«Amor pétreo», la obra premiada, una historia de amor ambientada en la villa y las Hoces del Duratón que une los sentimientos, la naturaleza y la superación de las barreras de comunicación.
La escritora Laura Crespillo, profesora de Literatura residente en Madrid, ha sido la ganadora del II Certamen Nacional de Relato Romántico «Mayte Esteban» con su obra «Amor pétreo». El premio se entregó el pasado 17 de octubre en el Teatro Bretón de Sepúlveda, durante una gala que reunió literatura, teatro y reivindicación del mundo rural.
El certamen, organizado por el Ayuntamiento de Sepúlveda y la Asociación Pueblos Globales, con el apoyo de la Fundación Caja Rural CajaViva de Segovia, recibió más de medio centenar de relatos procedentes de distintos puntos de España. En esta segunda edición, los participantes debían ambientar sus historias en Sepúlveda y ofrecer un desenlace feliz o esperanzador.
«Amor pétreo» cuenta la historia de Mateo y Lucía, una joven sorda de nacimiento, cuyo vínculo sentimental encuentra un reflejo en una pareja de chovas piquirrojas que habita los cortados del Duratón. A través de sus protagonistas, la autora aborda el amor, la comunicación y el arraigo a la tierra, convirtiendo el paisaje sepulvedano en parte esencial de la narración.
El certamen, que celebró su primera edición en Navares de las Cuevas, pretende dar visibilidad a la literatura romántica y a los pequeños municipios de la comarca nordeste de Segovia. En esta convocatoria, Pilar Muñoz resultó finalista con «La octava llave».
A continuación, reproducimos íntegramente el relato ganador, respetando el texto original facilitado.
AMOR PÉTREO
Por Laura Crespillo — Primer premio del II Certamen Nacional de Relato Romántico «Mayte Esteban»
En Sepúlveda, cuando el invierno se pone pesado, parece que no se va a quitar nunca de encima. Las calles huelen a humo de leña y el frío te corta las orejas. Mateo era un tipo de complexión ancha, con unas manos curtidas que parecían hechas de la misma caliza que los farallones del Duratón. Mateo era como el terreno que pisaba: terco, de pocas palabras y con una lealtad que rozaba lo obsesivo. Sobre todo por Lucía. Ella era pequeña, con unos ojos rápidos que compensaban el silencio en el que vivía. Lucía era sorda de nacimiento, pero su mente era un hervidero de colores. Tenía el pelo castaño, siempre revuelto por el viento, y una forma de mirar que te desnudaba. No oía el mundo, pero lo sentía en las vibraciones de sus pies.
Mateo recordaba el día exacto en que ella se le quedó grabada como una marca de hierro. Fue hace años, durante las fiestas de los Toros. La plaza era un hervidero de gritos que Lucía no oía, pero que percibía como un zumbido eléctrico en la nuca. Ella estaba sentada en un peldaño de piedra, ensimismada con un helado de mantecado, cuando una tropelía de mozos empujó a la gente. El helado salió volando y terminó estampado contra su vestido de domingo.
Mateo, que entonces era un chaval de rodillas sucias y pocas luces, vio cómo Lucía se quedaba petrificada. No gritaba, pero sus ojos se llenaron de una rabia líquida que le dio un vuelco al estómago de Mateo. Él se acercó, nervioso, pisando los restos del helado. Sacó un pañuelo que llevaba en el bolsillo, arrugado y con restos de serrín de la carpintería de su tío. Se puso frente a ella y, por primera vez, entendió que tenía que hablarle de otra forma. Se arrodilló para que ella pudiera verle la cara, le limpió el manchón con torpeza y, exagerando el movimiento de los labios, le soltó: «No llores, que pareces una chova desplumada».
Lucía, que hasta entonces lo veía como a uno más del montón, se fijó en la seriedad de aquel chico que olía a madera cortada. Leyó sus labios y soltó una carcajada limpia, una vibración que Mateo sintió en sus propios huesos. Desde aquel día, para él ella fue "mi pequeña saltarriscos", y ella le puso un mote en lengua de signos: un puño cerrado golpeando la palma de la mano. Era "su pedrusco".
