Huérfanos de ídolo

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El pellizco no despierta la pesadilla. El sol sale cada día, pero aquí no brilla. Aunque el calendario sigue tachando fechas, el tiempo se paró hace cinco años. Fue en Teruel, una plaza que debía izarlo hacia el púlpito de las grandes ferias y, desatinos del destino, lo convirtió malintencionadamente en leyenda. Un mar de lágrimas.

Si hay algo arduo e incandescente es echarte a escribir cuando el cerebro deambula en ‘shock’. Nadie quiere tener una pluma para contar el fin del mundo. Nadie se ofrece a cambiar el papel.

En efemérides de este calibre la tristeza inunda al por mayor. Sin embargo, la figura de Víctor Barrio, en este caso, evoca antónimos. Alegría, empatía, naturalidad… Esa sonrisa. Así le gustaría a él que le recordaran, pero es que así le recuerdan.

¡Qué fácil era ser conocido suyo! Imagínate ser amigo. La mano de aquel joven de Grajera que decidió ser torero era de los demás: siempre estaba para los suyos y para los otros. Un tío, que dicen. Sencillo, oportuno, cuidadoso con los detalles… En el patio de cuadrillas no era uno más. Era una brisa de saber estar, mientras la responsabilidad comía por dentro.

La cabeza de un torero es un entramado de coordenadas que unen los puntos cardinales de la seriedad. Hay quien dice que tienen muebles en la cabeza para tenerla amueblada delante de la cara del toro. Lo cierto es que es un baúl de conciencia en el que cada tarde buscan ofrecer lo mejor de sí mismos, mientras el miedo barrunta de forma tangible. En esos momentos, uno solo piensa en uno. Algo así como acercarse al egocentrismo y querer echarse una manta invisible.

Así son la mayoría de los toreros antes de hacer el paseíllo, pero nadie recuerda en ese saco a Barrio. Él bajaba del furgón y era una alfombra desplegada para dar la bienvenida al público y, en especial, a los ‘barrieros’. Recibir ‘suerte’ de los suyos era una estampita más para la capilla. Qué fácil es ser amable en esos momentos; qué difícil es verlo.

Barrio le enseñó al toreo. Rompió el estigma de la edad a la hora de empezar en esto, coronó el escalafón de novilleros y se asomó al retrovisor de los que tienen su sitio en el circuito de postín. Fue además el último gran suceso segoviano, al igual que ocurriera con aquel Pedro Delgado que ganó el Tour de Francia en 1998 o ese Caja Segovia que se convirtió en campeón de Europa y del Mundial de Clubes en el 2000.

Una legión de seguidores se desplazaba cada tarde para ir a verle y cada tarde era distinta. Su concepto clásico y su forma de improvisar eran un combo ganador. El final, casi siempre el mismo resultado: ‘hachazo’ -como los de Perico– y puerta grande. Se partía el pecho en cada faena hasta que le partieron el corazón. ¿Dónde estaría Barrio ahora? A nadie le cabe la duda de que iba a ocupar un sitio importante en las ferias. Desde entonces han pasado cinco años y Segovia quedó huérfana de ídolo.