Lunes, 31 Agosto 2026

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La transfiguración del teatro

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Cuando en el teatro se levanta el telón, los espectadores cambiamos nuestra realidad por otra hecha de magia y fantasía. Hay quien dice que entonces sucede algo que no se termina, que ya no va a terminarse nunca. Otros, que se crea la expectación de algo que no va a llegar a suceder, pero es una espera que también nos va a acompañar constantemente.(Por eso los espectadores que veían hasta doce veces en Londres "La Ratonera" de Agata Christie, ¿acaso habían salido o no de la primera función?).

Si hacemos un cotejo con el cine, la transmutación que la escena implica nos resalta más vigorosamente aún. Pues los actores de las películas están lejos, casi nunca los conocemos en persona. En cambio a los del teatro hemos podido verlos unos minutos antes, a la entrada o en los pasillos. Y en el escenario, no dejamos de saberlos de carne y hueso, aunque su realidad sea allí otra. De ahí que resulte más sorprendente la consecución del inaudito resultado de que hablamos.

Algo que yo, en el crepúsculo de una vida ya larga, no he sentido nunca tan intensamente como al ver a mis jóvenes paisanos, al conjuro de la sabiduría apasionada de Carmina López, representar en el Teatro Bretón de Sepúlveda "La venganza de don Mendo", de Pedro Muñoz Seca. (No es una casualidad que la taquilla sea destinada a la cabalgata de Reyes).

Leo que esta obra, ya casi centenaria, estrenada el año 1918, es de las cuatro más representadas en España desde entonces. Las otras son dos dramas clásicos, "La vida es sueño" y "Fuenteovejuna", y el "Don Juan Tenorio" de Zorrilla. Se me viene a las mientes la observación de Chesterton de que el pueblo no tiene mal gusto. De lo que sí se deja llevar es de unas preferencias por ciertos géneros. Pero dentro de ellos sabe escoger lo mejor.

Muñoz Seca, y esta pieza en concreto, venían como anillo al dedo a la ya reputada especialidad de esta agrupación sepulvedana en la fuerza cómica. Pero se trataba de un desafío, precisamente por los méritos escénicos de la obra elegida. Baste pensar en su agilidad, la sucesión vertiginosa de los cambios, la necesidad de adaptarse continuamente a los distintos registros del verso. Pero estuvieron a la altura requerida. Tanto que, como cronista de mi lugar y el suyo, muy pocas páginas me ha tocado escribir con tanta delectación como ésta.

Lo mismo que esa otra, felizmente continuada, de la teatralización de la villa que ofrece la "Sepúlveda viva" de Ana Herrero. Una dinamización, una animación de las piedras, de las calles y de los rincones. Esa misma magia de la escena pero sacada fuera de las tablas, conquistando los monumentos y la topografía toda haciendo un escenario del casco intra y extramuros. El plano transfigurado pero sin desnaturalizarse. Conseguida para el visitante otra dimensión. La vuelta a la vida de la Sepúlveda medieval, y de su forzosa y complacida heredera la Sepúlveda de 1900.

Como que tengo la osadía de confesaros que estas consecuciones me han hecho cambiar de profeta, y perdonad el desenfado, al pensar en la hora actual de nuestro pueblo. El espectro de su despoblación y la de su comarca me hace recordar a veces "la abominación de la desolación" de Daniel. Pero estos tónicos de la imaginación me traen a la memoria el diálogo en el relevo de la guardia de las murallas de Jerusalén que nos transmite Isaías:

"-Centinelas, ¿qué habéis visto durante la noche?. -Hemos visto venir la mañana".

Fuente de la noticia: Artículo de opinión de Antonio Linage Conde publicado en El Adelantado de Segovia, 12 de enero de 2014