Miércoles, 26 Agosto 2026

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Corinto y Oro: “La Serna, ha vuelto usted a envenenar el toreo”

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Trascendente afirmación del crítico taurino en un artículo de La Voz, el 9 de mayo de 1932, aplicada al toreo de puro arte del diestro sepulvedano Victoriano de al Serna Gil.

Ahora, en tiempos de mayor calma taurina, al menos en nuestro entorno geográfico, bueno es sacar a la luz algunas etapas de esplendor de nuestros toreros de fama, que en su respectiva trayectoria tuvieron sello propio de calidad reconocida. El primero fue Victoriano de la Serna Gil, de quien hacemos referencia con un artículo publicado en La Voz por el renombrado crítico taurino ‘Corinto y Oro’. “La Serna, ha vuelto usted a envenenar el toreo”. Otro hombre revolucionario ha vuelto a envenenar la fiesta de toros en la corrida de ayer, y precisamente cuando la corrida estaba a punto de expirar. Este hombre es Victoriano de la Serna, que no es sevillano, ni siquiera madrileño, puesto que ha nacido en el corazón de Castilla la Vieja... Pero salió el sexto toro, un castaño de bonita estampa, codicioso y pastueño y... el toreo volvió a envenenarse otra vez, como se envenenó en el año 1913. ¡ Qué no haría con ese toro el loco torero de Castilla la Vieja”.

En cuanto pisó la arena el noble bruto, La Serna se descaró con él precipitadamente en el tercio del 2, y el caos. El caos, al ver a aquel hombre substantiva, gramaticalmente, clavado en el suelo, con las piernas en ángulo y sin mover un pie en las cuatro arrancadas que le dio la bestia; el caos al ver aquel capote también a ras de suelo, que se llevaba al toro de un lado para otro con una suavidad, una elegancia y un arte nunca vistos, y aquellos brazos movidos con la misma lentitud de derecha a izquierda; el caos al trazar aquella maravillosa media verónica en la que el toro tomó la forma de una pescadilla (como a las pescadillas estamos acostumbrados a verlas), rodeando la cintura del torero; y el caos al ver a los catorce mil espectadores que abarrotaban la plaza, en pie, entregados a un verdadero delirio que simbolizó una ovación y un olear de verdadero frenesí.

La revolución ya estaba armada, pero aún debíamos esperar con el natural interés la faena de muleta, que Victoriano ofrendó al querido camarada, el popularísimo poeta de la democracia madrileña Antonio Casero. La revolución tiene un empalme. El torero sale paso a paso, con la muleta plegada sobre la mano izquierda, y llama la atención del toro, que sigue embistiendo bien, aunque adelanta un poco por el pitón izquierdo. El bicho se arranca, el torero espera, da un quiebro de cintura en la reunión y comienza con un cambio emocionante. Inmediatamente despliega la muleta y prepara el pase natural, que no sale limpio por el defecto del toro. Cambia de mano, y el caos otra vez; sobre la derecha ejecuta una labor formidable, que se compone de cuatro muletazos bajos , llevando al cornúpeto con el hocico matemáticamente adherido a los vuelos de la franela; de tres altos, dos de pecho, en los que el toro, de pitón a rabo, roza la cintura del torero, y otros dos bajos también, en los que hombre y bestia forman un sólo cuerpo.

Pero en estos dos pases no se ha tramitado el eterno muletazo de parar y cargar la suerte, no; estos dos muletazos son tan excepcionales, tan desconocidos en todas las épocas del toreo, que el lidiador se ha quedado convertido en una verdadera estatua, mientras el toro ha ido y vuelto en el viaje sin que el torero descomponga su figura ni se tome un nuevo centímetro de terreno para prepararse contra el ímpetu y la fuerza del adversario; es decir, sin preocuparse de una posible cogida. La multitud que apenas ha tenido tiempo de reaccionar en pro de un sosiego necesario, vuelve a desbordarse en esa asombrosa faena de muleta, y el entusiasmo que produce este segundo acto de envenenamiento del toreo es francamente indescriptible. La estocada corta tiene por remate la faena y la vida del castaño codicioso y pastueño, y la ovación final se hace imponente, avasalladora.

Fuente de la noticia: El Adelantado de Segovia, 20 de Enero de 2016