Muhamad ibn Abdallah ibn Abi Ahmir el Moaferi nació en el año 938, en Torasch, al sureste de la península ibérica. Era el año 316 de la Hégira del Profeta, que marca el inicio del calendario islámico.
Fue hijo de Abdallah, fiel consejero del Califa Abderramán III y de Boraiha, cuyo padre resultó ministro y médico de la corte, familia ilustre de antigua genealogía árabe de origen yemení, de la tribu Mâafir, establecida desde la conquista de Hispania en la costa de Algeciras, junto a la desembocadura del río Guadiaro.
En este lugar Tarik Ben Ziyad, el vencedor del rey Rodrigo, entregó unas tierras a su antepasado Abd Al-Malik, como premio a la destacada actuación de este oficial en las batallas contra los visigodos.
Desde niño mostró facilidad para las letras, con destreza en la poesía, según la opinión de los profesores en Córdoba, la capital del Califato; pero esa no era su vocación, se inclinó al aprendizaje de las armas del guerrero árabe.
Al concluir los estudios de Derecho, ocupó un puesto de memorialista en la Mezquita de Córdoba, donde pronto sobresalió e inició su carrera política, como escribano de la sala de audiencias del cadí jefe de la capital, Muhamad ibn al-Salim.
En el 967 se convirtió en administrador del príncipe Abderramán, hijo y heredero del califa Alhakén II y de su favorita, la vascona Sohbeyah, con la cual estableció una relación privilegiada. Convertido en director de la ceca, en 968 fue nombrado tesorero del Califa.
Al año siguiente resultó promovido a cadí de Sevilla y de Niebla, y en 970, a la muerte del príncipe Abderramán, pasó a ser wazir del Consejo y luego intendente del ejército.
Obtuvo el mando de la shurta (policía) y se convirtió en gran cadí de las posesiones omeyas en el Magreb, lo que le permitió establecer estrechas relaciones con los jefes bereberes.
Al fallecimiento del Alhakén II en 976, Almanzor era el indicado para ejercer la regencia, porque el sucesor designado, Hisham, nacido en 965, era demasiado joven: el novel monarca le nombró visir.
Con el apoyo de Sohbeyah, llegó a primer hayib para gobernar en nombre del califa omeya. Al año siguiente salvó al príncipe de un complot; desde ese instante se convirtió en el salvador de la dinastía y protector del Califa. Hisham fue recluido en el alcázar de Zahara. Almanzor trasladó la Administración a Medina Alzahira, su residencia personal.
Tenía asegurada la simpatía de la población y los juristas desde su boda con Asma, la hija del generalísimo Galib, por la restauración del orden en el reino, copiar el Corán con su propia mano y financiar las obras de ampliación de la mezquita de Córdoba, culminadas en el 987.
Almanzor envió al Zagreb, en el norte de Africa, un ejército al mando de su hijo Al-Malik para consolidar el dominio del reino de Al Andalus a ambos lados del estrecho de Gibraltar; la extensión del poder del caudillo cubrió un territorio de más de 700 mil kilómetros cuadrados.
Participó en varias campañas, donde demostró sus dotes militares. Ganó fama de gran guerrero por una vida consagrada a la contienda contra la expansión de los reinos cristianos de España.
En 25 años, entre 978 y 1002, realizó 56 campañas, todas exitosas, que confirmaron su título de Al-Mansur, el cual significa El Victorioso, el Almanzor nombrado con terror por sus rivales.
También fue un excelente poliorceta, es decir, conquistador de plazas fuertes; los castillos y ciudades amuralladas no podían detener el empuje y la habilidad del caudillo del Califato de Al-Andalus.
Sitió y tomó al asalto importantes bases de los reyes cristianos: en 981 Zamora; en 982, Zaragoza, perla de Aragón; en 984 a León, Astorga y Gormez, en tanto en 986 atacó Sepúlveda y luego se lanzó sobre Barcelona, la joya de Cataluña; en 987 asoló Coimbra al oeste, ciudad que él mismo reedificó después y conservó de marca fronteriza.
En el 987 tomó Atienza, Osma y Montemayor; en 988, Sahagún y Eslonza.
Diez años después capturó Braga y luego realizó su más sensacional expedición. Eliminó toda resistencia, llegó hasta Santiago de Compostela, en el extremo noroeste de la península.
Se llevó cuatro mil prisioneros y las campanas del Santuario, que se utilizaron durante siglos en la mezquita de Córdoba como lámparas de aceite, y ordenó respetar la tumba del Apóstol Santiago, símbolo cristiano, destino de peregrinos.
Entre 999 y 1002, llegó hasta el país vasco, al noreste, y se apoderó de Pamplona, venció en la batalla de Cervera en Cataluña y poco tiempo antes de morir arrasó San Millán de la Cogolla, al este de León, en lo que hoy es La Rioja.
Los especialistas discuten aún su participación y heridas en el reñido combate de Calatañazor, en Castilla, donde un ejército de navarros, castellanos y leoneses, dirigidos por Alfonso V de León, batió a los árabes.
Bajo su mandato florecieron las letras y las ciencias, en particular la medicina, la agronomía y la astronomía. Tenía por costumbre visitar las escuelas o madrasas, sentarse entre los alumnos sin permitir que se interrumpiera la lección, y entregar premios a maestros y alumnos que los merecieran.
A pesar de ser un jefe guerrero, Almanzor mantuvo la paz en el Califato de Córdoba, a su mandato militar en Al-Andalus logró darle una apariencia de República y una ejemplar estabilidad político-económica.
La justicia se administraba con respeto a las leyes y al Corán, creó obras públicas de beneficio popular, estableció una Junta de Senadores que le ayudó a ejercer el poder con moderación, acorde a las enseñanzas del Profeta.
Este guerrero y gobernante, el Carlomagno árabe para muchos historiadores, falleció el 9 de agosto de 1002 (380 de la Hégira) en Madinat al-Salim (Medinaceli), enterrado con la misma ropa que usaba en los campamentos, envuelto en un lienzo tejido por sus hijas con hilos de su hacienda de Torasch. Fue cubierto con el polvo recogido en los lugares de sus batallas, que Almanzor cuidaba de recoger y enviar a Córdoba, donde era guardado en arca perfumada. Honores militares y religiosos, similares al de un Califa caído en campaña por la mayor gloria del Islam, le fueron rendidos.
Detuvo e hizo retroceder el avance de los reinos cristianos del norte, lo cual permitió que el Califato de Córdoba conservara su esplendor como el estado más poderoso y próspero del mundo conocido en el siglo X.
Así brindó sus incomparables aportes al saber y la cultura universales. La presencia islámica en la península ibérica se consolidó de forma extraordinaria y por eso su herencia permanece hasta nuestros días.
La montaña más elevada de la Sierra de Gredos y del Sistema Central de la Península Ibérica, un hermoso pico de dos mil 592 metros de altura, situado en la provincia de Ávila, en el sector meridional de Castilla y León, se conoce como Plaza del Moro Almanzor.
Para conmemorar los mil años de su muerte, en Algeciras, la tierra natal, en el 2002, se erigió una imponente estatua que realza la imagen de guerrero invencible.
(*) Especialista de la Delegación de La Habana del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA). Colaborador de Prensa Latina.
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