Ahora, con la primavera asomando y el sol empezando a acariciar las rocas con un poco de ganas, Mateo se pasaba las horas en los cortados observando a la pareja de chovas piquirrojas que habían hecho de un saliente su castillo. Eran una visión magnética: el plumaje de ambas era de un negro tan puro y brillante que, cuando les daba la luz de lleno, sacaban unos reflejos azulados, casi metálicos, como si estuvieran vestidas de gala para un baile eterno. Pero lo que de verdad las hacía especiales eran sus picos y sus patas, de un rojo coral tan intenso que parecía que alguien las hubiera sumergido en un bote de pintura fresca justo antes de echar a volar.
El macho era puro nervio, un exhibicionista con un corazón que le latía a mil por hora. No podía estarse quieto. Mateo se reía al verlo: el pájaro se lanzaba al vacío desde lo más alto del cañón, cerrando las alas para caer como una piedra, solo para abrirlas en el último suspiro y remontar el vuelo con un giro acrobático que desafiaba a la gravedad. Lo hacía una y otra vez, graznando con fuerza, con un entusiasmo casi infantil. Era su forma de decirle al mundo, y sobre todo a ella, que no había nadie más fuerte ni más valiente en toda Sepúlveda.
Ella, sin embargo, era la calma que sostiene el universo. Mientras él hacía el tonto por los cielos, la hembra permanecía en la repisa de la roca, con una elegancia serena. Tenía la cabeza un poco ladeada, observando las locuras de su compañero con una paciencia infinita, como si supiera que toda esa energía de él solo tenía un objetivo: cuidarla. A veces, cuando el macho aterrizaba a su lado, todavía agitado por el esfuerzo, ella se acercaba con un movimiento suave y le atusaba las plumas del cuello con el pico. Era un gesto de una delicadeza absoluta, una forma de decirle que ya no necesitaba demostrar nada más, que el nido ya era suyo.
Eran el equilibrio perfecto: él ponía el fuego y el movimiento; ella, el refugio y el sentido. Mateo los miraba y sentía que estaba viendo un espejo de su propia vida. Al igual que el macho de chova traía la rama más difícil de conseguir solo para ver cómo ella la encajaba con mimo en el nido, Mateo sentía que toda su fuerza bruta solo servía para proteger el silencio luminoso de Lucía. Eran dos mundos distintos, el del ruido y el de la quietud, cosiéndose el uno al otro en lo alto de la caliza. Su relación era un "tiroteo de graznidos" que Lucía no oía, pero que sentía como un latido en el aire cuando las aves pasaban cerca.
El amor iba rodado por la senda de los dos ríos. Pero llegó la crisis. Al padre de Mateo le salió trabajo en Madrid y decidió llevarse a todos.
—Me tengo que ir, saltarriscos —le dijo Mateo una tarde, asegurándose de que ella viera bien su boca.
Lucía se quedó helada. Sus ojos se volvieron de barro seco. Esa tarde bajaron al mirador y vieron que a las chovas también les llovía el odio. Una tormenta de granizo había destrozado el nido. El macho estaba en una rama, hundido. La hembra trataba de empujarlo con el pico, dándole pequeños golpes. Parecía que todo se iba al garete.
Mateo pasó tres días viendo cajas de cartón. Pero el último día bajó a la grieta. El macho de la chova, aunque exhausto, no había parado de traer barro. Estaba allí, reconstruyendo el hogar con una furia animal. La hembra, a su lado, apretaba el barro con el pecho. Su relación era una "costura de barro": una unión que no necesitaba canciones para existir.
Mateo sintió un calambre. Si ese pájaro no soltaba su roca, él tampoco. Subió corriendo hasta la puerta de Lucía. Ella salió con la mirada apagada. Mateo le cogió las manos, se las puso sobre su propio pecho para que ella sintiera la vibración de su voz, y gritó casi para que todo el cañón le oyera:
—¡No me voy! Me quedo con mi abuelo. Seré pedrusco, pero este pedrusco es tuyo.
Lucía sintió el retumbar de las palabras de Mateo en sus palmas. Fue un abrazo que supo a victoria. Esa primavera, las chovas sacaron a los polluelos en la grieta y Mateo y Lucía se quedaron como esas raíces que se meten por los muros de la villa. El amor en Sepúlveda no es un verso bonito; es una "soldadura de granito" que aguanta lo que le echen. El amor triunfó, en el más hermoso de los silencios.
