Nacer en Madrid es para él una anécdota, porque presume de castellano y, sobre todo, de segoviano. En este sentimiento, José María Ballester, funcionario internacional, crítico de arte y gestor cultural, confiesa que le emocionó especialmente recibir en Valladolid, cuando se apeaba de un tren, aquella llamada del ministro de Cultura y Educación, Iñigo Méndez de Vigo.
Le habían concedido la Medalla de Oro de las Bellas Artes, el broche a medio siglo de trayectoria profesional a favor de la protección del Patrimonio; una tarea que impulsó desde instancias tan relevantes como el Consejo de Europa, donde ejerció como director de Cultura, Patrimonio Cultural y Natural durante casi 25 años. Pese a su curriculum impresionante, Ballester es hombre sencillo. Es más, antes de la conversación ya advirtió al entrevistador que le tutease.
La Medalla de Oro de las Bellas Artes. ¿Qué supone este reconocimiento? ¿Cómo conoció la noticia?
Fue una gran sorpresa. Ni lo imaginaba. Estoy muy agradecido al Consejo de Ministros. Creo que el reconocimiento no va a mi persona, sino al hecho de que yo esté a punto de entrar en el medio siglo de trabajo en el Patrimonio. Bajaba de un tren en Valladolid cuando me llamó el ministro de Educación para darme la noticia.
¿Y qué se le pasó entonces por la mente?
Pensé inmediatamente en todas las personas que me ayudaron, desde mi juventud. He tenido la suerte de estar en un ambiente y vivir situaciones que lo han hecho posible. Ya decía Ortega que somos nosotros y nuestras circunstancias y yo he tenido una circunstancia muy favorable porque he estado en momentos claves de la historia contemporánea, en el Consejo de Europa, por ejemplo, cuando cayó el muro de Berlín.
¿Recuerda cuál fue la primera vez que escuchó la palabra patrimonio?
La primera vez que tuve conciencia de patrimonio cultural fue también aquí en Segovia. De muy pequeño yo veraneaba en Sepúlveda, de esos veraneos de antes, de tres meses (se ríe). Mi padre, que fue una de las primeras personas que forjó mi sensibilidad, se enfadó un día por el deterioro de la iglesia de El Salvador. Tuve la suerte de tener un roce muy próximo con el Marqués de Lozoya, con Felipe Peñalosa, que eran personas que constantemente te iban afinando la sensibilidad hacia estos temas. Recuerdo conversaciones con Lozoya, paseos con Felipe, que no terminaban nunca…
En esos 50 años usted ha estado presente, e incluso ha sido protagonista, como responsable de instituciones muy importantes, de momentos históricos relacionados con el patrimonio. Dígame, ¿qué recuerdos vivos tiene? ¿De qué se siente más orgulloso?
Recuerdos vivos, muchos. Empecé mi vida profesional en el Diario Madrid, con Antonio Fontán. Allí iniciamos una acción sobre el patrimonio cultural que no era frecuente en la prensa de la época, dedicar artículos grandes, polémicos… Luego me llamó Luis María Ansón en “Blanco y Negro” que él inició y allí puse en marcha la primera sección fija que hubo en la prensa periódica española, de arquitectura, patrimonio cultural y urbanismo. De aquella época quedan muchas batallas.
¿Y en el Consejo de Europa?
Luego, cuando llegué al Consejo de Europea, viví un momento apasionante. Se acababa de celebrar el ‘Año Arquitectónico Europeo’ y comenzaba toda la evolución de las políticas de Patrimonio en Europa. Mi mesa se convirtió en observatorio, laboratorio y en conservatorio de esa evolución de las políticas de Patrimonio. Era la persona que recibía [propuestas] de los Estados, de los gobiernos, y tenía que convertir eso en acción. Fue una época maravillosa. Es la época en que en Europa se desarrollaron las políticas de Patrimonio.
Hicimos tres tratados internacionales, el Convenio de Granada sobre el Patrimonio arquitectónico, el Convenio de Malta sobre el Patrimonio Arqueológico, y sobre todo el Convenio Europeo del Paisaje, que tuvo una enorme aceptación en toda Europa. Eso es un fortísimo recuerdo que, aunque no lo crea, tiene mucho que ver con Segovia. De las conversaciones con el Marques de Lozoya, con Felipe Peñalosa y con Leandro Silva, que fue amigo entrañable, adquirí una gran sensibilidad por el paisaje. Fueron discusiones y debates muy útiles, porque cuando llegó el momento, lo pude trasladar a los gobiernos europeos.
Entonces, el contacto con Segovia ha sido fundamental…..
Tenía una inclinación natural, como son todas las vocaciones. Lo que ocurre es que esa inclinación natural se matizó y se forjó. Para mí Segovia ha sido clave y continúa siéndolo. Cuando estaba en Estrasburgo decía que yo era un español que además era, sobre todo, de Castilla y León. Tenía un gran plano de Segovia que hizo José Miguel Merino en mi despacho. Segovia siempre ha estado muy presente..
¿Qué otros momentos importantes le vienen a la memoria?
Otro momento importantísimo es cuando cae el muro de Berlín. De repente el continente europeo se abre, recupera la realidad, y nos damos cuenta de que ese espacio nuevo lo conocemos mal. El telón de acero también se aplicaba en el conocimiento y de repente cae el muro y todo ese mundo se abre ante mí. Tuve una oferta de un puesto muy bonito que me hizo el Gobierno español y la decliné según la escuchaba porque quería quedarme, comprendí que era un momento histórico y que me misión estaba allí.
Fui, por ejemplo, el primero que inicié programas de asistencia técnica en Cracovia, en Polonia. Empecé a ir a los países. Hice entera la guerra de los Balcanes. Viajé a Croacia, Bosnia… recorrí todos los frentes tratando de evitar que la guerra destruyera el patrimonio. Era un poco díscolo y los militares tenían miedo porque iba a mi aire. La Catedral de Sibenik, en Croacia, que yo visité cuando era bombardeada. Tenía la huella de un terrible pepinazo en la cúpula. Es una catedral renacentista y por fortuna se arregló.
Recuerdo también en Osijek, también en Croacia, donde había una estupenda ciudadela vacía de fuerzas militares. Era el puro frente de guerra. Me llevaron a ver las esculturas de dos santos que habían perdido la cabeza, situados en lo alto de la catedral. Le dije a la ministra que santos sin cabeza hay en todas catedrales de Europa y que cuando la guerra acabase les pondrían la cabeza. A mí lo que me preocupa, le dije, es que he visto personas leyendo su tesis en sótanos de casas con velas y aquí lo que hay que hacer es reconstruir la universidad. Les propuse utilizar la ciudadela para poner la universidad. Y salió el proyecto. Al principio no me creían.
Fuente de la noticia: El Adelantado de Segovia, 17 de Enero de 2016

