Artículo de Estrella Martín Francisco para la sección "Personas que cuentan".
De aspecto grande y bonachón, aprendió desde niño a valorar la familia. De su padre y hermano mayor heredó el amor por la medicina y, como ginecólogo, se estableció en el hospital de Ponferrada combinándolo con una clínica privada. Desde que se jubiló, está escribiendo libros sobre su linaje y recorriendo parte de la geografía en busca de datos y parientes.
Naces en Sepúlveda y eres el pequeño de cinco hermanos. ¿Fuiste el niño mimado?
Sin lugar a dudas, fui mimado pero no consentido, porque me han dado sopapos por todos los lados. Pero siempre me he encontrado muy bien acompañado por mis hermanos, tanto aquí como después porque en seguida salimos de Sepúlveda.
¿Fue traumático salir de aquí?
Sí, porque fui interno a los Misioneros en Segovia. De estar acostumbrado a criarte en el pueblo, todo el día en la calle, rompiendo pantalones y alguna otra cosa más, por la noche, notabas la falta. No podías venir los fines de semana y te iban a ver una vez al mes, pero poco a poco te haces y terminas saliendo. El último año me expulsaron junto con Paquillo porque éramos un poco gamberretes, empezaba la hormona a subir y protestabas, pero fuimos de los pocos que aprobamos ese penúltimo año del Preuniversitario.
Estudias Medicina y Ginecología. ¿Por qué?
Siempre supe que quería hacer Medicina, fundamentalmente por mi padre. Mi hermano Tomás, que había hecho la carrera, me dijo que no fuera a Madrid porque era la perdición de los sepulvedanos, y me fui a Valladolid. Los primeros años la sangre sepulvedana salía y la juerga te gustaba. A partir de tercero y cuarto, empecé a salir con Carmen y a estudiar. Terminando el Mir, me casé. Tenía manía a la Ginecología y quería quitarme esa asignatura de encima. En El Clínico me pusieron un pijama y fui a hacer un parto. Aquello me emocionó, vi que era una especialidad muy completa y me di cuenta de que iba a ser la mía.
¿Cómo acabas en Ponferrada?
Tuve varias oportunidades, entre ellas me salió un tema importante en Kuwai. Podía venir dos días a la semana a Madrid, donde me ponían una consulta. También me dieron un accésit del premio María Espinosa. Pero yo quería hospital, lo pedí y me dieron Ponferrada. Mi suegra quería que fuéramos a Madrid, pero nos recibieron muy bien y el lugar me encantó. Allí éramos felices y teníamos mucha relación con la gente porque daba cursillos, conferencias… Estoy enamorado de El Bierzo, pero primero Sepúlveda. Tengo la suerte de que mis hijos se sienten bercianos y sepulvedanos, aunque nacieron en Madrid, pero de Madrid no dicen ni pío.
También montas una clínica.
Empezamos pensando en un Policlínico y terminamos haciendo un hospital con todo. Nos metimos todos hasta el cuello. Yo implanté la laparoscopia. En casa me monté una caja de entrenamiento, que me hice yo, con los chorizos, los pollos… Hasta el 2000 compaginé los dos sitios. Funcionábamos al unísono y en una estrecha colaboración porque nos hacíamos favores mutuos. Fueron años intensos de trabajo: partos, unidad de reproducción (de las primeras del noroeste de España), fecundación in vitro, cirugía… Mi mujer hacía conmigo tres turnos: hospital por la mañana, consulta por la tarde y dormíamos juntos. Disfruté, pero sacrifiqué el tiempo de mis hijos y de mi mujer que, si no es por ella, yo no podía haber hecho todo lo que hice. Aguantar a un Alonso se las trae, aunque ahora ya estoy suave.
Dejó de contar los niños que trajo al mundo cuando llegó a los mil y, aunque guarda momentos muy bonitos, también recuerda los complicados porque “los partos son muy puñeteros y se te puede morir una mujer en cinco minutos, aunque he tenido la suerte de robarle dos a la parca”. Luego está la parte de los niños que se mueren. Reconoce que “Son situaciones muy duras y hay palabras que hay que evitar”. Él aprendió mucho de la relación médico-paciente con su padre.
Sepúlveda siempre ha sido importantísimo en su vida, un fin de semana necesario en su calendario para devolver, a su pueblo y su familia, el tiempo que sentía que les debía. Y aparece el libro “La familia Alonso Gómez”, donde aparecen todos los integrantes con sus datos principales y fotografías.
¿Cómo te surge la idea de hacer el libro?
Entre todos hicimos una semblanza sobre mi padre que nos pidieron en el CEO de Sepúlveda, y que presentaron mi hermana Pili y mi sobrino Pablo. Este quería más información sobre la familia y yo le iba contando y él escribiendo. Empecé a tirar del ovillo y a comunicarme con la gente. Con casi todos establecí contacto, primero telefónicamente, pero fui a Valencia, Barcelona, Bilbao… Con los de Brasil no pude contactar, de la familia de Barbolla no tenía ni idea, por ejemplo. Yo digo que es un directorio más que un libro.
Has investigado sobre seis generaciones, ¿qué cambios has visto en la familia y qué has aprendido?
Empiezas viendo los momentos históricos, y te das cuenta cómo han evolucionado los 150 últimos años en España. La familia ha progresado desde un mundo rural precario, donde trabajan las tierras de otros y, poco a poco, van haciendo su patrimonio y sufren la diáspora. La abuela Santas enseguida les espabilaba y se van fuera, se acomodan al medio y triunfan porque son trabajadores. Hay un grupo que va a Madrid y se dedica a oficios que les permiten vivir muy bien. En la siguiente generación aparecen universitarios, hombres de negocios, economistas, hasta consejeros del gobierno cántabro. Es una familia normal que se puede extrapolar y es una representación de toda la sociedad: parte de cero, gana peldaños y se sitúa a todos los niveles. La gente evoluciona a pesar de los regímenes políticos. Para mí es una conclusión importante, la familia siempre tira para adelante como ha sucedido con los incendios, la Dana… El españolito de a pie, ve un problema y va a ayudar y esto lo he podido ver muy claramente.
Tu padre os trasmitía que teníais que ser como un clan, ¿qué entendías tú por eso y crees que lo habéis conseguido?
Yo creo que lo que decía es que había que trasmitir las relaciones familiares más allá de la familia, y yo creo que se ha conseguido. Otra es el tema del amor por Sepúlveda. Se han dado circunstancias que no son fáciles como que todos quieren venir, que los primos son amigos y lo mismo los nietos.
Ahora está con el libro de los Ortiz, prácticamente terminado y con historias interesantes para dos novelas. “No quiero que se pierdan las cosas y para mí la familia es importante, la base de todo”. Estos trabajos le han permitido descubrir a familiares desconocidos y compartir ratos con ellos, tanto que los nietos de Basilio Alonso Gómez le dieron una placa de agradecimiento (que todavía le emociona) por su investigación : “Gracias, Jesús, por recuperar la memoria de nuestra familia, por hacerla de vuelta al presente”.
Estamos en su bodega, lugar importantísimo para los Alonso, donde no podemos irnos sin compartir un vino y ricas viandas. Aquí tienen un papel muy importante las siete llaves, el rincón de Angelito, memorias y recuerdos inolvidables de familia y amistad. Siempre con el legado de Tiburcio Alonso que les hizo amar a su familia y su pueblo.
Estrella Martín Francisco
