Cuando empezamos a descubrir Madrid, comprobamos que la capital del reino no sólo también tenía su estatua de Daoíz y Velarde, como Segovia, sino que presidía uno de los lugares más animados de la ciudad, la plaza del 2 de mayo, que es de lo primero que conocen los estudiantes de todo el mundo que llegan al Foro por ser lugar ideal para el chateo. Si nuestros Daoíz y Velarde eran héroes trágicos, cuyo recuerdo monumental estaba aislado en el centro del impresionante, geométrico y, en ocasiones, cerrado jardín del Alcázar, es decir, personajes a los que se iba a visitar metafóricamente los domingos y de traje, los Daoíz y Velarde madrileños eran la joya que coronaba ni más ni menos que Malasaña, uno de los barrios más populares del Foro, y una de sus plazas más públicas y juergueras.
Los Daoíz y Velarde de Malasaña (otra heroína de la guerra contra los franceses, prueba de lo marcada que está la memoria de Madrid con 1808), los que nos acompañaban cuando íbamos a tomar cervezas al principio del verano, daban por eso la impresión de ser mucho más colegas que los de aquí, más populares. Así se demostró, por ejemplo, cuando la plaza del 2 de mayo se convirtió en uno de los lugares esenciales de la famosa movida, y símbolo de modernidad y trasgresión. Impensable asociar esas ideas a nuestros héroes, embalsamados en cierto modo en la belleza de los jardines del Alcázar.
Sí, los apocalípticos opinarán que dice mucho de nuestro tiempo que lo que hace doscientos años era el cuartel de Monteléon, allí donde el pueblo fue a pedir armas para luchar contra el invasor, hoy se haya convertido en una plaza de terrazas, ocio y diversión, donde de vez en cuando tienen que aparecer los municipales para vigilar que las litronas no cubran el paisaje urbano. Pero no se puede negar no hay mejor metáfora de la evolución de un pueblo desde su lucha por su identidad hasta su consolidación como sociedad moderna en la que el problema es dónde y cómo se divierte la juventud.
Este fin de semana hemos tenido recreación del sarao, lo que nos ha permitido saber que existen los 'recreadores', que se dedican a esto de la reconstrucción teatral histórica. Por cierto, qué gracioso que lo que vayan a tomar sea la Casa del siglo XV, seguro que por su talante liberal y moderno: arte de vanguardia: ¡a por ellos!
Nuestros Daoíz y Velarde son otra metáfora. Su figura es ejemplar, pero no están tan arraigados en el pueblo como en Madrid. Son más solemnes, más institucionales, más vinculados a la historia de la Academia de Artillería que a la propia memoria popular segoviana. Está bien que recordemos lo que significó su actitud, pero nosotros somos más de Juan Bravo, es él quien simboliza nuestra idea de la libertad y de la lucha contra la opresión política. No hay que olvidar que, como hace poco ha venido a recordar un historiador, en Segovia el pueblo tuvo una actitud más bien sumisa contra el invasor francés. Así que, entre los franceses por un lado y los guerrilleros por otro, bastante hicieron nuestros conciudadanos con sobrevivir.
No obstante, eso no impide que nuestras tierras, sobre todo la provincia, fueran marco de las andanzas del guerrillero más mítico, hasta el punto de que su mote ha pasado al diccionario de la RAE, el famoso Empecinado, que en Sepúlveda, Pedraza y Santa María la Real de Nieva luchó contra los franceses dejando notable huella. Pero además de patriota, El Empecinado era un liberal de tomo y lomo (que antes era como decir súper progresista, nada que ver con el hoy) uno de los pocos que apoyó a Riego y que se creyó lo de las Cortes de Cádiz («si no hubiese querido Constitución que no la hubiera firmado», dicen que le respondió a Fernando VII, cuando le propuso sumarse a su bando), y por eso al final se lo cargaron sus propios compatriotas, los del otro bando.
Sí, los apocalípticos opinarán que dice mucho de nuestro tiempo que lo que hace doscientos años era el cuartel de Monteléon, allí donde el pueblo fue a pedir armas para luchar contra el invasor, hoy se haya convertido en una plaza de terrazas, ocio y diversión, donde de vez en cuando tienen que aparecer los municipales para vigilar que las litronas no cubran el paisaje urbano. Pero no se puede negar no hay mejor metáfora de la evolución de un pueblo desde su lucha por su identidad hasta su consolidación como sociedad moderna en la que el problema es dónde y cómo se divierte la juventud.
Este fin de semana hemos tenido recreación del sarao, lo que nos ha permitido saber que existen los 'recreadores', que se dedican a esto de la reconstrucción teatral histórica. Por cierto, qué gracioso que lo que vayan a tomar sea la Casa del siglo XV, seguro que por su talante liberal y moderno: arte de vanguardia: ¡a por ellos!
Nuestros Daoíz y Velarde son otra metáfora. Su figura es ejemplar, pero no están tan arraigados en el pueblo como en Madrid. Son más solemnes, más institucionales, más vinculados a la historia de la Academia de Artillería que a la propia memoria popular segoviana. Está bien que recordemos lo que significó su actitud, pero nosotros somos más de Juan Bravo, es él quien simboliza nuestra idea de la libertad y de la lucha contra la opresión política. No hay que olvidar que, como hace poco ha venido a recordar un historiador, en Segovia el pueblo tuvo una actitud más bien sumisa contra el invasor francés. Así que, entre los franceses por un lado y los guerrilleros por otro, bastante hicieron nuestros conciudadanos con sobrevivir.
No obstante, eso no impide que nuestras tierras, sobre todo la provincia, fueran marco de las andanzas del guerrillero más mítico, hasta el punto de que su mote ha pasado al diccionario de la RAE, el famoso Empecinado, que en Sepúlveda, Pedraza y Santa María la Real de Nieva luchó contra los franceses dejando notable huella. Pero además de patriota, El Empecinado era un liberal de tomo y lomo (que antes era como decir súper progresista, nada que ver con el hoy) uno de los pocos que apoyó a Riego y que se creyó lo de las Cortes de Cádiz («si no hubiese querido Constitución que no la hubiera firmado», dicen que le respondió a Fernando VII, cuando le propuso sumarse a su bando), y por eso al final se lo cargaron sus propios compatriotas, los del otro bando.
Fuente de la noticia: El Norte de Castilla, 15 de Junio de 2008

