hermana Nati, junto con Esteban y sus hijos le llenaron del mismo afecto y cariño que tuvo con sus padres. Toda esta familia ha sido extraordinariamente generosa en sus cuidados y gracias a ellos cada vacación podía volver a “su Sepúlveda” como el resto de los que vivimos lejos.
Cada sepulvedano tenemos recuerdos de Toño, de la fantástica memoria que tenía, de cómo nos relacionaba con nuestros respectivos amigos y familiares y sobre todo de las muestras de afecto cuando te veía por primera vez tras las vacaciones. Su mano extendida era el reconocimiento de que ya estabas en Sepúlveda. Siempre sabía dónde estaba todo el mundo y siempre te indicaba con certeza hacia qué lugar dirigirte si andabas despistado. Sus ojos observadores controlaban lo que sucedía y lo guardaba en un cerebro que, si hubiera nacido en esta época, hubiera podido manifestarse con la palabra. Recibió el afecto de todo el pueblo y su búsqueda fue una muestra de ello.
Lo imagino ahora mirando desde un lugar privilegiado los ríos, las huertas, la plaza, las gentes, el ajetreo de las fiestas y la paz del invierno, gozando hasta el infinito de un espacio que recorrió tantas veces. Toño fue un ser que nació y murió envuelto en la luz del amor de los suyos y de los que le rodeábamos.
Como dice el poeta Jorge Manrique.” … aunque la vida perdió /Dejonos harto consuelo su memoria”.
Mª Antonia Antoranz Onrubia.

